Expulsión de demonios

 By S. Huancollo

Introducción

La convicción de que los evangelios sinópticos presentan a Jesús expulsando espíritus malignos como un rasgo distintivo de su ministerio público resulta, según Graham Twelftree, difícil de poner en duda a partir del propio testimonio de esos textos.  No obstante, señala el mismo autor, este aspecto de la actividad de Jesús recibió durante mucho tiempo escasa atención por parte de la investigación histórico-crítica, y su relevancia para la reconstrucción del Jesús histórico fue objeto de un estudio todavía más limitado. 

El propósito de este artículo es examinar el fundamento bíblico de la expulsión de demonios, trazar su desarrollo histórico y teológico a lo largo de veinte siglos de reflexión cristiana, y poner esa base en diálogo con la reflexión de teólogos adventistas y de otras tradiciones cristianas —evangélica no adventista y católica romana— con el fin de identificar convergencias doctrinales y divergencias de énfasis pastoral. De manera específica, el artículo busca describir con detalle la forma procedimental que la Iglesia Adventista del Séptimo Día (IASD) ha adoptado frente a los casos de posesión y opresión demoníaca, un tema que continúa siendo relevante para la misión de la iglesia en contextos donde la realidad del mundo espiritual se experimenta de manera cotidiana.

El trasfondo veterotestamentario del conflicto cósmico

A diferencia de lo que ocurre en el Nuevo Testamento, el Antiguo Testamento no registra ningún caso claro de exorcismo entendido como la expulsión ritual de un espíritu maligno de una persona, aun cuando la existencia de una actividad demoníaca incipiente sea innegable en sus páginas.  Analistas del Instituto de Investigación Bíblica de la Iglesia Adventista han sugerido que esta ausencia se explica por la firme convicción veterotestamentaria de que Yahvé mantiene un control soberano sobre toda fuerza espiritual, de modo que los espíritus malignos, aun activos, permanecen sometidos a su regulación y no requieren de un rito especial para ser refrenados.  Este trasfondo teológico —la soberanía divina sobre el conflicto cósmico— resulta indispensable para comprender el marco en que se inserta después el ministerio liberador de Jesús, y explica igualmente por qué la tradición adventista prefiere hablar de un conflicto cósmico entre Cristo y Satanás antes que de un dualismo simétrico entre fuerzas equivalentes.

Jesús como exorcista en los evangelios sinópticos

El relato del endemoniado gadareno ilustra el patrón narrativo típico de los episodios de expulsión de demonios en los evangelios: una persona bajo el dominio de una pluralidad de espíritus malignos —identificados colectivamente como “Legión”— manifiesta fuerza sobrehumana, aislamiento social y comportamiento autodestructivo, hasta que la sola palabra de Jesús restaura por completo su condición, de modo que, concluido el encuentro, el hombre es hallado sentado, vestido y en su cabal juicio.  Wayne Grudem ha llamado la atención sobre este último detalle para argumentar que los casos más severos de dominio demoníaco descritos en los evangelios —aquellos en que la voluntad de la persona parece completamente subyugada— representan el extremo, y no la norma, dentro del espectro más amplio de la actividad demoníaca frente a la cual advierte el Nuevo Testamento.  Por esa razón, Grudem propone reservar el término “endemoniado” para esos casos extremos y distinguirlo de las formas más comunes de ataque u opresión demoníaca que un creyente puede enfrentar sin que su voluntad quede anulada. 

El testimonio de Elena G. de White

Dentro de la tradición adventista, Elena G. de White ofrece una lectura cristológica de estos relatos. Sostiene que, durante el ministerio terrenal de Cristo, la actividad de las fuerzas del mal había alcanzado su punto culminante, al extremo de que los cuerpos humanos, hechos para ser morada de Dios, se habían convertido en habitación de espíritus malignos.  Bajo esta perspectiva, la obra de Jesús como exorcista no constituye un episodio aislado o marginal, sino la manifestación concreta de su propósito redentor más amplio: restaurar en el ser humano la imagen divina desfigurada por el pecado, expulsando a los demonios que habían dominado la voluntad y rehaciendo el carácter según el modelo original. 

Hechos y las epístolas: la continuidad de la obra liberadora

El libro de Hechos documenta la continuidad de esta práctica en la iglesia primitiva, pero también expone sus límites. El episodio de los siete hijos de Esceva, quienes intentaron expulsar un espíritu maligno invocando el nombre de Jesús a la manera de una fórmula mágica sin tener con él una relación personal, terminó en un fracaso humillante para los exorcistas improvisados.  Robert Johnston, biblista adventista de la Universidad de Andrews, subraya este episodio como advertencia permanente contra todo intento de instrumentalizar el nombre de Jesús con fines exorcísticos al margen de una genuina relación de fe y obediencia.  Johnston observa además que la pluralidad demoníaca —como en el caso de María Magdalena, de quien Jesús expulsó siete demonios, o en el del propio endemoniado gadareno— era un fenómeno reconocido en el registro neotestamentario, lo que sugiere una comprensión matizada de la actividad demoníaca y no un esquema simplista de posesión total o ausencia total. 

En las cartas paulinas, el lenguaje de “principados y potestades” ha sido objeto de relectura teológica considerable. Clinton Arnold argumenta, en contra de interpretaciones que reducen estos términos a estructuras sociales, económicas o políticas impersonales, que Pablo se refiere a seres personales y organizados, derrotados por Cristo en la cruz y sujetos a una sumisión definitiva en su segunda venida.  Arnold advierte, asimismo, contra la doble tentación que enfrenta el cristiano occidental contemporáneo frente a este tema: por un lado, la duda escéptica acerca de la existencia misma de los espíritus malignos; por otro, una fascinación desequilibrada con la guerra espiritual que termina por desplazar la centralidad de Cristo. 



Desarrollo histórico de la expulsión de demonios en la tradición cristiana

El testimonio bíblico examinado hasta aquí no agota, sin embargo, la historia de la práctica exorcística cristiana. Entre el cierre del canon neotestamentario y la reflexión adventista y evangélica contemporánea media un largo recorrido histórico y teológico que conviene trazar, al menos en sus grandes líneas, para comprender mejor por qué las tradiciones cristianas actuales difieren tanto en su forma institucional de responder a la actividad demoníaca.

En la iglesia de los siglos II y III, el exorcismo se convirtió en una práctica relativamente común y accesible, hasta el punto de que los exorcistas llegaron a constituir una de las órdenes menores del clero, junto a lectores, acólitos y porteros; sus funciones no se limitaban a casos de posesión plena, sino que incluían la preparación de los catecúmenos para el bautismo mediante ritos exorcísticos previos, considerados necesarios para liberar al futuro bautizado de la influencia demoníaca heredada de la condición caída.  Tertuliano, en un pasaje frecuentemente citado por los historiadores de este período, desafió públicamente a sus interlocutores paganos a presentar ante un cristiano cualquier caso de posesión, seguro de que el demonio obedecería de inmediato al nombre de Cristo; el gesto revela que, para los apologistas del siglo II y III, la eficacia exorcística funcionaba como argumento apologético a favor de la verdad del cristianismo frente al paganismo circundante. 

Durante la Edad Media, la teología escolástica sistematizó la angelología y la demonología heredadas de la patrística, integrándolas en una cosmovisión jerárquica que clasificaba órdenes de ángeles caídos y precisaba los mecanismos de su influencia sobre el ser humano; el exorcismo bautismal, ya practicado en los primeros siglos, se formalizó y codificó dentro de rituales diocesanos cada vez más detallados.  Este proceso de codificación litúrgica culminó en 1614, cuando el papa Pablo V promulgó el Rituale Romanum como parte de la reforma litúrgica postridentina, estableciendo por primera vez un texto único y obligatorio para el exorcismo solemne en toda la Iglesia latina, allí donde antes habían prevalecido rituales diocesanos y manuales locales con variaciones considerables. 

Los reformadores protestantes del siglo XVI, sin negar la realidad personal de Satanás y los demonios, se mostraron en general reacios a conservar el aparato ritual católico del exorcismo, al que percibían como una forma más de mediación sacerdotal incompatible con los principios de la sola fide y la sola Scriptura; la historiografía sobre la posesión demoníaca en Occidente ha documentado cómo esta desconfianza hacia lo ritual desplazó, dentro del protestantismo clásico, el énfasis exorcístico hacia la oración, el ayuno y la predicación de la Palabra, sin llegar a institucionalizar un oficio equivalente al del exorcista católico.  Esta misma línea de énfasis en la oración antes que en el rito reaparecerá, siglos más tarde, tanto en el movimiento adventista como en buena parte del protestantismo evangélico contemporáneo.

Ya en el siglo XX, y de manera particularmente intensa en su última década, surgió entre cuerpos cristianos de orientación carismática un movimiento conocido como “ministerio de liberación”, en el que espíritus malignos —a los que se atribuye el control de personas que exhiben formas extrañas de comportamiento humano— son “exorcizados” o “expulsados” mediante un programa complementario de “guerra espiritual”.  A diferencia del modelo clerical y sacramental heredado de la Edad Media, este ministerio de liberación se ejerce típicamente de forma congregacional y pública, protagonizado por pastores o líderes laicos antes que por especialistas ordenados, y fue precisamente la creciente influencia de este movimiento sobre algunos miembros y pastores adventistas lo que llevó a la Asociación General a encargar, en 1980, el estudio formal sobre la cuestión que se examina en la sección siguiente.

Perspectivas confesionales en diálogo

La perspectiva adventista. La Iglesia Adventista del Séptimo Día no ha desarrollado un rito institucional de exorcismo comparable al de la tradición católica; su acercamiento al tema se articula más bien en clave misiológica y pastoral. Un estudio de Abner y Maila Dizon, publicado en el Journal of Adventist Mission Studies, propone distinguir cinco niveles de actividad demoníaca —posesión, opresión, acoso, influencia y tentación— con el fin de evitar tanto el escepticismo típico de las culturas occidentales como el temor desproporcionado presente en otros contextos culturales donde la realidad espiritual se percibe con mayor inmediatez.  En la misma línea, Micheé Badé insiste en que la autoridad ejercida en la oración de liberación no reside en la persona que ora, sino en Cristo mismo, lo cual demanda humildad y dependencia antes que técnica o fórmula.  El Instituto de Investigación Bíblica adventista, por su parte, advierte contra la tendencia —cada vez más popular en ciertos círculos de “liberación”— de etiquetar de manera acrítica buena parte de las enfermedades físicas y mentales como de origen directamente satánico, subrayando en cambio la centralidad salvífica de Cristo por encima de la preocupación excesiva por lo demoníaco.  Cristian Dumitrescu añade a este panorama una perspectiva histórica, mostrando que la práctica cristiana de sanidad y exorcismo mantuvo, ya desde los primeros siglos, una tensión constante entre el reconocimiento de lo sobrenatural y el riesgo del abuso o la superstición. 

El propio informe del Instituto de Investigación Bíblica de 1983 desarrolla con mayor detalle esta postura doctrinal. El documento distingue entre el “control” satánico —equivalente a la posesión— y la mera “opresión” u hostigamiento, y sostiene que ningún hijo genuino de Dios puede quedar bajo el dominio de Satanás, aunque sí puede ser objeto de una tentación severa, en virtud de la victoria alcanzada por Cristo en el Calvario.  Sobre esa misma base, el informe advierte explícitamente contra el uso de fórmulas verbales fijas en la oración de liberación y contra las sesiones de oración desmesuradamente prolongadas, dos excesos que atribuye a la influencia carismática sobre ciertos sectores adventistas.  Esta distinción entre posesión y opresión fue reafirmada institucionalmente en 2005, cuando la Asociación General, reunida en su quincuagésima octava Sesión de la Conferencia General en San Luis, Misuri, incorporó una nueva creencia fundamental —la undécima, “Crecer en Cristo”— motivada en buena medida por la solicitud de feligreses de África y Asia de una orientación doctrinal más explícita frente al ocultismo y la guerra espiritual; la nueva creencia afirma la victoria del creyente sobre las potestades del mal en virtud de la obra de Cristo, sin instituir mecanismo ritual alguno para obtenerla. 

Esta misma preocupación pastoral llevó al Instituto de Investigación Bíblica a patrocinar, dos décadas más tarde, una adaptación de sus conclusiones de 1983 pensada específicamente para el contexto misionero africano: el volumen colectivo The Church, Culture and Spirits: Adventism in Africa, editado por Kwabena Donkor, incluye como apéndice una versión revisada del informe original a cargo de Ángel Manuel Rodríguez, entonces director del Instituto.  Una década después, la edición de 2015 del Seventh-day Adventist Minister’s Handbook, publicado por la Asociación Ministerial de la Conferencia General, incorporó por primera vez una sección específica sobre la unción de personas demonizadas, lo que evidencia que el tema, lejos de quedar cerrado en 1983, ha seguido recibiendo atención pastoral oficial de manera incremental. 

La perspectiva católica romana. En agudo contraste con el acercamiento adventista, la Iglesia Católica ha institucionalizado el exorcismo como un sacramental regulado por el derecho canónico. El Catecismo de la Iglesia Católica define el exorcismo como el acto por el cual la Iglesia pide pública y autoritativamente, en nombre de Jesucristo, que una persona u objeto sea protegido de las asechanzas del maligno y sustraído de su dominio.  El Código de Derecho Canónico establece que el exorcismo solemne solo puede ser practicado por un sacerdote con permiso expreso del obispo, y usualmente exige una evaluación médica o psiquiátrica previa que descarte causas naturales del padecimiento.  Esta estructura sacramental, jerárquica y sujeta a supervisión episcopal —heredera directa, como se vio, de la codificación tridentina de 1614— contrasta con el modelo adventista de oración pastoral no ritualizada, aunque ambas tradiciones comparten la convicción de que la autoridad para expulsar demonios procede exclusivamente de Cristo y no de quien ora o ejecuta el rito.

La perspectiva evangélica no adventista. Autores como Arnold y Grudem representan una vertiente evangélica que, sin adoptar una liturgia sacramental, reconoce la realidad personal de los espíritus malignos y llama a un compromiso bíblico sobrio con el tema. Arnold subraya que, al carecer de una teología bien desarrollada sobre principados y potestades, buena parte de la iglesia contemporánea occidental ha quedado mal preparada para responder de manera equilibrada al auge de las prácticas ocultistas de las últimas décadas.  Grudem, por su parte, ofrece una definición cuidadosa: los demonios son ángeles caídos que continúan obrando el mal en el mundo bajo el liderazgo de Satanás, cuya derrota decisiva ya fue sellada en la cruz, aunque su actividad persista hasta el juicio final. 

La forma procedimental de la Iglesia Adventista del Séptimo Día

Frente al auge del “ministerio de liberación” carismático descrito más arriba, la Asociación General de la Iglesia Adventista del Séptimo Día encomendó en 1980 a un comité ad hoc —integrado por especialistas en teología, psiquiatría, psicología, misiología y antropología, bajo la presidencia de W. Richard Lesher, entonces director del Instituto de Investigación Bíblica— la tarea de proponer directrices para toda la iglesia mundial.  El informe resultante, aprobado por el Comité del Instituto de Investigación Bíblica (BRICOM) en 1983, sigue siendo hasta hoy el documento de referencia oficial de la denominación sobre el tema, y establece con claridad que la iglesia no cuenta con un rito exorcístico sacramental, sino con un conjunto de principios pastorales de discernimiento y prevención frente a los excesos del movimiento carismático de liberación.

Sobre esa base doctrinal, la literatura misiológica adventista más reciente —en particular el trabajo de Micheé Badé, publicado en Ministry: International Journal for Pastors— ha propuesto un protocolo pastoral concreto, no sacramental ni jerárquico, que puede describirse en los siguientes pasos procedimentales.  Primero, formación y participación. Dado que los casos de demonización se presentan en iglesias adventistas de todo el mundo, se recomienda que pastores, ancianos, diáconos y diaconisas reciban capacitación específica en este ministerio, siguiendo el modelo de delegación de responsabilidades pastorales descrito en Santiago 5:14 y Hechos 6:1-4; dicha formación debe además adaptarse contextualmente, pues las sociedades de tradición animista manejan un vocabulario y una experiencia de lo demoníaco distintos de los de las sociedades modernas y posmodernas, generalmente menos familiarizadas con las prácticas ocultistas pero también menos entrenadas para discernirlas. 

Segundo, discernimiento previo. Antes de iniciar cualquier oración de liberación, el equipo ministrante debe procurar el discernimiento de espíritus (1 Corintios 12:10; 14:29), lo que implica en la práctica distinguir entre los síntomas de una enfermedad mental —que en general se corrigen mediante el tratamiento adecuado: alimentación, descanso, terapia hormonal o medicación pertinente— y las manifestaciones propiamente demoníacas. Se recomienda, además, recabar de antemano toda la información posible sobre la historia espiritual de la persona, para lo cual algunos autores sugieren el uso de un cuestionario estructurado.  Tercero, consentimiento de la persona. Puesto que resulta inútil, si no contraproducente, orar por la liberación de alguien que no desea sinceramente ser libre, se exige el deseo explícito o el consentimiento de la persona demonizada antes de emprender cualquier ministerio de liberación, en consonancia con el texto de Santiago 5:14: “Llame a los ancianos de la iglesia.” 

Cuarto, composición del equipo, ayuno y oración. Se sugiere conformar un equipo de entre dos y cinco personas de ambos sexos, para prevenir todo escándalo al ministrar a alguien del sexo opuesto, y permitir el descanso o el relevo de sus integrantes en sesiones breves, dado que las sesiones de liberación prolongadas resultan emocional y físicamente extenuantes. Tanto la persona demonizada como el equipo ministrante deben apartar previamente uno o más días para el ayuno y la oración, sea este líquido o total, generalmente observado de puesta de sol a puesta de sol. 

Quinto, el lugar del ministerio. Un edificio eclesiástico dedicado se considera el entorno ideal para una sesión de liberación, y las horas del sábado —de la puesta de sol del viernes a la puesta de sol del sábado— resultan especialmente apropiadas en la medida en que Cristo mismo sanó en sábado casos extremos de opresión y deformidad; sin embargo, se reconoce que no siempre será posible reunirse en un templo o en sábado, sin que ello invalide la eficacia de la oración. 

Sexto, las armas espirituales y la autoridad en la oración. Se recomienda el uso en voz alta de textos bíblicos que describen el poder de Cristo sobre los espíritus malignos (Mateo 8:29; 10:1; 17:21; Marcos 16:17; Lucas 10:18-19; Hechos 10:38; Apocalipsis 12:7-11), así como de himnos sobre la resurrección y la victoria de Cristo, para edificar la fe de la persona afectada. La oración debe pronunciarse con la misma autoridad con que Cristo se dirigió a los demonios en los evangelios, nunca como fórmula mágica ni como técnica impersonal. 

Séptimo, crecimiento y seguimiento posterior. Dado el riesgo bíblico de que el espíritu expulsado regrese a una casa vacía y barrida, trayendo consigo otros peores (Mateo 12:45), se insiste en que la persona liberada necesite después un acompañamiento pastoral sostenido, marcado por una vida nacida del Espíritu, el estudio de la Escritura, la oración constante, el fruto espiritual y la participación activa en la comunidad de fe. 

Octavo, los impedimentos que deben evitarse. La literatura pastoral adventista identifica cinco riesgos recurrentes en este ministerio: invocar el nombre de Cristo sin mantener con él una relación genuina, como en el caso de los hijos de Esceva ya mencionado; el triunfalismo o la autosuficiencia del ministrante; el sensacionalismo o el recurso a procedimientos de apariencia mágica; la búsqueda de información proveniente de los propios demonios; y el empleo de prácticas que puedan lastimar física o emocionalmente a la persona demonizada. 

En conjunto, este protocolo confirma lo señalado en la sección anterior: la IASD no sustituye la ausencia de un rito sacramental por la improvisación, sino por un procedimiento pastoral flexible, colegiado y sujeto a discernimiento bíblico, que combina la prudencia clínica frente a los cuadros psiquiátricos, el respeto por la voluntad de la persona afectada y una insistencia constante en que toda autoridad exorcística proviene únicamente de Cristo.

Puntos de convergencia y divergencia

El examen comparado de estas tres tradiciones revela una convergencia doctrinal fundamental: todas afirman la existencia personal de espíritus malignos organizados bajo el liderazgo de Satanás, la historicidad de los relatos evangélicos de exorcismo y la victoria decisiva de Cristo sobre estas potestades en la cruz. Ninguna de las tres atribuye al exorcista humano un poder propio; la autoridad invocada es siempre la de Cristo.

Las divergencias, en cambio, se concentran en el plano práctico e institucional, y son en buena medida el resultado de las distintas trayectorias históricas trazadas más arriba. Mientras la tradición católica ha desarrollado, desde el Rituale Romanum de 1614, un oficio especializado, sujeto a supervisión jerárquica y a protocolos médicos formales, las tradiciones adventista y evangélica no adventista —herederas en esto de la reserva protestante clásica frente al ritualismo— prefieren un modelo pastoral más difuso, ejercido por creyentes discernidos antes que por especialistas ordenados para tal fin. Existe además una diferencia terminológica relevante: el uso adventista de categorías graduales —posesión, opresión, acoso, influencia, tentación—  ofrece mayor flexibilidad diagnóstica que el binomio católico de exorcismo simple y solemne, aunque ambos esquemas persiguen el mismo objetivo pastoral de discernimiento cuidadoso antes de actuar.


Implicaciones pastorales y misiológicas

La relevancia de este tema no es meramente académica. Johnston observa que la experiencia misionera adventista en contextos donde la cosmovisión espiritual es más porosa que en Occidente exige de los obreros una preparación bíblica sólida, capaz de evitar tanto el racionalismo que niega de plano la realidad demoníaca como el sensacionalismo que la convierte en el centro del mensaje evangélico en desmedro de la persona de Cristo.  La misión de la iglesia, en cualquiera de las tradiciones examinadas, no consiste en formar especialistas en lo oculto, sino en proclamar con claridad que, como sostiene el testimonio bíblico unánime, todo poder en el cielo y en la tierra ha sido dado a Jesucristo, y que es en su nombre —y no en fórmulas ni técnicas— donde reside la única autoridad genuina frente a las potestades de las tinieblas.

Debates recientes dentro del adventismo

La tensión entre la cautela doctrinal oficial y el atractivo popular de las narrativas de liberación no ha desaparecido. Durante la Sesión de la Conferencia General de 2025, John Bradshaw, presidente del ministerio televisivo adventista It Is Written, entrevistó públicamente al misionero Tim Maddocks acerca de su libro Fallen Angels: One Man’s True Encounters with Evil, en el que se narran presuntos casos de posesión de creyentes ya bautizados, atribuidos a “derechos legales” que los demonios habrían adquirido a través de pecados sin confesar o de pactos ancestrales heredados por vía generacional.  Esta propuesta, sin embargo, se aparta del consenso doctrinal descrito en las secciones anteriores: autores adventistas como Conrad Vine, expresidente de Adventist Frontier Missions, y Kelvin Onongha, rector de la Universidad Adventista de África Central, insisten en que, salvo el caso excepcional de Judas, ningún discípulo genuino puede quedar plenamente poseído, y que el poder demoníaco sobre el creyente se limita al hostigamiento o la opresión.  La Asociación Ministerial de la Conferencia General se ha pronunciado además contra la noción carismática de “maldiciones generacionales”, reconociendo que los patrones de pecado pueden transmitirse de una generación a otra por vía de ejemplo y costumbre, pero rechazando, con apoyo en Ezequiel 18:20, la idea de una culpa heredada que ate sobrenaturalmente a los descendientes.  El episodio ilustra, en clave contemporánea, la misma advertencia que Arnold y el propio Instituto de Investigación Bíblica formularon décadas atrás: la fascinación desequilibrada con lo demoníaco constituye, para la iglesia adventista, un riesgo tan real como el escepticismo que niega de plano su existencia. 

Conclusión

El estudio bíblico de la expulsión de demonios revela una línea de continuidad que va desde el trasfondo veterotestamentario de la soberanía divina, pasando por el ministerio exorcístico de Jesús y su prolongación en la iglesia apostólica, hasta la larga trayectoria histórica que condujo, de los exorcistas menores de la iglesia patrística al Rituale Romanum católico, y de la reserva ritual de la Reforma protestante al ministerio de liberación carismático del siglo XX. Sobre ese trasfondo histórico se comprende mejor por qué la Iglesia Adventista del Séptimo Día ha optado, desde el informe del Instituto de Investigación Bíblica de 1983 hasta la literatura pastoral más reciente, por un protocolo de discernimiento, consentimiento, oración y seguimiento antes que por un rito sacramental. Aunque las tradiciones examinadas difieren en la forma institucional que adopta la respuesta pastoral frente a la actividad demoníaca, todas convergen en afirmar que la victoria sobre los poderes de las tinieblas fue asegurada en la cruz de Cristo y que corresponde a la iglesia, con sobriedad bíblica y humildad pastoral, proclamar y aplicar esa victoria en favor de quienes sufren bajo la opresión del maligno.

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