El cambio del Poder - Comunicación I

LA ERA DEL CAMBIO DEL PODER

Éste es un libro acerca del poder en el umbral del siglo XXI. Trata de la violencia, la riqueza y el conocimiento y sobre los papeles que éstos representan en nuestra vida. Expone los nuevos caminos hacia el poder abiertos por un mundo en convulsión.

A pesar del mal olor que trasciende del simple concepto de poder, debido a los malos usos que de él se han hecho, el poder en sí no es bueno ni malo (Tiene mala prensa, pero alguien tiene que ejercer el poder). Se trata de un aspecto ineludible de comunicación humana y deja sentir su influencia en todo, desde nuestras relaciones sexuales hasta los puestos de trabajo que ocupamos, los coches que conducimos, los programas de televisión que vemos, las esperanzas que perseguimos. Somos productos del poder, en una medida mucho mayor de lo que nadie se imagina.

Y sin embargo, de todos los aspectos de nuestra vida, el poder sigue siendo uno de los menos comprendidos y uno de los más importantes, en especial para nuestra generación.

Para «nosotros» porque nos hallamos en el albor de la Era del Cambio de Poder. Vivimos unos momentos en los que toda la estructura del poder que mantuvo unido al mundo se desintegra, y otra, radicalmente diferente, va tomando forma. Y lo está haciendo en todos y cada uno de los niveles en que habíamos estratificado la sociedad humana.

En la oficina, en el supermercado, en el Banco, en el despacho de la dirección general, en nuestras iglesias, hospitales, escuelas y hogares, las viejas formas de poder se están desgarrando a lo largo de extrañas y nuevas líneas. Los campus universitarios hierven desde Berkeley hasta Roma y Taipei, hallándose a punto de estallar. Los enfrentamientos raciales se multiplican.

En el mundo empresarial vemos cómo se desmontan y vuelven a ensamblarse gigantescos grupos de empresas, cuyos directores generales son despedidos, junto con miles de sus empleados. Tal vez un «paracaídas de oro» o indemnización por cese, pródigo en dinero y otras ventajas, pueda suavizar la caída en picado a un alto ejecutivo; aun así, deberá renunciar a los privilegios del poder: el reactor de la empresa, el automóvil con chófer, las convenciones en los clubes de golf más prestigiosos y, sobre todo, el secreto placer que muchos experimentan con el simple ejercicio del poder.

El poder no está cambiando sólo en el pináculo de la vida empresarial. El jefe de la oficina y el supervisor del taller están comprobando que el personal ya no admite sus órdenes a ciegas, como muchos hacían tiempo atrás. Los trabajadores formulan preguntas y exigen respuestas. Los oficiales de las Fuerzas Armadas están observando idéntica reacción en sus tropas. Y los jefes de Policía, en sus agentes. Y los profesores, cada día más, en sus alumnos.

Este derrumbamiento de la autoridad y el poder a la vieja usanza, tanto en el mundo laboral como en la vida cotidiana, se está acelerando precisamente en los momentos en que las estructuras del poder a nivel mundial se desintegran también.

Desde finales de la Segunda Guerra Mundial, dos superpotencias se alzaron como colosos sobre la faz de la Tierra. Cada una tenía sus aliados, satélites y coro de animadores. Cada una contrarrestaba a la otra, cohete por cohete, tanque por tanque, espía por espía. En la actualidad, como es lógico, esas medidas de equilibrio han sido superadas ya.

Como resultado, se están abriendo «agujeros negros» en el sistema mundial: por ejemplo, en el este de Europa, grandes aspiradoras de poder pueden barrer naciones y pueblos en unas extrañas y nuevas, o si llega el caso también antiguas, alianzas y coaliciones. El repentino encogimiento del poder soviético ha dejado también detrás un vacío sin llenar en Oriente Medio, que su estado cliente, Irak, se ha apresurado en llenar- invadiendo Kuwait, encendiendo así la primera crisis global de la era de posguerra fría. El poder está cambiando a una velocidad tan asombrosa que los dirigentes mundiales se ven barridos por los acontecimientos, en vez de imponer orden sobre ellos.

Hay poderosas razones para creer que las fuerzas que agitan ahora el poder a todos los niveles del sistema humano se harán más intensas y penetrantes en los años inmediatamente venideros.

De esta masiva reestructuración de las relaciones de poder, como si se tratara del desplazamiento y la fricción de placas tectónicas antes de un terremoto, se producirá uno de los más raros acontecimientos de la historia humana: una revolución en la propia naturaleza del poder

Un «cambio de poder» no es una mera transferencia del mismo, sino una transformación.

El final del imperio

En 1989, todo el mundo contempló receloso el repentino desmoronamiento de un imperio, basado en el poder soviético, que durante medio siglo se había enseñoreado de la Europa Oriental. En su desesperada búsqueda de la tecnología occidental que necesita para revitalizar su decrépita economía, la Unión Soviética se lanzó a un período de cambio casi caótico.

Con más lentitud y menos espectacularidad, la otra superpotencia mundial entró también en un declive relativo. Se ha escrito tanto acerca de la pérdida de poder mundial por parte de Estados Unidos que no hace falta repetirlo aquí. Sin embargo, Ios muchos cambios de poder que se han producido en sus instituciones nacionales –dominadoras en su día– son más sorprendentes todavía.

Hace veinte añios, la «General Motors» era considerada la primera compañía industrial a nivel mundial; un brillante modelo para los directivos de todos los países del mundo, y un indiscutible centro de poder para Washington. Hoy en día, según dice un alto empleado de «GM»: «Alguien ha gritado aquí: "¡Sálvese el que pueda!", y todos hemos echado a correr sin saber a dónde vamos. En los próximos años veremos si se produce realmente el derrumbamiento de «GM».

Hace veinte años, la «IBM» tenía una competencia de lo más endeble, y Estados Unidos disponía de más ordenadores qué el resto de países juntos. Hoy en día, el poder de la informática se ha extendido por todo el mundo, la participación de Estados Unidos ha caído en picado, e «IBM» ha de afrontar la feroz competencia de empresas como «NEC., «Hitachi» y «Fujitsu», de Japón; el «Grupo Bull», de Francia; «ICI.»,de Gran Bretaña, y muchas otras. los analistas del sector especulan a propósito de la era post-IBM.

Tampoco todo esto es consecuencia de la competencia extranjera que Estados Unidos sufre. Hace veinte años, tres cadenas de televisión, «ABC», «CBS» y «NBC» dominaban las ondas en Norteamérica. No tenían competencia extranjera de ningún tipo. Así y todo, hoy en día, están perdiendo presencia con tal rapidez-que es posible poner en duda su supervivencia.

Dos decenios atrás, para elegir un tipo diferente de ejemplo, los médicos, en Estados Unidos, eran dioses con bata blanca. Los pacientes aceptaban su palabra como si de la ley se tratara. Los médicos controlaban casi todo el sistema sanitario estadounidense. Su influencia política era enorme.

Sin embargo, hoy en día los doctores en medicina norteamericanos están asediados. Los pacientes discuten sus decisiones, les llevan a juicio por negligencia. Las enfermeras les exigen responsabilidades y respeto.

(…….)

Algún cambio de poder es normal en cualquier época.

A pesar de todo, resulta raro que todo un sistema de poder de cobertura mundial se desintegre de esta forma. Y aún más raros los momentos de la historia en que todas las reglas del juego del poder cambien de una vez y la misma naturaleza del poder revolucione.

Empero, eso es exactamente lo que sucede hoy en día. El poder, que en gran medida nos define como individuos y como naciones, está pasando por un proceso de redefinición.

Dios-en-bata-blanca

Una pista de esta redefinición surge cuando observamos con, mayor detenimiento la anterior lista de cambios, inconexos en' apariencia, y descubrimos que no son tan aleatorios como parecen. Tanto si se trata del auge meteórico del Japón, del desconcertante declive de la «GM», o de la caída en desgracia de los médicos' estadounidenses, un singular hilo común los une.

Tomemos como ejemplo el desinflado poder del «Dios-en-bata¬blanca».

Durante el tiempo de dominio de la clase médica en Estados Unidos, los galenos ejercieron un rígido control sobre los conocimientos médicos. Escribían las recetas en latín, lo que facilitaba a la profesión una especie de código semisecreto, por así decirlo, que dejaba a la mayoría de los pacientes en la más absoluta ignorancia. Las publicaciones y textos médicos llegaban sólo a los lectores profesionales. Las conferencias médicas estaban cerradas a los legos. Los doctores controlaban las matriculaciones y los programas de estudios de las facultades de medicina.

Todo esto contrasta con la situación actual, en la que los pacientes pueden acceder, con asombrosa facilidad, a los conocimientos médicos. En Estados Unidos, con un ordenador personal y un modem, cualquier persona tiene acceso a bases de datos, como el Index Medicus, y conseguir informes científicos sobre cualquier tema, desde abarognosia hasta zóster y recopilar más información sobre cualesquiera dolencias o tratamientos específicos que la que un médico normal ha podido encontrar en sus ratos de lectura.

Del mismo modo, uno consigue en la actualidad un ejemplar del libro de 2.354 páginas conocido por PDR, Physicians' Desk Reference («Libro de Consulta de los Médicos»). Una vez a la semana, Lifetime, la red estadounidense de televisión por cable emite 12 horas ininterrumpidas de programas muy tecnificados, destinados a la formación de los médicos. Muchos de esos programas van precedidos de un aviso disuasorio que indica: «El contenido de este programa acaso no sea adecuado para el público en general.» Pero eso es algo que el telespectador ha de decidir.

Durante el resto de la semana es rara la emisión de un noticiero en Estados Unidos que no incluya una noticia o alusión de tipo médico. Unas 300 emisoras emiten los jueves por la noche una versión videográfica de textos del Journal of the American Medical Association, La Prensa no deja de airear los casos de negligencia médica. Hay libros muy baratos que informan al gran público de los efectos secundarios que determinadas medicinas pueden producirles, de qué medicinas no deben mezclar y de cómo subir o bajar los niveles de colesterol mediante una dieta. Y por si esto fuera poco, los principales descubrimientos de la medicina, aunque aparezcan por primera vez en las publicaciones médicas, se comentan en los noticieros nocturnos televisivos, casi antes de que los médicos hayan recibido su ejemplar de la publicación que informaba del descubrimiento.

En resumen, el monopolio de los conocimientos médicos que los profesionales habían ejercido hasta ahora ha quedado destrozado. Y un doctor ya no es un dios.

Sin embargo, este caso del médico destronado no pasa de ser una pequeña muestra de un proceso más general que está cambiando toda la relación de conocimiento a poder en las naciones que cuentan con altas tecnologías.

De igual modo, y en muchos otros campos, los conocimientos guardados con tanto celo por los especialistas se les están escapando de las manos y llegando a las del gran público. En la misma línea se encuentran los grandes grupos empresariales,: cuyos empleados están accediendo a conocimientos monopolizados en tiempos por la dirección. Y a medida que el conocimiento es redistribuido, también lo es el poder basado en él.

Bombardeado por el futuro

Sin embargo, hay un sentido mucho mayor en el que los cambios en el conocimiento están causando enormes cambios en el poder, o contribuyendo a ellos. El acontecimiento económico más importante ha sido el nacimiento de un nuevo sistema para crear riqueza que no se basa ya en la fuerza sino en la mente. «El trabajo en la economía avanzada no consiste en trabajar en «cosas" —escribe el historiador Mark Poster, de la Universidad de California, sino en hombres y mujeres que actúan sobre otros hombres y mujeres, o ...personas que actúan sobre la información y la información que actúa sobre las personas.»

La sustitución de la información o del conocimiento por el trabaja físico es algo que, de hecho, se halla detrás de los problemas de la «General Motors» y el auge de Japón. Porque mientras la «GM» pensaba todavía que la Tierra es plana, Japón exploraba ya sus confines y descubriría que las cosas eran de otra forma.

Allá por 1970, cuando los líderes empresariales norteamericanos veían aún seguro su mundo de chimeneas, los líderes empresariales japoneses, e incluso el público en general, estaban siendo bombardeados por libros, artículos en la Prensa y programas de televisión que pregonaban la llegada de la «edad de la información> y se centraban en el siglo XXI. Mientras que el concepto del final del industrialismo era rechazado desdeñosamente en Estados Unidos, en Japón, quienes habían de tomar las decisiones importantes en las empresas, la política y los medios de comunicación lo recibían y adoptaban con todo entusiasmo, y llegaban a la conclusión de que el conocimiento sería la clave del crecimiento económico en el siglo XXI.

Si observamos con mayor detenimiento a muchos de los otros cambios de poder citados anteriormente, se hará evidente que también en estos casos el distinto papel del conocimiento —el auge del nuevo sistema de creación de riqueza fue la causa de importantes cambios de poder, o contribuyó a ellos.

La proliferación de esta nueva economía del conocimiento es, de hecho, la nueva fuerza explosiva que ha lanzado a las economías avanzadas a una enconada competencia mundial, enfrentado a los países socialistas con la realidad de su amarga obsolescencia, forzando a muchas «naciones en vías de desarrollo» a descartar sus tradicionales estrategias económicas, y que en la actualidad, está desarticulando las relaciones de poder, tanto en la esfera personal como en la pública.

En una observación presciente, Winston Churchill dijo que «los imperios del futuro son imperios de la mente». Hoy en día, esa observación se ha hecho realidad. Lo que no ha sido calibrado todavía es hasta qué grado el poder crudo y elemental se transformará —en el ámbito de la vida privada así como en el ámbito de los imperios— en los futuros decenios, como consecuencia del nuevo papel de la «mente».

La aparición de una nobleza empobrecida

Un nuevo y revolucionario sistema para la creación de riqueza no puede propagarse sin provocar conflictos personales, políticos e internacionales. Cambia la forma en que se genera la riqueza y chocará de inmediato con todos los intereses enraizados cuyo poder surgió del anterior sistema de riqueza. Violentos conflictos estallan a medida que cada una de las partes lucha por el control del futuro.

Este conflicto, que se extiende hoy en día por todo el mundo, es lo que sirve de explicación a la actual conmoción del poder. Por lo tanto, para prever lo que el futuro puede depararnos, es conveniente que lancemos una breve ojeada al pasado en busca del último conflicto mundial de este tipo.

Hace trescientos años, la Revolución industrial favoreció el que un nuevo sistema de creación de riqueza naciese. Las chimeneas de las fábricas poblaron los cielos de lo que era tiempos habían sido campos de cultivo. Las factorías proliferaron. Estos «negros talleres satánicos» trajeron con ellos una nueva forma de vida —y un nuevo sistema de poder.

Los campesinos, liberados de su dependencia de la tierra, se convirtieron en trabajadores urbanos subordinados ' patronos, privados o públicos. Este cambio trajo también consigo otros cambios en las relaciones de poder en el hogar. Las familias rurales, compuestas por varias generaciones que vivían bajo el mismo techo, regidas todas por un patriarca de plateada barba, dieron paso a familias separadas, nucleares, de las que los ancianos no tardaron en verse apartados o, cuando menos, privados de prestigio e influencia. La familia en sí, como institución, perdió mucho de su poder social a medida que muchas de sus funciones eran transferidas a otras instituciones –la enseñanza a las escuelas, por ejemplo.

Tarde o temprano, a toda multiplicación de las máquinas de vapor y de las chimeneas le seguían profundos cambios políticos. Las monarquías se desplomaron –o pasaron a ser atracciones para turistas. Nuevas formas políticas hicieron su aparición.

Los terratenientes rurales que fueron listos y previsores se trasladaron a las ciudades, a pesar del dominio que habían ejercido en sus respectivas regiones, para subirse a la cresta de la ola de la expansión industrial, y sus hijos pasaron a ser corredores de Bolsa o dirigentes de empresa. La mayoría de la pequeña aristocracia rural que se aferró a su forma secular de vida dio en ser una especie de nobleza empobrecida, cuyas mansiones acabaron por convertirse en museos o en parques-safari con los que sacar dinero. '

No obstante, y en contra de su menguante poder, se levantaron nuevas «castas»: líderes empresariales, burócratas, magnates de los medios de comunicación... La masificación de la producción, la distribución, la educación y la comunicación fueron acompañadas de la democracia de las masas, o de las dictaduras que pretendían ser «democráticas».

Aquellos que lucharon por el control del futuro hicieron uso de la violencia, de la riqueza y del conocimiento. Hoy en día, una convulsión similar ha comenzado, aunque, mucho más acelerada.

Los cambios que hemos visto últimamente en las empresas, la economía, la política y a nivel mundial, son sólo las primeras escaramuzas de unas luchas por el poder, mucho mayores, que han de sobrevenir. Porque estamos ante el más profundo cambio de poder de la historia de la Humanidad.

CAPÍTULO II. MÚSCULOS, DINERO Y MENTE

Un cielo azul. Unas montañas al fondo. El ruido de unos cascos de caballo. Un jinete solitario que se aproxima, reluciendo el sol en sus espuelas...

Todo aquel que de niño se sumergía en la oscuridad de un cine para embelesarse con las películas de vaqueros sabe que el poder brota del cañón de un revólver. Ya se encargó Hollywood, película tras película, de mostrarnos a un vaquero solitario que llegaba cabalgando de donde nadie sabía, sostenía un terrible duelo con el «malo», devolvía el revólver a su funda y se alejaba de nuevo, a lomos de su caballo, hacia un nebuloso horizonte. Los niños aprendimos que el poder emanaba de la violencia.

Una figura de relleno en muchas de estas películas era; sin embargo, un personaje rollizo que se sentaba detrás de una gran mesa de madera. Por lo general era representado como un ser decadente y avaro, pese a lo cual, ese hombre también ejercía el poder. Él financiaba el ferrocarril, o pagaba a los ganaderos usurpadores de tierras u otras fuerzas del mal. Y si el vaquero heroico representaba el poder de la violencia, esta figura –que solía ser el banquero– simbolizaba el poder del dinero.

En muchas películas del Oeste había también un tercer personaje importante: el editor del periódico, un profesor o un clérigo o una mujer culta del «Este». En un mundo de hombres broncos que disparan primero y preguntan después, ese personaje representaba no sólo el Dios moral en combate con el Maligno, sino también el poder de la cultura y los' conocimientos refinados acerca del mundo exterior. Aunque, con frecuencia, esta persona salía victoriosa al final, su triunfo solía deberse a una alianza con el «bueno» (que sí usaba las pistolas) o a un repentino golpe de suerte —el hallazgo de oro en el río— o una herencia inesperada.

El conocimiento, tal como Francis Bacon nos advertía, es poder; pero, para que el conocimiento triunfara en una película del Oeste, casi siempre tenía que aliarse con la fuerza o con el dinero.

Como es natural, el dinero, la cultura y la violencia no rcpre¬entan, las únicas fuentes de poder en la vida cotidiana, y el poder no es ni bueno ni malo, sino sólo una dimensión más dentro de casi todas las relaciones humanas. De hecho, es el recíproco del deseo y, dado que los deseos humanos tienen una infinita variedad, todo aquello que pueda satisfacer los deseos de cualquier otra persona es una potencial fuente de poder. El «camello» que puede negarse a entregar una papelina tiene poder sobre el drogadicto. Si un político desea votos, aquellos que pueden dárselos tienen poder.

Con todo, las tres fuentes de poder simbolizadas en la película del Oeste —violencia, riqueza y conocimiento— resultan ser las más importantes entre las innumerables posibilidades. Cada una de ellas toma muchas y diferentes formas en el drama del poder. La violencia, por ejemplo, no necesita ser real; la amenaza de recurrir a su uso suele bastar para producir acatamiento. la amenaza de violencia también puede estar al acecho detrás de la ley. (En estas páginas usamos el término «violencia» en un sentido mas figurativo que literal, que incluye la fuerza, así como la acción física.)

A decir verdad, no sólo las modernas películas, sino también los antiguos mitos, respaldan la opinión de que la violencia, la riqueza y el conocimiento son las fuentes esenciales de poder social. De este modo, la leyenda japonesa habla de sanshu no jingi, los tres objetos sagrados que se dieron a la gran diosa del sol Amaterasu y que, hasta nuestros días, siguen siendo los símbolos del poder imperial: la espada, la joya y el espejo.

Las implicaciones de poder de la espada y de la joya son bastante claras, más las del espejo no lo es tanto. Pero el espejo, en el que Amaterasu vio su propio rostro, o adquirió conocimiento de si misma, también refleja el poder. Llegó a simbolizar la divinidad de Amaterasu, pero no deja de ser razonable considerarlo también un símbolo de la imaginación, la consciencia y el conocimiento.

Además, la espada o músculo, la joya o dinero y el espejo o mente forman, conjuntados, un sistema interactivo singular. En determinadas condiciones, cada uno de ellos puede transformarse en alguno de los otros. Un arma puede conseguir dinero a quien la porta, o arrancar información secreta de los labios de su víctima. El dinero puede comprar información, o también adquirir un arma. (…..)

Y más importante aún, es posible utilizar los tres en casi todos los planos de la vida social, desde la intimidad del hogar hasta el palenque político.

En la esfera privada, un padre puede dar un azote a su hijo (usar la fuerza), retirarle la paga o sobornarle con unas monedas (usar el dinero o su equivalente) o, lo más eficaz, moldear los valores del hijo de tal manera que la criatura desee obedecer. En el mundo de la política, un Gobierno puede encarcelar a un disidente o torturarle, sancionar económicamente a sus críticos y subvencionar a sus defensores o manipular la verdad para obtener el consenso.

Al igual que máquinas herramienta c apaces de crear más maquinas, la fuerza, la riqueza y el conocimiento, adecuadamente usados, pueden dar a quien los posee el dominio de muchas fuentes adicionales de poder, de lo más variopinto. Así pues, cualesquiera que sean las otras herramientas de poder que una determinada clase dirigente explote, o cualquier persona en sus relaciones privadas, la fuerza (violencia, músculo), la riqueza (Dinero) y el conocimiento (Mente) son las palancas esenciales, y forman la triada del poder.

El azar también afecta a la distribución del poder en la sociedad. Pero tan pronto como nos centramos en los actos humanos intencionados, y nos preguntarnos por qué razón los individuos, y las sociedades en su conjunto, se someten a los deseos del «poderoso», nos encontramos, una vez más, frente a la trinidad músculo, dinero y mente.

Para ceñirnos todo lo posible al lenguaje liso y llano, usaremos el término poder en estas páginas en el sentido de poder deliberado sobre las personas. Esta definición deja al margen el poder usado contra la Naturaleza o las cosas, pero es lo bastante amplía como para comprender el poder que una madre ejerce para evitar que su hijo cruce corriendo una calle por la que circulan coches a gran velocidad; o por «IBM», para aumentar sus beneficios; o por un dictador como Marcos o como Noriega, con el fin de enriquecer a sus familiares y compinches; o por la Iglesia católica, en su intento por concitar oposición política contra las prácticas anticonceptivas; o por los militares chinos, para aplastar una rebelión estudiantil.

En su forma más descarnada, el poder entraña el uso de la violencia, la riqueza y el conocimiento (en el más amplio sentido) para conseguir que la gente actúe de una forma determinada.

El centrarnos en esta trinidad y el definir el poder de esta manera nos permiten analizar el poder de una forma totalmente nueva que revela –acaso con mayor claridad que antes– cómo es usado el poder para controlar nuestra conducta desde la cuna hasta el crematorio. Cuando lo hayamos comprendido, y sólo entonces, podremos identificar y transformar aquellas obsoletas estructuras de poder que amenazan nuestro futuro.

Poder de gran calidad

Los supuestos más convencionales respecto al poder, al menos en la cultura occidental, implican que el poder es cuestión de cantidad. Pero, desde el momento en que es evidente que algunos de nosotros tenemos menos poder que otros, este enfoque pasa por alto lo que ahora puede ser el factor más importante de todos: la calidad del poder.

Es indiscutible que hay diferentes clases de poder, y que algunas de ellas son, sin duda, de muy bajo octanaje. Aquellos que comprendan la importancia de la «calidad» tendrán una ventaja estratégica muy apreciable en las feroces luchas por el poder que pronto se van a desencadenar en escuelas, hospitales, empresas, sindicatos y gobiernos.

Nadie duda que la violencia —encarnada en la navaja de un atracador o en un cohete nuclear– puede introducir resultados espantosos. La sombra de la violencia o la fuerza, grabada en la ley, se proyecta detrás de todo acto de Gobierno, y, al final, todo Gobierno descansa en el Ejército y en la Policía para hacer cumplir su voluntad. Esta omnipresente y necesaria amenaza de la violencia oficial en la sociedad mantiene el sistema en funcionamiento, hace exigible el cumplimiento de los contratos mercantiles normales y reduce la delincuencia y facilita el mecanismo para la pacífica resolución de las disputas. En este paradójico sentido, la velada amenaza de la violencia es lo que ayuda a hacer no violenta la vida cotidiana. 

Pero la violencia en general, adolece de importantes inconvenientes. Para empezar, nos induce a llevar un spray o cualquier otro producto capaz de dejar fuera de combate, a un agresor, o a emprender una carrera de armamentos que aumenta los riesgos para todos. Incluso cuando «funciona», la violencia produce resistencia. Sus víctimas o sus supervivientes quedarán al acecho de la primera oportunidad que se les presente para replicar Sin embargo, la principal debilidad de la fuerza bruta o la violencia es su absoluta inflexibilidad. Sólo es posible utilizarla para castigar. Supone, en resumen, un poder de mala calidad.

En contraste con esto, la riqueza es una herramienta de poder mucho mejor. Una cartera bien repleta resulta mucho más versátil. En lugar de limitarse a amenazar o a imponer castigos, puede ofrecer recompensas de exquisita gradación -pagos y «detalles» en dinero o en especie. La riqueza puede usarse de forma positiva o negativa. Por lo tanto, es mucho más flexible que la fuerza. La riqueza depara un poder de mediana calidad. (Porque solamente una persona lo puede tener)

Sin embargo, el poder de mejor calidad se deriva de la aplicación del conocimiento. El actor Sean Connery, en una película cuya acción se desarrolla en Cuba durante el mandato del dictador Batista, desempeña el papel de un mercenario británico. En una escena memorable, el jefe militar del tirano le dice: «Mayor, ¿cuál es su arma favorita? Se la conseguiré.» A lo que Connery replica: «Cerebro.» .

El poder de buena calidad no es la simple influencia. No sólo la habilidad para salirse con la suya, para hacer que los demás hagan lo que uno quiere aunque prefirieran hacer otra cosa: La buena calidad implica mucho más. Implica eficiencia, usar el mínimo de recursos del poder para alcanzar una meta. Se puede usar el conocimiento para hacer que a la otra parte le guste nuestro programa de actuación. Incluso puede llegar a persuadir a la otra parte de que fue ella quien lo propuso.

Por lo tanto, de las tres fuentes básicas de control social, el poder es la que produce lo que los peces gordos del Pentágono suelen denominar «el ruido más fuerte por cada dólar». Es posible utilizarlo como castigo, recompensa, persuasión e, incluso, para transformar, por ejemplo, en aliado al más acérrimo enemigo. Y lo mejor de todo es que, con los conocimientos adecuados, uno puede sortear las situaciones peligrosas, para empezar; y, de ese modo, evitar el gasto de fuerzas o de riquezas.

El conocimiento sirve también de multiplicador de la riquezas y de las fuerza. Puede utilizarse para aumentar las fuerzas o riquezas disponibles o, por otra parte, para reducir la cantidad necesaria para alcanzar una determinada finalidad. En cualquier caso, aumenta la eficiencia y permite que uno gaste menos «fichas» de poder en cualquier enfrentamiento.

Un país rico genera conocimiento. Procura importar talento. Avanza.
Los países pobres exportan conocimiento. Atrasa.
Al pobre le a costar un poco más tener conocimiento. Es el poder más democrático.
Con conocimiento uno ve cosas que antes no veía.

Por supuesto, quienes disponen del máximo poder son aquellos que están en situación de utilizar estas tres herramientas en hábil conjunción entre sí, alternando la amenaza del castigo con la promesa de la recompensa y con la persuasión y la inteligencia. Los «jugadores del poder» experimentados saben por intuición —o por la formación que la práctica da— cómo utilizar e interrelacionar sus recursos de poder.

Para evaluar a los diferentes contendientes en un conflicto de poder, sea una negociación o una guerra— sirve de gran ayuda saber quién tiene acceso a qué herramientas básicas del poder.

El conocimiento, la violencia y la riqueza, y las relaciones entre, ellos, definen el poder en la sociedad. Francis Bacon equiparaba el conocimiento al poder, pero no prestaba atención a su calidad o a sus vínculos cruciales con las otras fuentes principales de poder social. Ni nadie podía prever hasta ahora los cambios revolucionarios que iban a producirse estos días en las relaciones entre los tres.

Un millón de deducciones

Una revolución está barriendo el mundo actual y dejando atrás todas las teorías de Bacon. Ningún genio del pasado, ni Sun Tzu, ni Maquiavelo, ni el mismo Bacon, hubiera imaginado jamás el profundísimo cambio de poder actual, el asombroso grado al que han llegado a depender del conocimiento, hoy en día, tanto la fuerza como la riqueza.

Por lo tanto, el conocimiento en sí mismo resulta ser no sólo la fuente del poder de más calidad, sino también el ingrediente más importante de la fuerza y de la riqueza. En otras palabras, el conocimiento ha pasado de ser un accesorio del poder del dinero y del poder del músculo a ser su propia esencia. De hecho, es el amplificador definitivo. Esta es la clave del cambio de poder que nos espera, y explica el porqué la batalla por el control del conocimiento y de los medios de comunicación se está enardeciendo por todo el mundo.

Hechos, mentiras y verdades

El conocimiento y los sistemas de comunicación no son antisépticos o neutrales al poder. Todo «hecho» utilizado en los negocios, la vida política y las cotidianas relaciones humanas se deriva de otros «hechos» o suposiciones que han sido conformados, deliberadamente o no, por la estructura de poder preexistente. Por ello, todo «hecho» tiene una historia de poder y lo que podría denominarse un futuro de poder –un impacto, grande o pequeño, sobre la futura distribución del poder.

Los hechos inexistentes y los discutibles son productos del conflicto de poder existente en la sociedad, además de armas utilizadas en él. Los hechos falsos y las mentiras, así como los hechos «ciertos», las «leyes» científicas y las «verdades» religiosas aceptadas son, todos ellos, municiones en el actual juego del poder y son, en sí mismos, una forma de conocimiento, en el sentido usado aquí de ese término.

La diferencia democrática

Además de su gran flexibilidad, el conocimiento tiene otras características importantes que le hacen fundamentalmente diferente de fuentes menores de poder para el mundo del mañana.

Así pues, la fuerza, a todos los efectos prácticos, es finita. Hay un límite a la cantidad de fuerza que podemos utilizar antes de que destruyamos aquello que deseamos capturar o defender. Lo mismo sucede con la riqueza. El dinero no puede comprarlo todo y, en algún punto, incluso la cartera más repleta llega a vaciarse.

Por el contrario, nada de esto sucede con el conocimiento. Siempre podemos generar más.

El filósofo griego Zenón de Elea apuntaba que si un viajero recorre cada día la mitad de la distancia que le separa de su destino, jamás llegará a éste, puesto que siempre le quedará una mitad por recorrer, de la misma manera, nunca llegaremos a alcanzar el conocimiento pleno de nada, pero sí que podemos acercarnos un paso más a la cabal comprensión de cualquier fenómeno. El conocimiento, al menos en principio, es infinitamente ampliable.

El conocimiento también es diferente tanto del músculo como del dinero ya que, por lo general, si utilizo un arma, otro no podrá utilizarla al mismo tiempo. Si alguien utiliza una moneda, yo no puedo utilizar la misma moneda al mismo tiempo.

A diferencia de esto, nosotros dos podemos usar el mismo conocimiento a favor o en contra del otro e, incluso en ese mismo proceso, podemos producir más conocimiento todavía. Al contrario que las balas, o los presupuestos, el conocimiento en si no se gasta. Baste esto para indicarnos que las reglas del juego del conocimiento-poder son muy diferentes de los preceptos en los que confían quienes usan la fuerza o el dinero para hacer cumplir su voluntad.

Pero una última diferencia, todavía más crucial, separa la violencia y el dinero del conocimiento a medida que penetramos en lo que hemos dado en llamar una edad de la información: por definición, tanto la fuerza como la riqueza son propiedad de los fuertes y de los ricos. La verdadera característica revolucionaria del conocimiento es que también el débil y el pobre pueden adquirirlo.

El conocimiento es la más democrática fuente de poder.

Y eso lo convierte en una continua amenaza para los poderosos, incluso a medida que lo utilizan para acrecentar su propio poder. Y lo que explica también por qué todo aquel que ostenta poder, desde el patriarca de una familia hasta el presidente de una compañía o el Primer Ministro de una nación, desea controlar la cantidad, calidad y distribución del conocimiento dentro de sus dominios.

El concepto de la tríada de poder nos lleva a una notable ironía.

Al menos durante los últimos 300 años, la lucha política por antonomasia dentro de todas las naciones industrializadas ha sido a cuenta de la distribución de la riqueza, de lo que le corresponde a cada uno. Términos como «izquierdas» y «derechas» o «capitalista y «socialista» giraban en, torno a esta cuestión fundamental.

Así y todo, a pesar de la mala distribución de la riqueza en un mundo penosamente dividido entre ricos y pobres, resulta que, comparada con las otras dos fuentes de poder, la riqueza ha sido, y es, la menos mal distribuida. Sea cual fuere el abismo que separa a los ricos de los pobres, una sima todavía mayor separa a los que tienen !as armas de los que no las poseen, y a los ignorantes de los instruidos.

Hoy en día, en las naciones ricas que tan de prisa están cambiando, y a pesar de las desigualdades en ingresos y riqueza, la futura lucha por el poder irá evolucionando cada vez más hacia una lucha sobre la distribución del conocimiento y el acceso a él. Ésta es la razón de que, a menos que comprendamos cómo fluye el conocimiento y hacia quién lo hace, no podamos protegernos a nosotros mismos contra los abusos de poder ni crear esa sociedad, mejor y más democrática, que las tecnologías del mañana prometen.

El control del conocimiento es el punto capital de la lucha mundial por el poder que se entablará en todas y cada una de las instituciones humanas.


Toffler Alvin, El cambio del Poder. (Editorial Plaza y Janes, Barcelona, España 1995), 27-44.


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