Teología de la liberación - Fenómenos religiosos
Este concepto de liberación pasa, por su puesto, por una relectura y una resignificación de la teología. Como apunta Boff: "La teología debe ser un instrumento al servicio de la liberación, no un fin en sí misma". (Clodovis Boff, Teología de lo político. Salamanca: Sígueme, 1980, 108).
Y como Alves asevera: "La teología clásica se ha convertido en un discurso abstracto que no responde a los gritos de los pobres". (Rubem Alves, Religión: ¿opio o instrumento de liberación? Montevideo: Tierra Nueva, 1970, 67).
Jon Sobrino, en Jesús en América Latina (1982), sostiene que "La opción preferencial por los pobres no es una preferencia excluyente, sino una prioridad evangélica que busca restablecer la dignidad de los más vulnerables". Sobrino critica a la Iglesia por alejarse de los pobres y llama a una "conversión radical" hacia los marginados". (Jon Sobrino, Jesús en América Latina. San Salvador: UCA Editores, 1982, 78).
Para Comblin "La Iglesia debe ser una comunidad de fe que camina junto a los oprimidos, no una institución burocrática". (José Comblin, Teología de la liberación, teología de la revolución (Bilbao: Desclée de Brouwer, 1974, 67).
Al parecer, la TL es una reacción; es decir, no es una propuesta que nace de las Escrituras, sino que nace de la teología pastoral práctica. Como apunta Vigil: "Esta teología no es universal, sino que nace de la realidad concreta de los pueblos oprimidos". (José María Vigil. Teología del pluralismo religioso. Córdoba: El Almendro, 2005, 91).
Proviene de quien convive con la necesidad, de quien está cerca de los vulnerables y se queda desconcertada por la apatía, frialdad, insensibilidad, no de la iglesia toda; sino, de grupos de poder, o grupos con influencia y amplio espectro de opinión dentro de la iglesia que, aunque no son impotentes, deciden no hacer nada o incluso apartarse de necesidades reales y abrumadoras.
Pero tal vez, aquí radica la debilidad de la TL que quiere hacer creer o pensar que todo el desarrollo social debe depender de un solo actor principal (en este caso, la iglesia). Solo es necesario recordar que en muchos casos gobiernos inmensos, con recursos estratosféricos, no han podido mejorar el escenario social de individuos, grupos y sociedades enteras. ¿Cómo se podría esperar entonces que la iglesia, con recursos limitados (en muchos casos para sobrevivir apenas ese mes), con apoyo gubernamental nulo o en muchos casos perseguida, consiga realizar una transformación social de magnas proporciones en menos de lo que canta un gallo? Quizás, esto demuestra que se quiere imponer sobre la iglesia una dictadura, no solo de una ilusión, sino de una utopía, que encumbra a los pastores como monstruos de la corrupción y coloca a la iglesia como la institución más antisocial existente y pretende crear una narrativa que la iglesia es inoperante, irrelevante y por tanto innecesaria en esta sociedad.
Se olvida justamente que si la iglesia se levanta con esta fuerte observación, es porque justamente sus actores están dentro de esta realidad. Iglesias, misioneros, pastores, líderes y miembros viven no viven solamente en condominios o burbujas puritans; sino que son parte de los grandes cinturones de pobreza y miseria que rodean, principalmente hoy, a las grandes ciudades.
Por otro lado se desconoce el trabajo de la iglesia realizado desde hace décadas (y en el caso del protestantismo latinoamericano, siglos) por la salud, la educación y la asistencia social de las personas. No se puede negar el rol social que la iglesia debe ejercer, pero si el desarrollo de un gobierno apenas es visible en una gestión de 4 o 5 años ¿Cómo se pretende que la iglesia pueda realizarlo en menos tiempo? ¿Cómo se pretende que una institución tenga un efecto sobre la sociedad despojándose de todo de sí, quedando en la inexistencia? ¿O es que acaso este es el objetivo último, al despojar líderes religiosos y convertirlos en activistas, al convertir líderes eclesiásticos en líderes políticos, al convertir miembros misioneros de iglesia en voluntarios de algún colectivo? Sin recursos, sin líderes y sin gente, la extinción es un hecho. Lo cierto es que se trata de un proceso ampliamente desgastante, porque mientras la iglesia lucha por abrir nuevas iglesias; cientos se cierran a causa del declinio en estos aspectos; entonces ¿Cómo exigirle una transformación social a una iglesia que apenas sobrevive?
El discurso que impone otra misión a la iglesia, nunca será saciado. Porque surgirán nuevas necesidades, y una misión atrás de otra querrán ser cargadas en los hombros eclesiásticos. Esto significa que, aunque el evangelio tiene por naturaleza, un poder transformador (aquel señalado por Jesús en el árbol de mostaza), un poder que Dios ha confiado en manos de la iglesia, este no debe ser usado como pretexto para atender todas las necesidades sociales (muchas, responsabilidad del gobierno, por cierto) que le aparezcan en el camino. Pensar que la iglesia ha usufruído de su "magno poder" a expensas de los 'ingenuos individuos'; es desconocer la gran transformación y el aporte silencioso que la iglesia, por más pequeña que esta sea, ha realizado en el campo, en las periferias, en las familias, en los adolescentes y jóvenes, en los emigrantes, en la ciencia, la salud y la educación. Contribuyendo a la formación, la capacitación de líderes, la entrega de profesionales competentes, fomentando el compromiso hacia el servicio, la compasión, el crecimiento de la sociedad y el desarrollo de las naciones, incluyendo aquellas que estaban más allá de sus fronteras.
La TL tiene y la lucha política
Leonardo Boff, en su obra Jesucristo el Liberador (1980), argumenta que "Jesús no vino solo a salvar almas, sino a liberar a las personas de todas las formas de opresión, incluyendo la pobreza, la injusticia y la exclusión".
Boff también destaca la importancia de la ecología, afirmando que "La liberación humana está íntimamente ligada a la liberación de la Tierra". (Leonardo Boff, Jesucristo el Liberador. Santander: Sal Terrae, 1980, 42).
Richard enfatiza que "La liberación no es solo un acto político, sino también un proceso espiritual que implica la conversión personal y comunitaria". (Pablo Richard, Muerte de las cristiandades y nacimiento de la Iglesia. San José: DEI, 1987, 89).
La TL parece no distingue en su óptica escatológica un más allá, sino un marcado aquí y ahora, y sino, nada. Es decir, no quiere escuchar ningún otro discurso que no pretenda atender su imperativo actual.
Prefiriendo a los pobres, identificada con los movimientos sociales y cargada de un tinte marxista, la TL proponía un cambio no apenas del individuo y/o su familia; sino un cambio de estructuras. Su lucha no fue tan marcado por el evangelio, sino por los derechos humanos.
Las décadas de 1960 y 1970 fueron marcadas por la TL. En Bolivia la década de 1980 con Luis Espinal, Xavier Albó se vio claramente afectada por la TL.
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