El hombre y la Adoración
Dios existe y es digno de adoración, pero sin la presencia de la criatura no habría ni religión ni adoración. Son estas criaturas humanas o angélicas las que responden a la iniciativa de Dios y le brindan veneración.
"Confía más en la oración que en tu preparación. Tal vez tu sermón se pierda y quizás así te salves". D. Plenc.
LAS DOS PARTES ESENCIALES
Juan Calvino decía que la suma de la sabiduría del hombre consiste en conocer a Dios y conocerse a sí mismo.
En su Comentario sobre la verdadera y la falsa religión, Ulrico Zwinglio identifica a Dios como el objeto de la religión y al hombre como el sujeto.
En su obra clásica Yo y Tú, Martín Buber manifiesta que la religión es, en esencia, una relación o diálogo directo del hombre con Dios. Del mismo modo, la adoración tiene que ver con Dios, pero también con el hombre. Se trata de una actividad divino-humana, que requiere una revelación de Dios y una respuesta del hombre. Este encuentro de Dios con el hombre, en el culto, bien podría denominarse teándrico (divino-humano).
El propósito de este capítulo es relacionar la adoración a Dios con el origen, la naturaleza y el destino del hombre, en su situación caída y en su contexto cultural. De este estudio surgirán nuevos criterios, capaces de orientar el culto congregacional.
ORIGEN, NATURALEZA Y DESTINO DEL HOMBRE
¿De dónde venimos? ¿Qué somos? ¿Por qué estamos aquí? ¿Hacia dónde vamos? Estas son preguntas que el hombre no puede evitar en su insaciable búsqueda del sentido de su propia existencia. Pero, cuando la criatura humana adora al divino Creador encuentra al mismo tiempo una respuesta adecuada para estas y otras cuestiones vitales.
Desde el momento en que el hombre se dispone a adorar a Dios, está recordando su origen divino, descubriendo su identidad personal y el propósito de su existir. Así encontró Lutero que "el hombre fue especialmente creado para el conocimiento y la adoración de Dios". (Jaroslay Pelikan, ed., Luther's Works, trad. George V. Schick. Saint Louis, Missouri; Concordia Publishing House, 1958), t. 1, 80).
En el culto, toda la iglesia expresa su adoración y celebra el "origen y el destino de su comunidad". (Richard Rice, The Reign of God (Berrien Springs, Michigan: Andrews University Press, 1985, 288, 289).
A diferencia de las demás criaturas, el hombre fue creado a propósito con la capacidad de adorar a su Creador. Dios lo hizo así. Agustín lo decía hermosamente de otra manera: "Nos creaste para ti y nuestro corazón andará siempre inquieto mientras no descanse en ti". (San Agustín, Confesiones, trad. Antonio Brambilla Z. Buenos Aires: Ediciones Paulinas, 1990, 13).
Es decir, el hombre tiene una existencia doxológica; es y fue creado para la gloria de Dios (Isaías 43:7), y cuando le rinde culto exalta al Creador y ejerce el privilegio de darle una respuesta significativa.
En realidad, la adoración pareciera formar parte de la naturaleza misma del hombre. Todas las personas adoran, vengan de comunidades primitivas o altamente desarrolladas. El hombre podría definirse como un incurable religioso. Roberto Ernesto Hume tiene la convicción de que la religión es la principal característica que diferencia al hombre y que el género humano en su conjunto es universalmente religioso. Asegura que, en la historia de la humanidad, jamás hubo tribu de hombres privada de alguna forma de religión. (Roberto Ernesto Hume, Las religiones vivas, trad, Manuel Beltroy. Buenos Aires: Editorial Mundo Nuevo, 1931, 1).
Es evidente que los seres humanos son esencialmente religiosos, necesitados de rendir algún tipo de culto a algún tipo de realidad divina. Bien puede sospecharse que fue Dios quien implantó en su criatura esta profunda necesidad interior de creer y de adorar (Eclesiastés 3:11).
La idea de que el hombre fue creado para la gloria de Dios, siendo entonces la adoración su destino supremo, no es nueva y ha llevado a la convicción de que "la adoración no es un medio hacia un fin; es el fin de la vida del hombre, la más elevada actividad en la que se compromete, el propósito por el cual fue hecho". (Paul Rowntree Clifford, "Baptist Forms of Worship", Foundations 3 (1960), p. 232, citado en Richardson, "The Primacy of Worship", Review and Expositor 65, N° 1 (Winter 1988), P. 9.
Dios dijo de sus hijos en lo pasado, por medio de Isaías: "para gloria mía los he creado, los formé y los hice" (Isaías 43:7). El Pequeño Catecismo de Westminster lo refleja con estas palabras: "El objetivo principal de la vida del hombre es glorificar a Dios (1 Corintios 10:31; Romanos 11:36) y encontrar en él su felicidad eterna (Salmos 73.25-28)". Quiere decir que el hombre alcanza su lugar y su destino en libertad cuando da a Dios una respuesta de alabanza a la dignidad divina. De allí que el culto no es una actividad más del hombre o de la iglesia, sino su misma razón de existir.
IRRUPCIÓN DEL PECADO Y DE LA MUERTE
El pecado modificó esencialmente la relación original del hombre con Dios y alteró su propia naturaleza. En el decir de Lutero, el hombre pasó de la fe a la incredulidad y de la adoración a la idolatría. Desde entonces, la adoración solo fue posible en virtud de la gracia y de la redención. Se trata de una vivencia humana, imperfecta, necesitada de salvación e interrumpida tantas veces por la consecuencia del pecado, la muerte.
El hombre: un ser indigno
El hombre que se sabe pecador siente su indignidad ante la presencia de Dios. Ocurrió en el Edén (Génesis 3:8-10) y con los profetas (Daniel 10:5-11; Apocalipsis 1:11-17). Isaías se sintió morir por causa de su pequeñez humana y de sus labios inmundos (Isaías 6:1-5).
"Isaías había denunciado el pecado de otros, pero ahora se ve él mismo expuesto a la misma condenación que había pronunciado sobre otros. Se había sentido satisfecho con las ceremonias frías y sin vida, en su adoración de Dios. No se había dado cuenta de ello hasta que tuvo esa visión del Señor. Cuán pequeños parecían ahora su sabiduría y talentos a medida que miraba la santidad y majestad del Santuario. ¡Cuán indigno era! ¡Cuán incompetente para el servicio sagrado!" CV, 234.
Ante la presencia de Jesús, Pedro se sintió al mismo tiempo atraído y agobiado por el peso de su pecado (Lucas 5:8).
Friedrich Schleiermacher hablaba de un sentimiento humano de dependencia, y Rudolf Otto de un sentimiento de sumisión, empequeñecimiento, anonadamiento, desvalorización y absoluta profanidad.
Cita la expresión de Anselmo: "quanti ponderis sit peccatum" (¡Cuánto pesa el pecado!). (Rudolf Otto, Lo santo: lo racional y lo irracional en la idea de Dios, trad. Fernando Vela. Madrid: Alianza Editorial, 1985, 78).
La adoración puede ser alegre y hasta festiva, pero quienes participan de ella nunca olvidarán la condición pecaminosa e indigna del hombre, con su necesidad absoluta de la provisión divina de la gracia.
El hombre: un ser finito
El creyente no desea la muerte. La siente como un intruso, un enemigo introducido por el pecado. Sabe que es un paréntesis que habrá de cerrarse con la resurrección. Pero la muerte es algo real e inevitable, un tiempo de ausencia, cuando se silencia la alabanza y se interrumpe la adoración. Dice el salmista:
"Porque en la muerte no hay memoria de ti, en el Seol, ¿quién te alabara?" (Salmos 6:5). Su retórica refuerza el argumento: "¿Te alabará el polvo? ¿ Anunciara tu verdad?" (Salmos 30:9). Evidentemente, no. La inconsciencia de la muerte no lo permite. Dios no se manifiesta a los muertos, ni ellos pueden alabarlo (Salmos 88:10-12). No alabarán los muertos a JAH, ni cuantos descienden al silencio; pero nosotros bendeciremos a JAH desde ahora y para siempre. Aleluya" (Salmos 115:17, 18). El concepto popular de un alma peregrina que regresa a los cielos es atractivo, pero falso. Como la Biblia lo reitera: "Porque el Seol no te exaltará, ni te alabará la muerte; ni los que descienden al sepulcro esperarán tu verdad. El que vive, el que vive, éste te dará alabanza, como yo hoy..." (Isaías 38:18, 19).
Al buscar una mejor comprensión del significado de la adoración, no deben soslayarse los efectos del pecado sobre la naturaleza misma del hombre y su habilidad para relacionarse con Dios. El hombre caído no adora de verdad y su muerte trunca toda posibilidad de alabar. Solo la obra salvadora de Dios cambia radicalmente las cosas, y cuando el hombre responde en libertad al don del Cielo, se completa la estructura teológica de la adoración. Su expresión es posible e inevitable.
CUANDO LA CRIATURA RESPONDE
Entonces se produce la experiencia dinámica de la adoración. La iniciativa de Dios encuentra por fin la respuesta adecuada. Esa es la estructura simple y fundamental que compromete tanto a Dios como al hombre por medio de Cristo y del Espíritu. Se dice que la dinámica estudia las leyes del movimiento en relación con las fuerzas que lo producen. Si la analogía es posible, puede decirse que la adoración es un movimiento que requiere un estudio de sus fuerzas impulsoras.
Acción, reacción, diálogo, encuentro, etc. Estos son los tópicos que deben estudiarse a continuación.
Religión en acción
La adoración no es un objeto o un estado sino un hacer. No es un sustantivo sino un verbo. La Biblia utiliza verbos para describirla. De allí el título de la obra de Robert E. Webber, Worship is a Verb. La adoración es algo que los creyentes hacen. Incluye actividad, reacción, respuesta. Karl Barth ha dicho que "la adoración cristiana es la acción más trascendental, urgente y gloriosa que pueda tener lugar en la vida humana". Pero no es una actividad del hombre en soledad o en sociedad, es un accionar del hombre con Dios.
Por consiguiente, la adoración de la iglesia demanda participación activa de cada uno de sus miembros. En un servicio de culto no hay espectadores, no hay público, no hay oyentes; solo hay actores, participantes. La Escritura muestra a personas involucradas en actos de adoración. Desde la Reforma ha resurgido la idea de sacerdocio de todos los creyentes. Porque los sacerdotes tienen libertad de acceso directo a Dios, pero también la tan reclamada necesidad de participación. La notable metáfora de Sören Kierkegaard compara la adoración con un drama y describe a los miembros de la congregación como actores, al ministro y el coro como "apuntadores" y a Dios como el público.
Elena G. de White exhorta a los adoradores a no "ser oidores fríos y que no den ninguna clase de respuesta" (ST, June 24, 1886)
Recomienda abreviar a veces los sermones para dar oportunidad a los testimonios de fe y agradecimiento a Dios. OE, 180. (Los testimonios deben ser personales, cortos y recientes)
La gran tentación del presente es que las congregaciones imiten al mundo del espectáculo, en el que los adoradores se transforman en observadores pasivos, desprovistos de compromiso. Después de tanto tiempo, la sombra del medioevo vuelve a cernirse sobre las iglesias.
Respuesta de adoración
Es correcto definir la adoración como respuesta del hombre a Dios. Hay ejemplos en las Escrituras de esa interacción dinámica (Deuteronomio 4:10; 1 Crónicas 17:25; Nehemías 8:1-6; Salmos 138:4). El Salmo 116:12, 13 y 17 deja ver que el culto y la alabanza surgen en respuesta a los beneficios recibidos de Dios.
Sobre todo, el hombre responde a la revelación divina y al accionar de Dios por medio de Jesucristo. También hay una respuesta en los servicios de culto de la congregación. Apocalipsis 14:6 y 7 muestra dos grandes focos o elementos vitales: proclamación (predicación) y aclamación (alabanza), los cuales deben permanecer en equilibrio a fin de evitar distorsiones en la adoración. La alabanza se da dentro del contexto de la predicación de la Palabra de Dios. Se hacen presentes elementos divinos y humanos en la adoración.
Por tratarse de una respuesta, la adoración es un acto de amor que no puede sino expresarse en libertad Josué 24:15, 22), Como en la antigüedad, el pueblo de Dios obedece por amor y lo sirve con todo el corazón y el alma. (Deuteronomio 11:13). Además de voluntaria, es una experiencia permanente. Los israelitas debían responder a las palabras de Dios con temor, "todos los días que vivieren sobre la tierra' (Deuteronomio 4:10). El salmista siente la necesidad de bendecir a Dios "en todo tiempo" y de alabarlo "de continuo" (Salmos 34:1). (Los cultos deberían incluir momentos de bendición - Números 6:24-26). Así, los que habitan en la casa de Dios y lo adoran perpetuamente son bienaventurados (Salmos 84:4). Puede haber mucho de simbolismo en su héptuple alabanza diaria (Salmos 119:164). El autor de la salmodia hebrea exalta y bendice a Dios "eternamente y para siempre", y lo hace "cada día" (Salmos 145:1, 2). Es una actitud de toda la vida (Salmos 146:2), tal como lo experimentaron los creyentes luego de la resurrección y la ascensión de Cristo (Lucas 24:52, 53).
Esta idea de celebrar varios cultos cada día, en horarios determinados, dio origen, en la historia del cristianismo, a la llamada "liturgia de las horas" Bien podría definirse el culto como diálogo divino-humano, una conversación iniciada por Dios que da sentido a los elementos del culto. La figura de la adoración como un diálogo ha alcanzado un amplio consenso entre los eruditos actuales. Por medio de su palabra, Dios da inicio a la comunicación, en la que el pueblo no solo escucha, sino también responde. Y este diálogo está destinado a perdurar a lo largo de toda la vida.
Esta estructura de diálogo orienta y justifica todas las actividades del culto.
En su catecismo mayor, Martín Lutero interpretó esta conversación como actividades concretas de servicio a Dios. Es decir, "reunirse a fin de escuchar y dialogar sobre la Palabra de Dios, y luego alabar a Dios, cantar y orar". (Donald P. Hustad. ¡Regocijaos! 118.
Como Hans Küng ha declarado: "Dios habla a su iglesia a través de su Palabra, y la iglesia habla a Dios, en respuesta, en sus oraciones y en sus cantos de alabanza". Hans Kung. The Church, 305.
La proclamación muestra a Dios otorgando su palabra, leída, predicada, cantada, y la respuesta completa del hombre se expresa en cantos, alabanzas, oraciones, confesiones. Hasta el silencio puede ser una respuesta, (Como un filósofo decía: Es hablando que la gente no se entiende) cuando da espacio para la reflexión o la intercesión. El protestantismo ha dado importancia al sermón, generalmente basado en la lectura bíblica precedente.
Pero todos los elementos contribuyen al diálogo entre Dios y el hombre. Hoy casi no se habla de "preliminares" (Prolegomenon) para describir las actividades previas al sermón, porque se entiende que la alabanza y la adoración complementan la predicación.
Elena G. de White lo pone de este modo. "Gran parte de la adoración pública de Dios consiste en alabanza y oración, y cada seguidor de Cristo debiera participar en ella. También está el servicio de predicación, dirigido por aquellos que están encargados de instruir a la congregación en la Palabra de Dios". (Elena G. de White, The Signs of the Times. June 24, 1886).
"Los himnos de alabanza, las palabras habladas por los ministros de Cristo, son los instrumentos designados por Dios para preparar un pueblo para la iglesia de lo Alto, para ese culto superior en el que no puede penetrar nada que sea impuro o profano… MJ, 263.
En este sentido, el canto y la oración son equiparables. "El canto, como parte del servicio religioso, es tanto un acto de culto como lo es la oración". PP, 645.
En forma similar: "Como parte del servicio religioso, el canto no es menos importante que la oración. En realidad, más de un canto es una oración". Ed, 164.
Ya Agustín había dicho: "Quien canta, ora dos veces". (Citado en Pablo Argárate, La iglesia celebra a Jesucristo: introducción a la celebración litúrgica. Buenos Aires: San Pablo, 1994, 122).
Desde mediados del siglo XX, los adventistas comienzan a ver la importancia de los otros elementos, además del sermón. Comienzan a entender también el culto como un diálogo, y la alabanza adquiere un nuevo valor.
Es que la alabanza, como se ha dicho, implica la necesidad de responder a Dios en forma audible, a través de la palabra hablada o cantada. En la poesía hebrea, la noción de alabar se muestra en ocasiones en paralelismo con cantar o anunciar (Salmos 7:17; 9:1, 2; 22:22; 28:7; 40:3; 92:1; 106:2; 138:1). Los mismos Salmos hebreos se denominaban tebilim, alabanzas. También en el Nuevo Testamento se habla de alabanzas (Santiago 5:13). Estas equivalen a un sacrificio espiritual (Salmos 50:14, 23; 56:12; 107:22; 116:17; Hebreos 13:15).
Elena G. de White le otorgó gran significado: "El alabar a Dios de todo corazón y con sinceridad, es un deber igual al de la oración". PVGM, 241.
De modo que entender la alabanza como aclamación que responde a la proclamación es comenzar a entender la adoración significativa.
Características y actividades del culto
El culto tiene la diversidad propia del accionar humano, porque el hombre se expresa de distintas maneras. Pero la adoración congregacional está a menudo relacionada con un cierto número de cualidades que le son propias.
Las listas se parecen y difieren en detalles. Robert E. Webber habla de cualidades como la recordación, la anticipación, la celebración y el servicio. (Robert E. Webber, Worship, Old do New: a Biblical, Historical and Practical Introduction (Grand Rapids: Zondervan Publishing House, 1994, 27).
C. Raymond Holmes propone tres actividades; recordación, agradecimiento y dedicación. (C. Raymond Holmes, Sing a New Song! 21).
Richard Rice prefiere mencionar la reverencia, la adoración y la celebración. Reverencia ante la majestad divina, adoración como reconocimiento de la dignidad y del amor de Dios, y celebración por los hechos de Dios en favor de sus hijos. (Richard Rice, The Reign of God, 289).
El Manual de la iglesia dice escuetamente: "La puntualidad, la reverencia y la sencillez deben caracterizar todas las partes del culto de adoración". MI, 75.
Estas pocas listas son más complementarias que mutuamente excluyentes.
Es evidente la importancia de la recordación (anámnesis, en griego), porque significa que el culto trae a la memoria las obras salvadoras de Dios en favor de su pueblo y de sus integrantes en el pasado. Pero la adoración también se extiende hacia la salvación futura y es su anticipación (prolepsis, en griego). (Ver Daniel Oscar Plenc, "O significado protológico e escatológico da adoração", en O futuro: A visão adventista dos últimos acontecimentos, ed. Alberto R. Timm, Amin A. Rodor e Vanderlei Dorneles. Engenheiro Coelho, São Paulo: Unaspress, 2004, 167-175).
Este tipo de adoración que recuerda el pasado con gratitud y anticipa el futuro con esperanza no puede dejar de ser una celebración solemne y comprometida.
Todos estos medios de devoción y dedicación concretan una respuesta activa al carácter y las obras de Dios. Esta actividad, que comemora el pasado, anticipa el futuro y da sentido trascendente al presente, se llama adoración.
Cuando el hombre adora, lo hace con todo su ser y en consonancia con su entorno. La Biblia lo muestra de esa manera, involucrado en toda su existencia. Es una respuesta que abarca todo y cada aspecto de la vida. De modo que, al dar gloria a Dios, el creyente incluye todo su ser. Vale decir que no hay adoración posible sin una entrega del hombre en su totalidad, incluyendo su cuerpo, entendimiento, sentidos, pensamientos, palabras y acciones. Por eso, parece correcta la reiterada sugerencia de entender la adoración como un "estilo de vida".
Toda vez que el culto se disocia de la vida, degenera en ritualismo o formalismo externo, fenómeno tantas veces condenado en las Escrituras (1 Samue; 15:22; Salmos 40:6; 51:16-19; Isaías 1:11-15; 29:13; Jeremías 6:20; 7:3-12; 14:12; Oseas 6:6; Amós 5:21-24; Miqueas 6:6-8; Jueces 4:22, 23).
Adoración como estilo integral de vida
La adoración bíblica es, entonces, una respuesta integral del hombre a Dios, como se ve en algunos pasajes:
- David habla de bendecir a Dios con todo su ser (Salmos 103:1).
- Jesús enseñó que el servicio a Dios no puede ser compartido (Lucas 16:13).
- El concepto paulino de culto racional es altamente comprensivo porque implica una consagración completa del ser viviente al servicio de Dios (Romanos 12:1, 2).
- Se glorifica a Dios también con el cuerpo (1 Corintios 6:20) y con acciones tan cotidianas como el comer o el beber (1 Corintios 10:31).
- El temor de Dios implica santidad de vida, limpieza de carne y de espíritu (2 Corintios 7:1).
- Como respuesta de amor, la adoración involucra la totalidad del ser humano (Deuteronomio 6:5; Mateo 22:37; Marcos 12:30; Lucas 10:27).
La Biblia relaciona mucho la idea de glorificar a Dios con la de la totalidad del hombre. Glorificar es confesar con las palabras y con la vida nuestra admiración por el carácter de Dios. Es una ofrenda de toda la vida al Cielo, o lo que es lo mismo, un culto de la vida que va más allá de cualquier acto ritual o ceremonial. De ese modo, toda la existencia llega a ser un culto en homenaje al Señor, y la adoración congregacional es solo una expresión particular. A partir de esta idea, habría que pensar en el culto como un modo de vida antes que un evento semanal, sin desconocer la importancia de este último.
Pero, también al ofrecer un culto público, el adorador debe verse integralmente involucrado. Se habla últimamente de la importancia de los dos hemisferios cerebrales involucrados en el culto. El izquierdo, verbal, lógico, cognoscitivo, racional, y el derecho, no verbal, intuitivo, estético, emocional.
Tradicionalmente, el culto protestante y el adventista solían estimular mayormente el hemisferio izquierdo, racional, desestimando un poco el hemisferio derecho, emocional. La tendencia actual apunta cada vez más a involucrar ambos hemisferios en los servicios de culto por medio de diversas actividades que favorezcan la participación y la respuesta integral.
Se presenta, entonces, una inevitable tensión entre los elementos racionales y los emocionales.
- Las personas de tendencia mística tienden a darle mucha importancia a lo emotivo antes que a lo intelectual y verbal. Pero, a la hora del culto, los elementos intelectuales y emocionales deben combinarse en una experiencia trascendente. Los extremos del emocionalismo o el intelectualismo han de evitarse. No debe permitirse que la emoción quede reducida a sentimentalismo, frecuente en ciertas expresiones musicales. La mente debe ser continuamente desafiada y la predicación no puede ser desplazada por la música o el drama.
Tampoco el culto es una actividad puramente espiritual, y por eso la dimensión corporal del hombre queda incluida. Las prácticas litúrgicas suelen demandar diversas posturas, gestos y ademanes corporales, no siempre explicados suficientemente. Por ejemplo;
- El estar de pie es expresión de redención, de respeto, de pronta disposición.
- El estar de rodillas confiesa el señorío divino, reconoce la grandeza y poder de Dios como Creador. También coloca al hombre en su condición de criatura, y criatura pecaminosa.
- El arrodillarse y el inclinarse expresan humildad, reverencia y confesión de la culpa. (Ver el capítulo "El cuerpo humano en el culto litúrgico", Theodor Filthaut, La formación litúrgica, 2" ed., trad. Juan Armelin. Barcelona: Herder, 1963, 119-133).
Otra tensión se da entre la vida del creyente en la iglesia y su vida en el mundo. La fe se lleva a ambos ámbitos, evitando extremismos y separatismos inaceptables. El culto a Dios es importante tanto como el servicio en favor del mundo. No es posible, entonces, separar el culto y la vida en el mundo, sino que el culto de la iglesia prepara al cristiano para vivir en el mundo e influirlo positivamente.
La necesidad de integrar todas las esferas de la vida ha sido reconocida en diversas tradiciones religiosas. Así pensaron ciertos dirigentes monásticos al igualar el trabajo al culto, como servicio a Dios. Como ejemplo puede leerse, en la Regla de Benito de Nursia: "Que en todas las cosas Dios pueda ser glorificado". También el protestantismo ha rechazado la ruptura entre lo secular y lo sagrado en la vida y la actividad del hombre. Desde esta perspectiva, nada es totalmente secular o profano, y el cristiano contribuye a la gloria de Dios en su trabajo diario. Calvino consideraba el trabajo como "una vocación divina y un acto de adoración". El puritanismo, por su parte, veía como perversión religiosa una adoración que implicara separación del mundo.
Más bien se ha visto la adoración como un principio ordenador de toda la vida humana.
Según las Escrituras, Dios creó al hombre a su imagen como un ser físico, intelectual, espiritual y social, en unidad indivisible. Este concepto monista de la antropología bíblica contrasta con el dualismo del concepto antropológico griego, que separa el alma del cuerpo, y justifica una comprensión integral de la adoración.
En la enseñanza bíblica, la adoración abarca la vida entera, e incluso se relaciona con el cuidado de la salud. También Elena G. de White ha defendido con insistencia la idea de una relación íntima entre la religión y la salud. CSS, 568.
Adoración y mayordomía cristiana
La adoración es un completo darse del hombre a Dios, y en este sentido se acerca al concepto de mayordomía cristiana. Pueden encontrarse indicaciones bíblicas acerca de la entrega de las ofrendas y los diezmos como un acto de adoración. Al hacerlo, se reconoce a Dios como fuente de toda bendición y como dueño de todo. Según se lee en los registros inspirados:
- El sistema del diezmo debía enseñar a Israel a temer a Jehová (Deuteronomio 14:23).
- Las primicias eran entregadas al mismo tiempo que se adoraba a Dios (Deuteronomio 26:10).
- La invitación de David a adorar incluye la presentación de ofrendas (1 Crónicas 16:29; Salmos 96:8).
- Los bienes y las primicias debían honrar a Dios (Proverbios 3:9).
Según el Nuevo Testamento:
- La adoración de los sabios orientales incluyó la entrega de presentes (Mateo 2:8).
- En el pensamiento de Pablo, los donativos hacen a la gloria del Señor (2 Corintios 8:19; 9:11-13). Pablo describe, en 2 Corintios 9:12, la colecta que estaba llevando adelante como un acto de culto.
- Esas ofrendas suplían necesidades humanas concretas, pero eran entregadas como un servicio al Señor.
Si la dádiva simboliza y materializa la propia entrega, entonces forma parte de la adoración en un contexto de amor, alabanza y gozo. Forma parte de la respuesta de la criatura agradecida al Dios creador, sustentador y redentor.
Otra vez aparece la idea de que la adoración forma parte de un estilo comprometido de vida, ofrecida a la gloria de Dios.
Adoración en su contexto cultural
Al entender la adoración como una respuesta humana, se admite la influencia del contexto cultural en el tipo y los medios de esa respuesta. Lo que equivale a reconocer que lo que se dice y se hace en el culto se ve afectado por el entorno cultural. El impacto de la cultura se ve, por ejemplo, en el uso del lenguaje, en las costumbres sociales, en la arquitectura religiosa y en los conceptos de liderazgo.
Si la cultura equivale a conducta socialmente aprendida, entonces la interrelación entre cultura, religión y adoración parece ineludible. En un enfoque moderado puede pensarse que el trasfondo cultural afecta parte de las formas del culto, y en un abordaje más extremo se diría que las formas rituales son nada más que un resultado de la cultura imperante. De cualquier manera, el cristianismo se ha desarrollado paralelamente a la cultura secular, con influencia recíproca. Así, por ejemplo, la adoración fue entendida como "conocimiento" durante el iluminismo y como "experiencia" en el romanticismo.
Al repasar la historia bíblica, el lector encuentra que los personajes bíblicos respondían a los mensajes y a las apariciones divinas con actos y actitudes que guardaban consonancia con el entorno cultural del Cercano Oriente de entonces. De acuerdo con la costumbre general de esa zona, Dios le pide a Moisés que se quite las sandalias en su presencia, como muestra de reverencia (Éxodo 3:5, 6). David manifestó su agradecimiento y alegría por medio de la danza (2 Samuel 6:14-18). Se expresó ante Dios con naturalidad, en una mezcla de solemnidad y gozo, sin otro propósito que el de glorificarlo. Elena G. de White afirma que David bailó delante de Dios con alegría reverente, y que "la música y la danza de alegre alabanza a Dios, mientras se trasladaba el Arca... tenían por objeto recordar a Dios y ensalzar su santo nombre". PP, 766.
- Los israelitas seguían la práctica de orar a horarios regulares en dirección de Jerusalén (Salmos 5:7; 28:2; Daniel 6:10).
- Entonces como ahora, la oración a menudo requería postrarse como señal de sumisión y homenaje (Mateo 4:8-10).
- También la tradición hebrea indicaba con frecuencia orar con las manos levantadas (Éxodo 9:29, 33; 17:11; 1 Rey. 8:22; Esdras 9:5; Job 11:13; Salmos 28:2; 63:4; 88:9; 134:2; 143:6). Aparentemente, los cristianos primitivos continuaron con la misma práctica (1 Timoteo 2:8).
En estos tiempos de aprecio por las culturas autóctonas, es frecuente escuchar críticas hacia la obra misionera tradicional, que muchas veces tendía a una conversión cultural además de religiosa. Este tipo de "aculturación" desvalorizaba expresiones de la cultura local en aspectos arquitectónicos, litúrgicos y artísticos. La actual "etnomusicología", por ejemplo, estudia las músicas autóctonas, y promueve expresiones musicales e instrumentos típicos.
La influencia de la cultura en la música de la iglesia es uno de los temas más complejos y controvertidos. Como arte, la música es expresión humana generada en un determinado contexto cultural. Los estilos son manifestaciones culturales determinadas y la música cristiana suele seguir patrones seculares.
No es siempre tarea sencilla identificar principios revelados capaces de guiar este tipo de expresiones.
En realidad, las tensiones entre la música sacra y la secular no son más que un reflejo de la permanente tensión entre la iglesia y el mundo. Jesús desafió a sus seguidores a estar en el mundo sin pertenecer a él (1 Juan 2:15-17; 5:19).
La relación iglesia-mundo puede ser legítima o ilegítima, lo mismo que las actividades del culto de la iglesia. No todo puede justificarse simplemente atribuyéndolo a la cultura, porque la iglesia y su adoración están llamadas a ser supraculturales y hasta contraculturales. Las formas del culto deben inculturarse para ser comprensibles, pero no subordinarse a las costumbres tradicionales. Los principios revelados son los verdaderos parámetros y los auténticos criterios. Para decirlo de otro modo, la adoración necesita un fundamento teológico antes que cultural. Los aspectos subjetivos, teñidos por la cultura local, deben valorarse a la luz de los aspectos objetivos de proyección más universal.
Bert B. Beach elaboró una sintética respuesta para la cuestión de la existencia de algún principio que permita conectar la cultura con la adoración.
Propuso cinco principios relacionados con la adoración adventista y la cultura:
(1) La adoración es transcultural, porque el evangelio trasciende los límites de la cultura;
(2) la adoración es contextual, porque se desarrolla dentro del marco cultural e incorpora componentes de la cultura local;
(3) la adoración es contracultural, porque no se conforma con el mundo y rechaza componentes contrarios a las normas cristianas;
(4) la adoración es intercultural, porque no se limita a una cultura o latitud determinada;
(5) la adoración es multicultural, porque sirve a diversas culturas. (Bert B. Beach. Estilos adventistas de adoración. Diálogo 14;1 (2002), 26).
No es necesario ni posible desconocer el sitio en que arraiga la manera de adorar, pero debe reconocerse que las formas y los estilos han de someterse a los principios generales y permanentes de la revelación bíblica.
LOS CRITERIOS DIVINOS: RESPUESTA, INDIGNIDAD E INTEGRIDAD
El estudio de la adoración en su relación con la doctrina del hombre deja ver nuevos criterios para la adoración personal y congregacional.
Una respuesta dinámica
El hombre se pone en acción cuando percibe su necesidad de dar una respuesta digna de Dios. No queda lugar para la inactividad y la pasividad. El culto tiene que ser participativo e inclusivo, y debe proveer medios de expresión y respuesta. Cuando se entiende el culto como un diálogo entre Dios y los hombres, entre la revelación y la respuesta, la importancia de la predicación y la alabanza se comprende y equilibra.
Conciencia de indignidad
Cuando se acerca a la presencia de Dios, el hombre se vuelve consciente de su condición caída, de su fragilidad humana y de su absoluta dependencia de la gracia de Dios. Quienes adoran, no ofrecen méritos propios sino su humilde necesidad de la salvación otorgada en Jesucristo.
Adoración integral
La adoración abarca toda la vida y se expresa en formas culturales regidas por la revelación divina. Los elementos racionales y emocionales se equilibran, y la adoración se transforma más en un estilo de vida que en un evento acotado en el espacio y en el tiempo.
A la hora de buscar criterios saludables para la adoración, estos que surgen de la doctrina del hombre deben ser tenidos en cuenta.
Es el hombre quien adora, pero no cualquier hombre; básicamente, el hombre redimido. El estudio de los criterios para la adoración pondrá atención en el siguiente capítulo a los elementos que provienen de la doctrina de la salvación.
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