Dios y la Adoración
"Algo significativo debe suceder cuando vamos a adorar" D. Plenc
La adoración es una respuesta a los atributos de Dios, pero también a sus grandes obras de revelación, creación, preservación, providencia y redención.
Así lo ejemplifica la casuística bíblica. Dijo Moisés a Israel:
- "Él es el objeto de tu alabanza, y él es tu Dios, que ha hecho contigo estas cosas grandes y terribles que tus ojos han visto". (Deuteronomio 10:21).
- Los israelitas sirvieron a Dios mientras recordaron "las obras que Jehová había hecho por Israel". (Josué 24:31; Jueces 2:7).
- Tiempo después, Samuel invitó al pueblo a temer y servir a Dios por causa de las grandes cosas hechas en su favor (1 Samuel 12:24).
- Los Salmos tienen en cuenta las obras poderosas de Dios como motivo de adoración (Salmos 66:3; 107:22; 145:4-6; 150:2).
- Jesús fue glorificado con frecuencia, durante su ministerio, por causa de sus obras de amor (Lucas 5:25, 26;7:16; 13:13; 17:15, 16; 18:43; 23:47; Jueces 9:38).
- A lo largo del tiempo, las "maravillas" de Dios motivaron su adoración (Éxodo 15:11; Salmos 9:1; 26:7; 72:18; 75:1; 89:5; 107:8, 15, 21, 31; 139:14; Isa. 25:1; Lucas 5:26).
El culto ha sido siempre una respuesta a lo que Dios hace en favor de sus hijos. Así fue en el antiguo culto hebreo, en la sinagoga judía y en la iglesia cristiana. Los grandes hechos tenían que ver con el Éxodo, con la liberación de los enemigos o con la redención en Jesucristo. En todos los casos, la adoración celebra las huellas del accionar de Dios en la historia de su pueblo.
Se propone aquí reflexionar en la adoración en su relación con cinco aspectos del accionar de Dios: revelación, creación, preservación, providencia y redención.
Revelación
No es posible hablar de Dios sin hablar de su revelación. Sin revelación no habría qué decir acerca de él. Por eso, la doctrina de la revelación y la inspiración es el estudio inicial de la teología, y es un tema fundamental para entender la adoración. El hombre puede adorar porque Dios ha decidido revelarse a sí mismo. La adoración es, precisamente, la respuesta del hombre a la revelación de Dios y el culto es la respuesta de la iglesia a la Palabra de Dios.
Es solo por la autorrevelación de Dios que el hombre puede conocerlo y responder adecuadamente. La revelación divina y la respuesta humana a esa revelación integran la estructura teológica de la adoración y establecen el criterio de su validez.
La revelación es un acto deliberado de Dios en procura de una relación con el hombre. La iniciativa es suya. Comenzamos a entender la adoración cuando comprendemos esta idea.
Es por causa de la iniciativa de Dios de revelarse que el hombre responde por medio de la adoración. Los estudiosos han llegado a un consenso clave que permite entender la adoración como una estructura de revelación divina y respuesta humana. "Para adorar verdaderamente se requieren dos elementos fundamentales: la revelación, por la cual Dios se manifiesta al hombre, y la respuesta, con la que el hombre anonadado responde a Dios". (Sinclair B. Ferguson, David F. Wright y J. I. Packer, eds, Nuevo Diccionario de Teología. Trad. Hiram Duffer (El Paso, Texas: Casa Bautista de Publicaciones, 1992, 31).
El culto es, en sí mismo, diálogo entre Dios y los hombres. "En la adoración, el hombre experimenta a Dios en un diálogo consciente. La adoración es tanto revelación como respuesta. Dios toma la iniciativa en la revelación, y el hombre responde en la adoración". (Frankin M. Segler, Christian Worship:Its Theology and Practice (Nashville, Tennessee:Broadman Press, 1967, 9). Un rabino decía: "Ningún hombre es más que su conversación". El desafío es llevar a las personas a pensar más allás de sí mismas y sumergirse en la Palabra de Dios.
Por eso, en el culto cristiano hay una proclamación de la palabra divina y una respuesta humana a esa proclamación.
Esa estructura dinámica está ilustrada en las historias bíblicas. Vez tras vez, se lee en ellas cómo Dios se revela y el pueblo responde.
- Los patriarcas edificaban altares en los lugares en los que Dios se les manifestaba (Génesis 12:7, 8; 13:14-18; 28:10-22).
- Personas como Noé (Génesis 8:20-22), Abraham (Génesis 22), Isaac (Génesis 26:24, 25) y Jacob (Génesis 28:16, 17; 35:1, 7) adoraron en respuesta a la aparición de Dios.
- Israel hizo lo propio (Éxodo 33:10; Deuteronomio 4:10).
- David oraba porque Dios se le había revelado. "Porque tú, Dios mío, revelaste al oído a tu siervo que le has de edificar casa; por eso ha hallado tu siervo motivo para orar delante de ti" (1 Crónicas 17:25).
- El pueblo adoró y alabó cuando Dios mostró su gloria durante la dedicación del Templo de Salomón (2 Crónicas 7:3).
- Volvió a adorar en tiempos de Esdras ante la lectura de la Ley (Nehemías 8:6; 9:3).
- El hombre alaba cuando oye los dichos de la boca de Dios (Salmos 138:4).
- Daniel bendice a Dios por su revelación (Daniel 2:19, 23; 8.17),
- El pueblo teme ante la voz divina (Hageo 1:12).
- El mismo Jesús alaba al Padre por su revelación (Mateo 11:25; Lucas 10:21) y muestra la inutilidad de las doctrinas humanas (Mateo 15:9; Marcos 7:7).
- Ante la manifestación de la gloria de Cristo, sus discípulos temen (Mateo 17:6; Apocalipsis 1:17).
- Jesús enseñó que el Padre busca a los verdaderos adoradores (Juan 4:23) y que la adoración verdadera se basa en una revelación (Juan 4:24).
- La estructura revelación-adoración puede verse también en los milagros de Cristo (Juan 9:38).
Parece claro que la autenticidad tanto de la adoración como de la religión descansa en la revelación de Dios.
Creación
La Creación es el gran motivo para la adoración. La doctrina de la Creación define el lugar y la dignidad de Dios y de la criatura humana.
- Por ser el Hacedor de todas las cosas, Dios merece adoración (2 Crónicas 2:12; Salmos 86:9; 95:6; 100:1, 3; 146:6; 148:5; Isaías 45:23).
- Él es diferente de los dioses creados por el hombre (1 Crónicas 16:24-27; Salmos 96:5, 6; Isa. 40:18-26; 42:5-9; 44).
- El Creador es digno de temor (Jonás 1:9), gloria y bendición (Romanos 1:20, 21, 25).
- Los seres celestiales alaban a Dios como Creador (Apocalipsis 4:8-10).
- El mensaje del primer ángel es una invitación universal a la adoración al Dios creador (Apocalipsis 14:6, 7). Sobresalen allí tres imperativos vinculados directamente con la adoración: "Temed a Dios", "dadle gloria" y "adorad".
El temor es una actitud de respetuosa lealtad a la voluntad de Dios.
La gloria habla del homenaje que el Creador merece.
La adoración es la sumisión al único objeto digno de reconocimiento.
Dice Elena G. de White: "El deber de adorar a Dios estriba en la circunstancia de que él es el Creador, y que a él es a quien todos los demás seres deben su existencia. Y, cada vez que la Biblia presenta el derecho de Jehová a nuestra reverencia y adoración con preferencia a los dioses de los paganos, menciona las pruebas de su poder creador". CS, 489.
En la medida en que el hombre se siente criatura, surge en él la necesidad de adorar al Creador del universo.
El creacionismo plantea una diferencia entre Dios y la creación en general, y el hombre en particular. Ni bien el hombre reconoce la existencia de un Creador, reconoce por la misma razón su pequeñez, insignificancia y dependencia. Por ello, la adoración es la respuesta de la criatura al Creador.
Por esta misma razón es tan importante la doctrina del sábado como día de reposo.
J. N. Andrews, en su History of the Sabbath, declaraba: "La importancia del sábado, como institución conmemorativa de la Creación, consiste en que recuerda siempre la verdadera razón por la cual se debe adorar a Dios... Por consiguiente, el sábado forma parte del fundamento mismo del culto divino, pues enseña esta gran verdad del modo más contundente, como no lo hace ninguna otra institución. El verdadero motivo del culto divino, no tan solo del que se tributa en el séptimo día, sino de toda adoración, reside en la distinción existente entre el Creador y sus criaturas. Este hecho capital no perderá nunca su importancia ni debe caer nunca en el olvido" CS, 490
Añade Elena G. de White:
"Por eso, es decir, para que esta verdad no se borrara nunca de la mente de los hombres, instituyó Dios el sábado en el Edén, y mientras el ser él nuestro Creador siga siendo motivo para que lo adoremos, el sábado seguirá siendo señal conmemorativa de ello. Si el sábado se hubiese observado universalmente, los pensamientos y las inclinaciones de los hombres se habrían dirigido hacia el Creador como objeto de reverencia y adoración, y nunca habría habido un idólatra, un ateo o un incrédulo". CS, 401.
Apocalipsis 14:6 y 7 relaciona la adoración con la Creación y el sábado. El paralelismo existente entre Apocalipsis 14:7 y Éxodo 20:11 muestra que la adoración al Creador requiere la observancia del día que conmemora la Creación.
Preservación
Dios creó el universo, y lo sostiene (Hechos 17:24, 25, 28; Hebreos 2:10). Es la causa tanto de su existencia como de su continuidad. La postura deísta aleja a Dios de su creación, y el concepto panteísta lo despersonaliza y confunde con la creación. Ambos distorsionan a Dios y no hacen justicia a la enseñanza bíblica.
De hecho, algunos pasajes de la Escritura hablan de la Creación y de la preservación como motivos para la adoración.
- Los levitas de tiempos de Esdras lo entendían de esa manera: "Tú solo eres Jehová; tú hiciste los cielos, y los cielos de los cielos, con todo su ejército, la tierra y todo lo que está en ella, los mares y todo lo que hay en ellos; y tú vivificas todas estas cosas, y los ejércitos de los cielos te adoran" (Nehemías 9:6).
- Una de las bellas doxologías de Pablo recuerda que Dios es el Creador, el Sustentador y el destino de todas las cosas (Romanos 11:36).
- Del mismo modo, los seres celestiales cantan la dignidad del Señor porque todas las cosas fueron creadas por él y existen por su voluntad (Apocalipsis 4:11).
La sola idea de la sustentación divina ya es motivo para el culto.
- Israel debía bendecir a Dios por el don de la buena tierra y su producción (Deuteronomio 8:10)
- Entregaban el Diezmo y las primicias como reconocimiento a las abundantes dádivas divinas (Deuteronomio 14-23; 26:10).
- Por ello, debían servir a Dias con alegría y gozo (Deuteronomio 28:47).
- El salmista bendice a Dios por sus beneficios (Salmos 68:19) y lo alaba por su sustento (Salmos 71:6).
- Esta idea es clara en el mismo primer Mandamiento. "Jehová, el eterno, el que posee existencia propia, el no creado, el que es la fuente de todo y el que lo sustenta todo, es el único que tiene derecho a la veneración y adoración supremas". PP, 313.
Es evidente que la adoración se fundamenta en la doctrina de la Creación y la preservación. El Dios Creador y Sustentador se hace digno del culto de las criaturas humanas.
Providencia
Cuando hablamos de providencia, nos referimos a la forma en que Dios controla y dirige la historia hacia el cumplimiento de sus propósitos.
- Hablamos de otro de los motivos para la adoración, como lo reconocen los seres celestiales (Apocalipsis 4:11; 7:9, 10; 11:17, 18).
- Los hijos de Dios del pasado lo adoraron por guiar su destino (Rut 4:14; 1 Reyes 1:47; 10:9; 2 Crónicas 2:12; 6:4; 9:8).
- Alabaron al Señor por su consejo (Salmos 16:7; Isaías 25:1), por escuchar su ruego (Salmos 28:6; 66:20; 81:1), por su protección y ayuda (Salmos 28:7; 59:16) y por su consuelo (Isaías 49:13).
La dirección divina sigue siendo motivo y sustento para la adoración verdadera.
Redención
La Redención (que volverá a tratarse más adelante) es otra de las acciones decisivas de Dios que estimulan la adoración. Puede verse la adoración como una consecuencia de la iniciativa salvadora de Dios. Solo el hombre redimido puede adorar auténticamente. Es probable que la Creación y la Redención sean los argumentos principales para el culto. (Isaías 43:1; 44:23).
La historia bíblica ilustra este concepto. Melquisedec bendijo a Dios por la liberación y la victoria de Abram sobre sus enemigos (Génesis 14:20). Ana también lo alabó por su salvación (1 Samuel 2:1-10), e Isaías canta al Dios de la salvación (Isaías 12:1, 2). La misma adoración celestial recuerda a Cristo como el Redentor (Apocalipsis 5:9, 10).
Este vínculo salvador de Dios con su pueblo, a lo largo de la historia, se conoce a veces como "historia de la salvación" (en alemán, Heilsgeschichte) y guarda una relación esencial con la adoración. Israel en el Antiguo Testamento y a la iglesia en el Nuevo Testamento adoraron a Dios por su salvación . Los actos y los símbolos del culto ilustraban permanentemente esta idea.
Cuando se piensa en la adoración, no se debe olvidar que está basada en la redención obrada por Jesucristo y que, como lo expresó John Stott en un sermón predicado en Londres en 1965, "Adoración es la respuesta del hombre redimido a su Redentor".
La adoración debe verse como reacción humana al Dios evelador, creador, preservador, providente y redentor. Queda claro que la iniciativa, la dignidad y la orientación siguen siendo de Dios.
UNA ADORACIÓN TRINITARIA
Tal vez la mayor peculiaridad de la adoración y de la religiosidad del Nuevo Testamento sea su carácter claramente trinitario.
- La espiritualidad cristiana es decididamente cristocéntrica y trinitaria Juan 14:16, 23; 15:4; Efesios 3:16; 1 Corintios 6:19).
- Del mismo modo, Pablo afirma que la iglesia debe ser llena del Espíritu, alabar al Señor y dar gracias al Padre, en el nombre de Cristo (Efesios 5:18-20).
- Los primeros cristianos reconocieron al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo como personas divinas y adoraron al Padre, a través del Hijo, con la ayuda del Espíritu Santo.
La pluralidad divina sugerida en el Antiguo Testamento se hace evidente en la doctrina trinitaria del Nuevo Testamento. El culto cristiano se dirigió a las tres personas de la Deidad.
Cristo y la adoración
- Antes de su encarnación, Cristo recibía la adoración beatífica de los ángeles. PP, 15
- Las cristofanías [manifestaciones de Cristo] del Antiguo Testamento eran seguidas por actos de culto en reconocimiento de su divinidad.
- Cristo se manifestó a Moisés como "el Ángel de Jehová". Entonces, el patriarca cubrió su rostro por temor de mirar a Dios (Éxodo 3:2, 4, 6, 7).
- Cristo era el "Príncipe del ejército de Jehová", que visitó a Josué y aceptó su adoración (Josué 5:14, 15).-- El "hijo de hombre" de la profecía de Daniel recibe "dominio, gloria y reino" y el servicio de todas las naciones, al entregársele el dominio eterno y el reino indestructible (Daniel 7:14).
Los actos de adoración a Cristo son comunes en el Nuevo Testamento. Su silenciosa aceptación es testimonio claro de su autoconciencia divina.
- Lo adoraron los magos del oriente (Mateo 2:11),
- Los discípulos (Mateo 14:33; 28:17),
- La multitud (Mateo 21:9),
- Las mujeres (Mateo 28:9) y
- El hombre curado de ceguera Juan 9:38).
- Ángeles y hombres lo alabaron desde su nacimiento (Lucas 2:13, 14, 20),
- Jesús recibió la misma honra y gloria que el Padre (Juan 5:23; 8:54; 12:28; 13:31; 14:13; 17:1, 4, 5).
- En su muerte y su resurrección fue glorificado Juan 7:39; 12:16, 23, 24; 13:31, 32; 16:14; 17:1, 5).
- Los apóstoles reconocen su divinidad y su derecho a la adoración (Romanos 9:5; Hebreos 1:6; 2 Pedro 3.18),
- Los himnos a Cristo (Filipenses 2:6-12; 1 Timoteo3:16) lo describen en su divinidad y demuestran que los creyentes adoraban al Padre y al Hijo sin confundirlos.
- En la visión del Trono de Dios de Apocalipsis 4 y 5, tanto el Padre como el Hijo reciben la adoración celestial en los mismos términos.
- Al mismo tiempo, el Nuevo Testamento reprueba firmemente toda adoración dirigida a seres creados (Mateo 4:10; Lucas 4:8; Hechos 10:25, 26; 14:15; Romanos 1.23, 25; Apocalipsis 19:10; 22:10).
Cristo también cumplió y sustituyó los elementos del culto del Antiguo Testamento. Escribió Elena G. de White: "Él era aquel en quien todo el ceremonial judío y los servicios típicos habían de encontrar su cumplimiento. Se presentó en el lugar del Templo; todos los oficios de la iglesia se centraban solo en él". FCE, 399.
Lo expuesto exige que el culto de la iglesia esté fundamentado y concentrado en Jesucristo. La cualidad esencial del culto cristiano es la presencia de Cristo en la asamblea eclesial. Algunos ven esa presencia en los sacramentos, aunque esa interpretación no es necesaria. Lo cierto es que Jesús prometió su presencia y enseñó a los creyentes a reunirse en su nombre (Mateo 18:20; 28:20), "para que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén" (1 Pedro 4:11).
El Espíritu Santo y la adoración
Es el Espíritu Santo quien moviliza la respuesta del hombre a la iniciativa divina. El Espíritu crea la necesidad y el deseo de adorar. El controvertido teólogo Hans Küng dice que la iglesia debe al Espíritu Santo "todo lo que es y tiene, origen, existencia y persistencia. En este sentido, la Iglesia es creación suya, una creación del Espíritu" (Hans Küng, La llei, trad. Daniel Ruiz Bueno, segunda edición. Barcelona: Herdes, 1969), 209.
- El Espíritu Santo trae la presencia de Cristo (Juan 14:17, 18, 21, 23; 1 Juan 3:24),
- Enseña la verdad, capacita y equipa a los creyentes para la misión (Juan 14:26; 16:23; Efesios 4:11; Hechos 1:4, 5, 8),
- Conduce a una experiencia de adoración (Hechos 2:41-44, 47; 3:8, 9; 4:24-26).
- Los primeros cristianos comprendieron el protagonismo del Espíritu. Los asistía en la oración (Romanos 8:26; Efesios 6:18; Judas 20),
- Los guiaba a reconocer el señorío de Cristo (1 Corintios 12:3) y
- Les concedía discernimiento espiritual (1 Corintios 2:10-16; 1 Juan 2:27).
El Espíritu promueve tanto la adoración como la acción de la iglesia. La invocación del Espíritu Santo se conoció luego en la liturgia cristiana, como epiclesis.
Si el culto de la iglesia actual va a ser significativo, requiere la misma presencia, inspiración y dirección. Elena G. de White sostiene que el verdadero culto "es el fruto de la obra del Espíritu Santo" DTG, 159.
Una adoración espiritual es impensable sin la presencia del Espíritu. Añade la autora: "A fin de servirlo debidamente, debemos nacer del Espíritu divino. Esto purificará el corazón y renovará la mente, dándonos una nueva capacidad para conocer y amar a Dios. Nos inspirará una obediencia voluntaria a todos sus requerimientos. Tal es el verdadero culto. Es el fruto de la obra del Espíritu Santo. Por el Espíritu es formulada toda oración sincera, y una oración tal es aceptable para Dios. Siempre que un alma anhela a Dios, se manifiesta la obra del Espíritu, y Dios se revelará a esa alma. Él busca adoradores tales". DTG, 159.
De modo que el accionar del Espíritu Santo suscita y hace posible la adoración aceptable ante los ojos de Dios.
Además, el Espíritu es en sí mismo objeto de culto debido a su igualdad con el Hijo y el Padre. El credo de Nicea afirmó la divinidad y la adoración del Espíritu al decir: "Y creo en el Espíritu Santo, el Señor y Dador de la vida, quien procede del Padre y del Hijo (el Espíritu de Dios viene a nosotros directamente de Dios, pero también mediante Cristo). Quien con el Padre y el Hijo juntos es adorado y glorificado; quien habló por los profetas (el Espíritu de Dios estaba hablando por los profetas del Antiguo Testamento)"
La Trinidad y la adoración
Si ha de ser tal, la adoración cristiana debe ser trinitaria y reconocer el papel protagónico de cada persona de la Deidad. Esta necesidad está siendo reconocida y reclamada con fuerza creciente. Los creyentes adoran a Dios, a través de la mediación de Cristo, bajo el impulso del Espíritu Santo.
El culto cristiano no puede desconocer este marco trinitario establecido en el Nuevo Testamento.
El Padre inicia la adoración, el Hijo la hace posible y el Espíritu Santo la inspira.
Las doxologías iniciales y las fórmulas de bendición finales suelen expresarlo claramente.
LOS CRITERIOS DIVINOS: INICIATIVA, CENTRALIDAD Y CONDUCCIÓN
Los primeros elementos de criterio para el culto surgen de la reflexión sobre Dios y la adoración. Esos elementos tienen que ver con la iniciativa, la centralidad y la conducción de Dios en el culto.
La iniciativa divina
En la revelación bíblica, Dios es tanto el objeto del culto así como quien lo origina. Como en todo lo demás, es Dios quien toma la iniciativa en la búsqueda de una respuesta positiva por parte del hombre. Lo hace dándose a conocer en sus cualidades y acciones.
- Las manifestaciones divinas [o teofanías] y las revelaciones proféticas muestran una iniciativa tal (Génesis 26:24, 25; 28:16, 17; 35:1, 7; Éxodo 3:5, 6; Daniel 8:17; Mateo 17:6; Apocalipsis 1:17).
- La estructura se completa cuando el hombre reacciona frente a la aparición o revelación de Dios.
- Son notables, en el relato de la Escritura, las apariciones de Dios a los patriarcas (Génesis 3:21; 4:3-7; 8:20, 21; 12:7, 8; 26:24, 25; 28:10-22; 35:1-15; Éxodo 3:1-6).
Para describir esta realidad dinámica, podría emplearse aquí un neologismo: "teogénesis" (originado en Dios. Es Dios quien toma la iniciativa). Esta idea esencial de adoración teogenética se relaciona con el concepto mismo de iglesia como asamblea de personas convocadas y congregadas por Dios.
"El culto no es una actividad humana dirigida hacia Dios, sino una actividad divina, en la que Dios ha tomado la iniciativa, y que nosotros tenemos el privilegio de compartir". (M. Perry, The Paradox of the Worship (Londres: SPCK, 1977), pp. 7-11, citado en Alfred Küen, Renovar el culto, 15).
El teólogo Oscar Cullmann señala: "Uno de los elementos esenciales del culto de la Iglesia reside en el hecho de que la acción es realizada por Dios en Cristo y no por el hombre". (Oscar Cullman, Urchristentum und Gottesdienst. Neuchâtel, Suiza: Delachaux & Niestlé, 1944, 5, citado en Alfred Küen, Renovar el culto, 16).
En realidad, de acuerdo con la Biblia, Dios busca y ordena la adoración (Juan 4:23; Mateo 4:10; Apocalipsis 19:10).
Por ello, bien podría decirse que Dios se transforma en objeto y sujeto del culto, porque el hombre por sí mismo ignora a Dios y no sabe cómo acercarse a él.
En la esclarecedora figura de la adoración como un diálogo entre Dios y el hombre, es el Ser divino quien inicia la plática. Este diálogo divino-humano es básico para la adoración así como para la redención. Como lo expuso Pablo, Dios obra el querer y el hacer, según su voluntad (Filipenses 2:12, 13).
La centralidad divina
Por estar centrado en Dios, el culto deja de ser un medio para transformarse en un fin. No adoramos para obtener alguna cosa, sino porque el Señor lo merece.
Por eso, el culto verdadero es esencialmente teocéntrico, porque se centra en Dios y en su dignidad antes que en el hombre y su necesidad.
En el antiguo Israel, la centralidad de Dios se ejemplificaba por la misma ubicación del Tabernáculo. El campamento se establecía alrededor del Santuario (Números 1:52-2:2).
El culto cristiano primitivo estaba también centrado en Dios. La escena de adoración de Apocalipsis 4 y 5 es todo un modelo de adoración teocéntrica. Dios y su Hijo son el foco de la adoración celestial y todo ocurre alrededor del Trono.
Asimismo, la invitación de Apocalipsis 14:6 y 7 es un llamado a la adoración teocéntrica.
En consecuencia, la adoración es más dar que recibir. Allí solo hay lugar para la generosidad y el desinterés. Nada aparentemente más inútil que el culto, pero nada más opuesto al pecaminoso egocentrismo del hombre.
Con la Caída, el hombre se deslizó del teocentrismo al egocentrismo, y esa es una tendencia permanente de la mente humana.
El actual énfasis humanista se deja ver en experiencias de culto centradas en el hombre, con sus deseos y necesidades, antes que centradas en Dios. Este desplazamiento del teocentrismo al antropocentrismo (El gran desafío para la iglesia actual) se inició cuando el pensamiento medieval dio lugar al renacentista. Pero, toda vez que se recuerda la naturaleza trascendente de Dios, se vuelve hacia un culto centrado en él. La satisfacción de las necesidades se convierte pronto en un resultado y no en un objetivo.
Cuando Dios es el centro, el culto deja de ser un deber humano, para convertirse en una gozosa celebración de los hechos de Dios. Los cantos y los sermones, como todos los demás elementos del culto, girarán en torno a su eje divino.
El equilibrio es otra vez la gran necesidad. La Reforma desafió el quietismo del culto católico de entonces y estimuló la participación. Pero, esa participación puede convertirse en activismo cuando la actividad humana deja de lado lo divino, cuando la predicación de la Palabra de Dios es reemplazada por el testimonio de las vivencias humanas. Dios debe ser dejado en el centro, sin desconocer las grandes necesidades del hombre. Recuerda Elena G. de White: "No es al hombre a quien debemos exaltar y adorar; es a Dios, al único Dios verdadero y viviente, a quien se le debe adoración y reverencia". HDD, 60.
La conducción divina
Dios es el origen y el centro del culto, como también su director por medio de la Revelación. El hombre se acerca a Dios siguiendo su instrucción y vocación. No es posible agradar a Dios desechando su dirección (Marcos 7:6, 7; Amós 5:21-24; Isaías 1:11-17; Salmos 51:16, 17). La adoración es una respuesta, pero no cualquier respuesta. Es una respuesta necesitada de la orientación divina. Por eso, la adoración se basa en el conocimiento de Dios.
Las manifestaciones de Dios en tiempos del Antiguo Testamento contenían instrucciones concretas respecto de la respuesta del hombre (Génesis 12:1; 13:14; 15:12; 26:24; 28:10; 32:25; 48:3; 37:5; 50:24, 25). Historias como las de Caín y Abel (Génesis 4:1-9), Israel y el becerro de oro (Éxodo 32), Nadab y Abiú (Levítico 10:1-7), Saúl (1 Samuel 13:8-14) y otras, muestran que Dios solo acepta un adoración que se somete a su voluntad e instrucción. Escribió Elena G. de White: "Dios quiso enseñar al pueblo que debía acercarse a él con toda reverencia y veneración, y exactamente como él indicaba. El Señor no puede aceptar una obediencia parcial. No bastaba que en el solemne tiempo del culto casi todo se hiciera como él había ordenado". PP, 374.
El Cielo rechaza tanto la adoración a falsos dioses, como la adoración errónea dirigida al Dios verdadero.
Hay aspectos subjetivos en el culto, que hacen a la experiencia de los adoradores, pero estos han de ser guiados por el criterio objetivo de la Palabra de Dios. La Biblia provee el contenido del culto y el Espíritu Santo lo vuelve vital. No habrá allí ni un espiritualismo místico ni un formalismo estéril. Los extremos del emocionalismo y el intelectualismo son falsas alternativas.
Esta necesidad de orientación divina para el culto justifica la centralidad de la lectura, la enseñanza y la predicación de la Biblia. El hombre responde a la revelación de Dios por medio de la alabanza, la oración, la entrega de sí mismo y de los dones. La lectura de la Palabra de Dios era el centro del culto de la sinagoga (Lucas 4:16, 17) y del cristianismo primitivo (Colosenses 4:16; 1 Timoteo 4:13). La Escritura es el centro mismo de la verdadera adoración.
El adventismo sigue, en este sentido, el tradicional énfasis en la proclamación bíblica y en la participación congregacional. El sermón ha estado siempre en el centro. Sin embargo, desde los años 1950 se han valorado también otros elementos de participación. C. R. Holmes ha propuesto una estructura de proclamación y respuesta para el culto adventista.
El culto es primero un evento de proclamación. Luego, la estructura del servicio provee oportunidad para enfatizar las doctrinas distintivas del adventismo, dando ocasión para la innovación y la espontaneidad. La primera división del orden de servicio sugerente se centra en el ministerio de la Palabra de Dios y el segundo en la respuesta de la congregación a la Palabra.
Las denomina :
- "Celebración de la Palabra" (incluye invocación, lectura bíblica, himno y predicación) y
- "Celebración de alabanza" (música, oración, ofrendas, doxología, testimonio, canto y bendición). (C. Raymond Holmes, “Where Theology and Liturgy Meet” Ministry (June 1983), 9)
El mismo autor habla de la necesidad de un equilibrio entre dos grandes focos:
- La proclamación, o predicación, y
- La aclamación, o alabanza.
Ve la predicación bíblica como "la mejor manera de tratar con los problemas del emocionalismo, el fanatismo y el subjetivismo en la adoración". (C. Raymond Holmes, “Auténtica Adoración adventista”, 6).
La orientación revelada es uno de los criterios fundamentales para el verdadero culto, porque las Sagradas Escrituras son la prueba de la experiencia y la autoridad reveladora de las doctrinas. (Creencias de los Adventistas del Séptimo Día, 10)
La existencia, la naturaleza, los atributos y las acciones de Dios constituyen el origen, el fundamento y el marco de toda adoración genuina. El culto deberá guiarse según este criterio. Debe recordar que la iniciativa es más divina que humana, que el centro tiene más que ver con la gloria de Dios que con las necesidades humanas y que la dirección debe establecerse más en armonía con la Revelación objetiva que con la experiencia subjetiva del hombre.
Al estudio de la adoración en su relación con la doctrina de Dios sigue el análisis de la adoración a partir de la doctrina del hombre. El papel del sujeto humano es imprescindible en la experiencia de adoración.
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