Adoración - Criterios
"No voy a ofrecer al Señor algo que no me cueste nada" - David.
La adoración debe ser planeado, no improvisada.
Encontremos en la Revelación los elementos de criterio para orientar el culto de la iglesia frente a los vaivenes, las insatisfacciones y los desafíos existentes.
ANTECEDENTES Y NECESIDAD
En el desarrollo de la investigación, se hizo evidente que los adventistas han reconocido su demora en otorgarle al tema un adecuado tratamiento bíblico y reflexivo, a pesar de la innegable actualidad y relevancia del asunto planteado. La denominación se vio prácticamente empujada a esta tarea como consecuencia del movimiento ecuménico, del movimiento de renovación litúrgica y de la difusión del carismatismo. La experimentación con estilos de culto ha planteado inquietudes, pero también ha llamado la atención sobre el asunto y ha destacado la necesidad de encontrar un fundamento revelado.
Esos elementos de criterio para el culto surgen del estudio del tema a partir de las doctrinas que más se relacionan con la adoración, como son las doctrinas de Dios, del hombre, de la salvación, de la iglesia y de los eventos finales.
RAÍCES BÍBLICAS E HISTÓRICAS
Se vio que la búsqueda actual de un criterio para el culto de la iglesia motiva un regreso a los fundamentos bíblicos. La falta de un término único para designar la adoración en la Biblia exigió la consideración de una variedad de expresiones del Antiguo y del Nuevo Testamentos. Surgieron, entonces, las ideas básicas relacionadas con la adoración, como las de homenaje, sumisión, servicio, reverencia, honor, alabanza y bendición, como características de un estilo de vida que surge de la interioridad del hijo de Dios y se manifiesta exteriormente en el culto. Se vio también la continuidad de conceptos entre el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento, con la salvedad de que los documentos cristianos hacen de Cristo y del Espíritu Santo protagonistas del culto, además del Padre. En toda la Escritura se entiende que la adoración es la respuesta humana a la dignidad divina. El ser humano se rinde total y jubilosamente ante la majestad del cielo.
Se advirtió también la necesidad de mirar en la historia para percibir los cambios en la adoración a partir de la evolución de la doctrina de las iglesias.
Al mirar la historia de los cultos católico, protestante, carismático y adventista, surgieron con naturalidad ciertas conclusiones: (1) Que el culto es un reflejo de la doctrina de la iglesia, (2) que los cambios litúrgicos siguen a los cambios en la teología y (3) que la adoración de la iglesia comparte rasgos de las tradiciones cristianas precedentes, mientras que no puede renunciar a una búsqueda de identidad doctrinal y litúrgica. Como muchos otros cristianos, los adventistas ha optado por adorar en un contexto monoteísta y trinitario, pero no incluye íconos como objetos de culto. Un énfasis en la trascendencia divina suele expresarse en una adoración reverente, inteligible y centrada en Dios. No siempre se coloca el acento en la idea de inmanencia como para que el culto acepte un mayor grado de libertad y espontaneidad. El acento en la santidad de Dios suele alejar cualquier tendencia hacia el emocionalismo y el subjetivismo en los momentos de culto.
Los adventistas tienen, en general, una fuerte convicción creacionista, con su consecuente concepto del hombre como criatura. Pero se lo valoriza, al procurar deliberadamente su edificación tanto como la de la iglesia por medio de la debida instrucción. La idea del hombre como unidad refuerza la tendencia a mirar la adoración como una forma integral de vida. Con todo, es posible que la necesidad de una mayor respuesta humana en el culto continúe como un desafío por ser más plenamente alcanzado.
El adventismo coloca su énfasis en la predicación bíblica y rechaza toda idea sacramental y sacerdotal, quizá necesite añadir a estos énfasis intelectuales otro de celebración de la salvación traída por Jesucristo bajo la unción del Espíritu Santo.
El culto recibe una triple orientación, hacia Dios en adoración, hacia la feligresía para edificación y hacia el mundo para evangelización. El equilibrio entre el orden y la libertad suele ser un desafío, tanto como el logro de una adoración plena y relevante.
El adventismo cree, como otros, que la adoración posee una triple medida temporal. Recuerda hechos de Dios en el pasado, los celebra en el presente y anticipa lo que Dios hará en el futuro.
Se ha visto que la adoración está relacionada con las doctrinas bíblicas. En ella deben intervenir Dios y la criatura angélica o humana. Ese encuentro, 0 diálogo divino-humano, muestra una de sus polaridades. La estructura básica de la adoración consiste en esa dinámica de iniciativa divina y de respuesta humana. La iniciativa de Dios se manifiesta en diversos actos de revelación y redención. Es Dios quien se acerca y capacita al hombre para la adoración.
Cuando el creyente lo entiende, su respuesta abarca la totalidad de su ser y de su tiempo. La adoración llega a ser una respuesta a la salvación. Pero el culto lleva al hombre de la soledad a la comunidad, y la adoración se convierte en la misión suprema de la iglesia. Esta adoración no se limita al presente, porque rememora el pasado y anticipa el futuro prometido.
Se hizo claro, también, que son estas doctrinas bíblicas vinculadas con la adoración las que deben aportar los elementos de criterio para la realización del culto significativo. Esos elementos pueden compendiarse al finalizar este trabajo.
Dios y la adoración
Todo comienza con Dios y una mejor comprensión de sus atributos, acciones y naturaleza. Los atributos, sean absolutos, relativos o morales, describen cómo es Dios. Las Escrituras son contundentes al presentar que Dios es digno de toda adoración. Una visión equilibrada de Dios como trascendente e inmanente es esencial para distinguirlo de su creación y hacerlo objeto de veneración y reverencia, pero también para acercarlo a ella, y alabarlo por su presencia y su cuidado.
Los grandes hechos de Dios proclaman igualmente su dignidad, en particular sus obras de revelación, creación, preservación, providencia y redención. Estas acciones traen al hombre a la vida, iluminan su entendimiento, sostienen su existencia, y le dan un sentido temporal y eterno.
El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo participan en la adoración.
La adoración puede ser mejor entendida a la luz de la doctrina de Dios, por lo menos en tres aspectos: (a) La adoración se origina en Dios. El toma la iniciativa, al mostrarnos sus cualidades y sus acciones; (b) la adoración se concentra en Dios y en su gloria; (c) la adoración verdadera es dirigida por la revelación de Dios.
El hombre y la adoración
Es el hombre quien adora y encuentra en ello la sublime razón de su existir. En el culto, la criatura reconoce al Creador. Reconoce también su indignidad y fragilidad, su dependencia de la gracia. Pero, el círculo se completa cuando el hombre da al Señor una respuesta dinámica. El Cielo y la tierra entran en diálogo a la hora del culto. Todo lo que ocurre contribuye a ese encuentro. La respuesta implica un compromiso de vida, un estilo de vida para la gloria de Dios. El creyente, situado en su realidad, rinde a Dios su ser y sus dones.
A partir de la doctrina del hombre, la adoración adquiere nuevas dimensiones: (a) La adoración es acción, una respuesta que no admite pasividad ni indiferencia. (b) El hombre es indigno de presentarse ante Dios, salvo por el don de la gracia divina. (c) La adoración humana es integral y se expresa en armonía con su cultura orientada por la Palabra de Dios.
Adoración y salvación
La salvación y la adoración van juntas, porque solo los salvados desean y pueden adorar de verdad. El culto de la iglesia tiene en cuenta el pasado, el presente y el futuro de la historia de la salvación, centrada en la persona y la obra de Jesucristo. Eventos históricos como el Exodo y la cruz de Cristo están en la base misma de la adoración del pueblo de Dios; pero también la mediación sacerdotal y el regreso de Cristo. La Cruz trajo reconciliación, la intercesión añade los méritos de Cristo al culto de la iglesia y la Segunda Venida conduce a los creyentes a la gloria de Dios.
La gracia de Dios hace posible la salvación y la adoración. La fe, que justifica y santifica, es la respuesta adecuada. El amor, la gratitud, la celebración, el servicio y la obediencia serán sus frutos. Por ello, la adoración a Dios se expresa en la obediencia a la primera parte de la Ley de Dios. Otros elementos decisivos para evaluar la adoración de la iglesia surgen del estudio de la adoración a partir de la doctrina de la salvación:
(a) La adoración es necesariamente cristocéntrica, porque se arraiga en la historia de la salvación.
(b) La adoración es una respuesta viviente de fe. (c) La adoración es obediencia y entrega del creyente al divino Redentor.
Iglesia y adoración
No es posible pensar en la adoración sin reflexionar en la naturaleza, las doctrinas y la misión de la iglesia. Al mismo tiempo, una comprensión adecuada de la iglesia aporta claridad a su actividad más característica, el culto.
La dimensióne los grandes objetivos de de la iglesia proponen tambien un equilibrio entre los grandes objetivos del culto. La orientación vertical de una al secularismo y el humanismo contemporáneos, y la orientación horizontal recuerda el imperativo bíblico de la edificación de la iglesia.
Algún tipo de liturgia parece inevitable en el culto de la iglesia, porque la necesidad de orden es bíblica. También la libertad y la flexibilidad son necesarias. Aparece de nuevo una tensión, en este caso entre el orden y la libertad, tensión que debe permanecer dentro de los límites de la instrucción revelada.
Se vio que la adoración no es independiente de la misión de la iglesia, sino que el culto inspira, capacita y motiva la iglesia en su cometido. La adoración es, en realidad, la gran tarea de la iglesia, con un inevitable efecto sobre el crecimiento de la iglesia.
Cuando se piensa en la adoración a la luz de la doctrina de la iglesia, se perciben nuevos elementos de criterio para el culto significativo: (a) La adoración relaciona a los hombres con Dios y con otros hombres en el culto público. (b) La adoración congregacional debe ser tanto ordenada como espontánea, en armonía con la revelación divina. (c) La adoración es la legítima prioridad de la iglesia, en consonancia con su objetivo misionero.
La adoración y los eventos del fin
La adoración mira también hacia el fin y tiene vocación de eternidad.
Siguiendo la enseñanza del Nuevo Testamento, puede decirse que el Reino de Dios ya llegó con Jesucristo y que el culto cristiano celebra la llegada del Reino de la gracia y anticipa el advenimiento del Reino final de la gloria.
Puede notarse, en los pasajes proféticos de la Escritura, el lugar central que la adoración ocupa en el desenlace del gran drama universal. El Apocalipsis particularmente habla de un conflicto espiritual relacionado con la adoración de los hombres. Dios y Satanás se disputan la devoción de las criaturas. El pueblo de Dios asume, entonces, un compromiso de fidelidad a los Mandamientos de Dios, en especial aquel que lo recuerda como Creador de todas las cosas.
Valiosos ingredientes que orientan el culto de la iglesia se desprenden del estudio de la adoración en su proyección escatológica: (2) La adoración verdadera se proyecta hacia la eternidad. (b) La adoración se expresa en el contexto de la gran controversia entre el bien y el mal. (c) La adoración auténtica y obediente es una de las características del pueblo de Dios en el tiempo final.
EPÍLOGO
La búsqueda de un criterio para el culto exige un regreso al testimonio bíblico, una mirada a los antecedentes históricos y una reflexión sobre las grandes doctrinas de la Escritura.
Esta búsqueda concluye con una propuesta de criterios que permitan abordar las cuestiones litúrgicas. Vistos en su conjunto, estos criterios sugieren una estructura equilibrada y contribuyen a resolver las tensiones existentes en el campo de la adoración. Encaminar el culto en armonía con estos criterios será iniciar el camino hacia la adoración significativa.
Al pensar en Dios, resulta claro que la adoración se basa en su existencia, naturaleza, atributos y acciones. Los elementos de criterio para el culto son su iniciativa, centralidad y conducción. La iglesia debe recordar que el culto es una iniciativa y un llamado divino, que Dios es el centro y que la adoración verdadera está orientada por la Revelación. Dios es el gran objeto del culto, el primer elemento de la estructura doctrinal de la adoración.
Al pensar en el hombre, se comprueba que su respuesta da lugar a la adoración. El hombre que responde a la iniciativa de Dios se transforma en el sujeto del culto, en el marco de su realidad y entorno cultural. Los elementos de criterio para el culto son la respuesta, la indignidad y la integridad del hombre. La iglesia no debe olvidar que el culto es una respuesta dinámica, que sus miembros adoran a pesar de su indignidad, por pura confianza en la gracia, y que la adoración abarca al hombre en su integridad y se manifiesta dentro de los límites de los mejores elementos de su cultura. La estructura doctrinal de la adoración se completa con la respuesta positiva del hombre a la manifestación divina.
Al pensar en la salvación, se concluye que la adoración solo es posible por la redención obtenida por la obra de Cristo. La salvación motiva y capacita al hombre para responder adecuadamente a la gracia divina. Los elementos de criterio para el culto son el cristocentrismo, la responsabilidad y el compromiso. La iglesia ha de asumir que el culto significativo debe ser cristocéntrico, que debe mostrar una respuesta viva de fe, y que la adoración incluye el desafío de una vida de obediencia y servicio. La estructura doctrinal de la adoración no sería posible sin la manifestación objetiva de la gracia de Dios y la respuesta subjetiva del creyente que se entrega al Redentor.
Al pensar en la iglesia, emerge la vocación divina, que traslada al hombre de la soledad a la comunidad de la fe. Es la asamblea de los llamados la que se acerca colectivamente a Dios a la hora del culto. Los elementos de criterio son la bipolaridad, el orden y el objetivo misionero. La iglesia debe procurar un culto que se dirija a Dios para adoración y a los hombres para edificación, que guarde el balance entre el orden y la libertad, al mismo tiempo que se enfoque en Dios y en el mundo al que desea salvar. La estructura doctrinal de la adoración se hace corporativa, al incluir a la comunidad adoradora en respuesta a la convocatoria divina.
Al pensar en los tiempos finales, no es difícil comprobar que hay una dimensión eterna en la adoración; que el conflicto es espiritual y que la adoración es su gran tema central. Los elementos de criterio para el culto son la eternidad, la centralidad y la fidelidad. La iglesia tendrá siempre presente que. el culto tiene que ver con el pasado, con el presente y con el futuro, que más allá de las formas necesarias es una dramática toma de posición en el gran conflicto entre el bien y el mal, de modo que el pueblo de Dios necesita conservar la esperanza y la fidelidad en este tiempo final.
Los elementos aquí esbozados constituyen un marco seguro y revelado de los grandes principios capaces de guiar a la iglesia hacia una tan deseada e impostergable adoración significativa.
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