Cuando el Pastor se queda en casa

"Algunos ministros se han dado a la escritura durante un período de decidido interés religioso y, frecuentemente, sus escritos han tenido poco o nada que ver con la obra que se estaba llevando a cabo. Es un error flagrante porque en tales ocasiones el deber del ministro es usar toda su fuerza en impulsar la causa de Dios. Su mente debe estar despejada y centrada en el único objetivo de la salvación de las almas. Si sus pensamientos están ocupados en otros asuntos, muchos que, con una instrucción oportuna, podrían salvarse, se perderán. Muchos ministros se distraen con facilidad de sus tareas. Se desalientan o son atraídos a sus hogares y dejan que un interés creciente perezca víctima de la falta de atención. El daño que se hace a la causa de este modo es muy difícil de estimar. Cuando se empiece un esfuerzo por promulgar la verdad, el ministro al cual se le ha encargado debería sentirse responsable de llevarlo a buen fin. Si, aparentemente, su trabajo no obtiene resultados, en oración sincera, debe averiguar si son los adecuados. Deberá humillar su alma ante Dios, examinándose a sí mismo y aferrándose con fe a las promesas divinas, continuando humildemente sus esfuerzos hasta que esté seguro de que ha cumplido fielmente sus deberes y hecho todo cuanto estaba en su mano para obtener el resultado deseado". 4TI, 261.

"Algunos ministros que han sido invitados a las casas por el cabeza de familia han malgastado las pocas horas de su visita encerrándose en una habitación desocupada para dar rienda suelta a su gusto por la lectura y la escritura. La familia que los había acogido no obtuvo ningún provecho de la visita. Los ministros aceptaron la hospitalidad que se les ofrecía sin una contrapartida equivalente en la labor que tan necesaria era". 4TI, 263.

"Los que se recluyen y se ocultan de las personas no están en condición de ayudarlas. Un buen médico debe entender la naturaleza de varias enfermedades y tener un conocimiento minucioso de la estructura humana. Debe atender rápidamente a los pacientes. Sabe que las demoras son peligrosas. Cuando deposita su mano experta sobre el pulso del sufriente y nota la peculiar indicación de la enfermedad, su conocimiento previo lo capacita para determinar su naturaleza y el tratamiento necesario para detener su progreso. Como el médico, que trata las enfermedades físicas, el pastor debe tratar las almas enfermas de pecado. Su tarea es mucho más importante que la de aquél, en tanto que la vida eterna es mucho más valiosa que la existencia temporal. El pastor debe afrontar una variedad infinita de temperamentos; su deber es familiarizarse con los miembros de las familias que escuchan sus enseñanzas para determinar cuáles serán los medios que mejor influirán para que tomen la dirección correcta". 4TI, 263.










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