Adoración Católica, Protestante, Carismática y Adventista
El conocimiento del pasado suele ser un buen aporte para la comprensión del presente. También los estudios comparativos revelan semejanzas y diferencias entre el culto de una iglesia y el de otras tradiciones cristianas. El presente capítulo describe ciertas cualidades del culto en el cristianismo católico, el protestante, el carismático y el adventista.
Esta reseña histórica puede clarificar la relación entre la adoración y las creencias de una iglesia, evaluar si los cambios en el culto obedecen a cambios doctrinales e identificar los posibles antecedentes de la adoración adventista.
Sin embargo, debiera admitirse que la relación entre doctrina y adoración es compleja. El culto refleja las creencias de la iglesia, pero también influye en ellas, como lo muestra la historia del cristianismo, por ejemplo durante las controversias sobre Cristo y la Trinidad en los primeros siglos. Eusebio, el gran historiador de la iglesia, informa que los cánticos cristianos celebraban a Cristo como un ser divino. Quienes no creían en la plena divinidad de Cristo, como Pablo de Samosata o Arrio, excluyeron estos cánticos y utilizaron otros contrarios a la idea de Trinidad. El Concilio de Laodicea (364) reaccionó ante esto prohibiendo el canto congregacional y Ambrosio de Milán trató de contrarrestar los himnos arrianos con sus propios himnos. Basilio alteró la liturgia de Cesarea para reafirmar la divinidad del Espíritu Santo.
CRISTIANISMO PRIMITIVO Y CATOLICISMO
No es mucho lo que se sabe del culto en el cristianismo primitivo y en el catolicismo antiguo. Del culto católico contemporáneo se ocupó el Concilio Vaticano II, en particular el documento titulado "Constitución sobre la Sagrada Liturgia". A partir de allí, el culto católico se asemeja más al evangélico, tornándose más racional, social y participativo. Se enfatizan el gozo, la gratitud y el compañerismo. Vuelve a usarse el idioma del pueblo y se da otra vez importancia a las Escrituras por medio del sermón y las lecturas bíblicas. En armonía con este espíritu fueron redactados los conceptos sobre adoración del nuevo Catecismo de la Iglesia Católica.
Una mirada a algunas de las enseñanzas del cristianismo católico mostrará su influencia en su modo de adoración:
Dios y la adoración
Los cristianos de los primeros siglos creían que solo Dios era digno de adoración, y por ello rechazaron con energía el culto al emperador y a las divinidades paganas. Sabían que solo Dios merecía adoración por su obra creadora y redentora. En los tiempos de persecución romana, un cristiano llamado Dionisio decía: "Nosotros damos culto y adoramos a un solo Dios, creador de todas las cosas [...]". 1 También aceptaron la doctrina de la Trinidad y adoraron a Cristo como persona divina. Durante los siglos IV y V se definió la fe de la iglesia sobre estos aspectos por medio de la celebración de concilios generales. El conocido informe de Plinio el Joven al emperador Trajano, a principios del siglo II, dice que "fuera de la obstinación en no sacrificar, ninguna otra cosa había conocido acerca de los misterios de ellos sino las reuniones antes del amanecer para cantar en honor de Cristo como a Dios [...]". 2 La adoración de la Deidad por parte de los cristianos fue probada con severidad y defendida con grandes sacrificios.
La admiración despertada por quienes ofrendaron sus vidas durante las persecuciones degeneró en algunos casos en un lamentable culto a los mártires. Otras influencias filosóficas y religiosas del paganismo se introdujeron lentamente en la iglesia y modificaron su adoración.
Cuando el emperador Constantino logró un acercamiento entre el Imperio y la iglesia en el siglo IV, se produjeron transformaciones significativas. Creció el denominado "culto inferior", es decir, "la veneración de los santos, las reliquias y las imágenes, y las peregrinaciones a los lugares 'sagrados' ".3 Esta tendencia habría de perdurar e incrementarse en la Edad Media. La religiosidad de ese tiempo se convirtió muchas veces en superficial, idolátrica, supersticiosa y ritualista.
Las controversias por las imágenes, del siglo VIII, pusieron el tema en discusión y consolidaron la posición católica. El Concilio Ecuménico de Nicea del año 787 hizo distinción entre tres clases de adoración: el culto a Dios, llamado latna, o adoración; el culto a los santos, llamado dulía, o veneración; y el culto a la Virgen, denominado hiperdulía. La postura medieval sobre el particular fue ratificada en el Concilio de Trento en contraposición a la actitud de los reformadores.
En este punto se produce un alejamiento de la postura generalmente contraria a las imágenes de los padres de la iglesia durante los primeros siglos. El Concilio Vaticano II reafirmó la profesión de veneración y devoción hacia los apóstoles, los mártires, María, los ángeles y los santos. El actual catecismo niega que el culto cristiano de las imágenes sea contrario al Mandamiento divino, debido a que la veneración a la imagen se dirige a la persona representada en ella. Explica que se trata de una veneración respetuosa y no de adoración, que solo corresponde a Dios. Esta devoción a María y a los santos es resultado de un concepto excesivamente trascendente de Dios durante la Edad Media. Los cristianos sentían la necesidad de mediadores humanos ante un Dios tan lejano e inaccesible.
En tiempos actuales, el catolicismo da mucha importancia a la adoración a Dios como Creador, Señor y Salvador. El culto sigue siendo explícitamente trinitario: "El que da gloria al Padre lo hace por el Hijo en el Espíritu Santo; el que sigue a Cristo, lo hace porque el Padre lo atrae y el Espíritu lo mueve".4
El hombre y la adoración
El desarrollo de un concepto del hombre influido por la filosofía griega trajo consecuencias en el culto. El pensamiento pagano introdujo "la creencia en la inmortalidad natural del hombre y en su estado consciente después de la muerte". En esta doctrina encontró apoyo la devoción a los santos y a María.5 Se pensaba que estaban en la presencia de Dios como mediadores y objetos de culto.
El Catecismo enseña que la adoración es una respuesta del hombre a las bendiciones divinas y como actitud primaria del hombre como criatura delante de su Creador.
Adoración y salvación
A medida que las ideas sobre salvación se desarrollaban, también ocurrían cambios en la liturgia de la iglesia, como se ve particularmente en la comprensión de la Cena del Señor. Para el segundo y el tercer siglo, la eucaristía se entendia como un sacrificio y un sacramento, llegando a ser el centro del culto. En el pensamiento católico, los sacramentos son medios por los cuales Dios da su gracia a los hombres. En el cuarto concilio de Letrán, de 1215, se conf1mló esa tendencia al adoptarse el dogma de la transubstanciación, según el cual el pan y el vino se convierten en el cuerpo y la sangre de Cristo. La predicación bíblica es desplazada del centro del culto y el mismo sacramento se presenta como objeto de plena adoración.
Para la administración de la eucaristía como sacrificio vuelve a adoptarse un sistema ritual y sacerdotal al estilo del Antiguo Testamento, opacando el ministerio de Cristo como Sumo Sacerdote en el Santuario celestial. El ofrecimiento de un sacrificio administrado por un sacerdote en cada eucaristía ocupa un lugar de preponderancia. Estos fenómenos se llaman, a veces, "sacramentalismo" y "sacerdotalismo". El sencillo rito simbólico del Nuevo Testamento es reemplazado por un sacramento que necesita ser administrado por un sacerdote.
Iglesia y adoración
La iglesia creció y se institucionalizó. El culto se volvió menos participativo y espontáneo. El mismo proceso de lucha contra las herejías, que estableció un credo apostólico, que definió el conjunto de libros sagrados del Nuevo Testamento (canon) y que originó la idea de sucesión apostólica, determinó una liturgia cada vez más fija. En tiempos del emperador Constantino, los cambios se volvieron decisivos. La iglesia se transforma, de perseguida, en religión oficial, pero la nueva situación no era menos peligrosa. Se produce la adopción definitiva del domingo como dia de descanso, de un año litúrgico y de un estilo arquitectónico a la manera del Imperio. Un proceso gradual habría de producir un cambio tanto en el día de adoración como en laforma de adoración. La religiosidad pagana y la cultura grecorromana ejercieron su influencia en el culto de la iglesia.
Durante la Edad Media crece el papel del sacerdote como mediador y administrador de la gracia divina a través de los sacramentos y decrece el protagonismo de la comunidad en el culto público. El desarrollo del sacerdotalismo y del sacramentalismo transformó a los adoradores más en espectadores que en participantes de los servicios de la iglesia. El culto se volvió menos espontáneo, y la liturgia más inflexible y compleja. Se llegó al extremo de la celebración de misas privadas sin la presencia del pueblo. Las ideas del sacerdocio de los creyentes y de la dimensión comunitaria del culto fueron largamente olvidadas. Una muestra de los efectos del sacerdotalismo fue la limitación del canto al ámbito exclusivo del clero. Durante mil años, la voz de la iglesia guardó un lamentable silencio.
Escatología y adoración
En el pensamiento católico, el culto conmemora las obras salvadoras de Dios en el pasado, hace una demanda presente a la fidelidad y expresa la esperanza en la futura intervención de Dios en favor de su pueblo. Esta triple dimensión temporal de la adoración es común a otras confesiones religiosas. El culto como anticipo de los tiempos escatológicos es un aspecto significativo de su interpretación doctrinal.
En síntesis
La adoración católica parece reflejar directamente su entendimiento doctrinal en varios puntos. Su idea de Dios determinó un culto solemne dirigido a Dios en las tres Personas de la Deidad: El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Pero la aceptación de una veneración a las criaturas promovió el culto inferior. La idea del hombre como criatura lo mueve a adorar al Creador. Pero el concepto de la inmortalidad del alma dio apoyo al culto a María y a los santos. La idea sacramental y sacerdotal de administración de la gracia de Dios hizo de la eucaristía el centro del culto, destacó el protagonismo sacerdotal, descuidando el sacerdocio único de Cristo en el cielo y el sacerdocio común de los creyentes en la tierra. El excesivo control que el clero ejerció sobre el culto retrajo la participación de los fieles en el culto y acotó la libertad de la liturgia. La convicción de la esperanza futura hace del culto una anticipación de la intervención final de Dios.
EL PROTESTANTISMO HISTÓRICO
También en el culto protestante se advierte un reflejo de sus creencias peculiares. La Reforma del siglo XVI buscó tanto cambios doctrinales como litúrgicos, ya que la reforma doctrinal fue acompañada por una reforma en la manera de adorar.
Dios y la adoración
El protestantismo reconoció a Dios como objeto único de culto, rechazando completamente el denominado "culto inferior". La misa alemana de 1526 se había opuesto en forma drástica al uso de imágenes y Zwinglio las consideró prohibidas por Dios.
La Reforma, en general, vio a Dios como presente y activo en el mundo (lo que se conoce como "inmanencia"), en contraste con la idea de un Dios un tanto alejado y ausente (denominado "trascendencia"), como se lo entendía en la iglesia antigua y medieval. Como consecuencia, la religiosidad se volvió más relacional, y la adoración experimentó una mayor intimidad y una mayor comunión con el Ser divino. En muchos casos, el culto se desarrolló con mayor libertad y espontaneidad.
También debe decirse que el calvinismo mantuvo una aguda percepción de la soberanía, la omnipotencia y la trascendencia de Dios. Como resultado, el culto era reverente, centrado en Dios y poco místico.
El hombre y la adoración
El culto protestante ya no giraba exclusivamente en torno de Dios, sino que entendió mejor el papel del hombre y lo tuvo más en cuenta. El hombre se sintió más integralmente involucrado en su cuerpo, mente, emociones, sentidos y voluntad. Se extiende la adoración a los actos comunes y a la vida cotidiana, borrándose la ruptura entre el campo sagrado y el secular, de modo que el hombre glorifica a Dios en su labor diaria.
Adoración y salvación
Como se sabe, el protestantismo dio importancia básica a la justificación por la fe (solafide), a la autoridad de la Escritura (sola Scriptura) yal sacerdocio universal de los creyentes. Cuando la Reforma declaró sus tres grandes principios teológicos, como resultado propuso un modo diferente de adorar. Desde entonces, la adoración protestante trata de seguir la norma bíblica, en tanto que los aspectos estéticos y artísticos pierden relevancia. Se impone un estilo racional antes que místico. Centrado en la predicación, el culto se ocupa también de la espiritualidad del hombre, volviéndose fácilmente comprensible y educativo. El concepto de salvación por gracia, recibida por fe, motivaba un culto gozoso. Este no era un acto meritorio sino un fruto de la salvación, en el cual toda la gloria era para Dios (soli Deo gloria). Los sacramentos siguen existiendo, en menor cantidad y sin ocupar el lugar central. Los ritos y las ceremonias no se vieron más como necesarios para la salvación. Era la fe en Jesucristo lo que hacía aceptable la adoración del hombre. El principio cardinal del sacerdocio de todos los creyentes tuvo el efecto intencional de aumentar la participación congregacional en el culto. Lutero dio al pueblo alemán la Biblia y el himnario en su propio idioma.
Los reformadores entendieron los sacramentos en general y la eucaristía en particular de una manera diferente. Ya no hay transubstanciación, o sacrificio, en la Cena del Señor, sino una recordación del acto salvador de Cristo. Se rechaza el sacerdocio humano y el culto de la hostia. La predicación bíblica reemplaza a la misa como el centro de la adoración congregacional. La adoración participativa devuelve a la congregación el protagonismo en el culto.
Iglesia y adoración
Los reformadores hicieron tres aportes significativos respecto del culto: "el uso de los idiomas vernáculos, la introducción del canto congregacional y el énfasis en la predicación".6 En el culto protestante, la Palabra de Dios ocupó el lugar central. Lutero pensaba que la predicación era el corazón de la adoración, de modo que si faltaba el sermón, no había adoración. Zwinglio también creía que la predicación estaba por encima de todo. Este tipo de culto protestante sigue lo que se denomina, a veces, un "modelo de proclamación". Se restituye en buena medida el protagonismo congregacional y, en consecuencia, la idea de adoración como un diálogo en el que Dios habla y la congregación responde. Decía Lutero: "Nuestro amado Señor nos habla por su Palabra, y nosotros le hablamos en la oración y el canto".7
Las tendencias ecuménicas más recientes han modificado algunos de estos énfasis tradicionales del protestantismo histórico. El movimiento de renovación litúrl!fca, de mediados del siglo XX, afectó a protestantes y católicos llevando a las iglesias hacia un consenso sobre la adoración denominado convergencia litúrl!fca (o "convergence movement"). En consecuencia, las mayores corrientes de adoración contemporáneas tienden a parecerse y a reunir elementos comunes. Se colocan las Escrituras y los sacramentos en una posición central. Los debates históricos sobre la presencia divina en los sacramentos fueron desplazados por un énfasis en la presencia de Dios en el culto. Importa más el espíritu de unidad que los matices doctrinales. Símbolos religiosos, vestimentas litúrgicas y la arquitectura de la iglesia han adquirido un nuevo valor. Se aprecia el culto participativo, una celebración frecuente de la Cena del Señor, la observancia del año litúrgico y el papel del arte en el culto.8
Probablemente el culto del tercer milenio valore cada vez más la participación, las grandes concentraciones, la dimensión evangelizadora, el estilo carismático, la espontaneidad, la calidez y las manifestaciones milagrosas. 9
Escatología y adoración
Aunque el énfasis en la escatología es relativamente reciente, el protestantismo ha ubicado la adoración en medio de la tensión entre el "ya" y el "todavía no". En el culto, la iglesia del presente proyecta su mirada hacia el futuro Reino de Dios y lo disfruta anticipadamente.
En síntesis
El culto protestante ilustra las novedades de su comprensión de la doctrina cristiana. La idea de Dios como único objeto de culto descarta el culto inferior, pero acerca la presencia de Dios al adorador. Se piensa la religiosidad en términos de relación, y el culto es más libre y expresivo, centrado en Dios para la adoración y en el hombre para la edificación. Crece el protagonismo integral del hombre en la experiencia de adoración. Los principios cardinales de la Reforma estimularon la centralidad de la Escritura en el culto, la adoración como fruto de la gracia salvadora y el protagonismo de la congregación, en el que cada creyente participa como sacerdote. El culto no busca solamente la gloria de Dios sino también la edificación de la iglesia por medio de la predicación clara de la Escritura. El protestantismo concibe el culto como anticipación gozosa de los dones divinos prometidos en la Revelación.
EL PENTECOSTALISMO Y EL CARISMATISMO
Ver https://revistaadventista.editorialaces.com/2022/10/03/giro-hacia-la-experiencia/
Los antecedentes del extendido e influyente movimiento carismático son el pentecostalismo en la primera parte del siglo XX, el Movimiento de Santidad del siglo XIX y el metodismo del siglo XVIII. Tal como el romanticismo del siglo XIX se opuso al racionalismo anterior, los pentecostales propusieron una espiritualidad más emocional y experiencial que intelectual. La religiosidad carismática ha tenido un notable ascendiente sobre la comunidad cristiana internacional, así como un fuerte impacto ecuménico. Es indudable que también aquí puede verse la relación entre su doctrina y su peculiar estilo de culto.
Dios y la adoración
El culto carismático se caracteriza por ciertas manifestaciones de lo que consideran el bautismo del Espíritu Santo, como la operación de milagros de fe (sanidades, etc.) y otros dones espirituales (lenguas y profecías, etc.).
Parece claro el énfasis carismático en el poder, el amor y la presencia de Dios. Ese concepto de la presencia de Dios (inmanencia) es uno de los sellos distintivos del carismatismo. El culto lo refleja objetivamente. Para un carismático, el culto es un encuentro con un Dios que está realmente presente y activo en medio de los creyentes. Dios no está lejos, y la adoración no necesita ser solemne y formal.
Las frecuentes revelaciones directas por medio de sueños y profecías suele provocar el descuido de la Escritura como revelación especial de Dios a su pueblo, y como norma objetiva para las creencias y prácticas.
Una tendencia peculiar del movimiento de "alabanza y adoración" ("Praise and worship'') es la de distinguir entre la alabanza por lo que Dios hace y la adoración por lo que Dios es.
Los servicios de culto suelen seguir la secuencia del Tabernáculo y el Templo del Antiguo Testamento. La progresión típica se inicia en el "atrio" (con expresiones de gratitud), continúa en el "lugar santo" (con alabanza) y concluye en el "lugar santísimo" (con adoración). Autores no carismáticos miran esta secuencia como artificial y carente de base bíblica.
El hombre y la adoración
Los carismáticos creen que la adoración involucra la totalidad de la persona. Por ello, el culto es altamente demostrativo y otorga gran valor a las dimensiones física y emocional. Una consecuencia práctica es el énfasis en el ritmo de su música. Como se sabe, el ritmo se relaciona más con la dimensión física del hombre que la melodía o la armonía. Las expresiones emocionales se permiten y se alientan. Las canciones llamadas de alabanza y adoración suelen ser deliberadamente repetitivas (como un mantra), para excitar las emociones. Por la misma razón, los himnos cargados de enseñanzas bíblicas suelen dejarse de lado. La oración también es emocional y exuberante. El gozo domina el culto, y se expresa en cánticos, aplausos y danzas. Importa más la experiencia que la doctrina. Los cultos buscan esa experiencia, una vivencia real y placentera. Esta insistencia en las emociones y en la experiencia encierra el peligro de olvidar que la experiencia carece de un parámetro objetivo que le permita evaluarse a sí misma. Como consecuencia práctica, el culto deja de ser didáctico y doctrinal, para ser emocional y práctico. El tradicional principio de la primacía de la Biblia puede verse relegado a una simple búsqueda de bienestar. Como fue desde el comienzo con el pentecostalismo, el carismatismo reacciona contra el formalismo, el intelectualismo y el institucionalismo, a riesgo de caer en el emocionalismo, el subjetivismo y el antiintelectualismo. l0
Se valora, entonces, la respuesta del hombre ante Dios y el culto se concentra más en el adorador (adoración subjetiva). Aquí el carismatismo se aleja del protestantismo tradicional, y el sermón deja de ser el gran centro del culto. Por eso, el reconocido especialista en pentecostalismo Walter Hollenweger dice que "un buen predicador pentecostal no pronuncia un discurso o conferencia".l1 Los elementos del culto que preceden al sermón, dejan de considerarse "preliminares" y pasan a ser centrales. Los sermones se acortan, y se prolongan los momentos participativos de alabanza, oración y canto.
No pocos observan con preocupación un velado humanismo en esta exaltación del papel central del hombre. Enseñanzas acerca del "pensamiento positivo", o del "evangelio de la prosperidad" tienden a una desmedida valoración propia. Señala Wolfgang Bühne al respecto: "Cuando el hombre deja de ser consciente de su indignidad y de la grandeza y gloria de Dios, y queda fascinado por su propia grandeza y por su valor propio, entonces no está muy alejado de endiosarse y adorarse a sí mismo".12 El hombre puede olvidar rápidamente su condición pecadora y su dependencia absoluta de la gracia de Dios.
Adoración y salvación
La conversión y la salvación son temas básicos del pentecostalismo y el carismatismo. En un excelente análisis de los antecedentes de la teología pentecostal, Donald W. Dayton habla de un patrón común de cuatro puntos: la salvación, el bautismo del Espíritu Santo, la sanidad y la segunda venida de Cristo.13 Por sobre la diversidad del mundo pentecostal, estos elementos son ampliamente compartidos. De modo que la salvación es el fundamento sobre el cual se edifica todo lo demás, incluyendo su estilo de adoración. Se trata de una religiosidad fuertemente cristocéntrica, por lo cual la adoración es básicamente la celebración de la salvación en Jesucristo.
Iglesia y adoración
En el culto eclesial de estilo pentecostal y carismático, lo principal es la libre expresión de la alabanza. La alabanza y el agradecimiento son sus motivaciones principales y perdurables. Las principales características de la adoración de la iglesia parecieran ser la espontaneidad, la participación, la informalidad, la exuberancia, la variedad y la ausencia de formas establecidas de culto. Sus encuentros en general son libres, improvisados y alegres. Los asistentes participan por medio del testimonio, la narración de sueños y visiones, y diversas expresiones físicas y espirituales. La sentida presencia de Dios en medio de la congregación se refleja en una adoración comunicativa y gozosa.
Escatología y adoración
El pentecostalismo y el carismatismo han destacado la esperanza de la segunda venida de Cristo, pero el acento de su religiosidad parece orientarse más hacia una experiencia presente con Dios que a una recordación del pasado o a una anticipación del futuro.
En síntesis
Como ocurrió con el catolicismo y el protestantismo, puede verse también, en el estilo carismático de culto, una ilustración de sus ideas religiosas más significativas. El concepto carismático de la presencia real de un Dios lleno de amor y poder provoca una adoración mayormente espontánea y emocional. La centralidad del bautismo y los dones del Espíritu Santo determina que la experiencia espiritual se valore por encima de cualquier énfasis doctrinal e intelectual. La necesidad de brindar una respuesta vuelve prominente el papel del hombre en la adoración. Las ideas claves de salvación y santificación conducen a la distintiva búsqueda carismática de la unción del Espíritu Santo. La convicción de un Dios presente y activo a través del Espíritu lleva a un estilo libre y espontáneo de culto. La valoración de lo emocional y experiencial sobre lo intelectual y racional desaloja la predicación del centro del culto. Otros elementos narrativos o artísticos suelen reemplazar al sermón muy rápidamente. El regreso de Cristo es la culminación de todas las cosas, pero se impone el énfasis en la relación actual con Dios.
ADVENTISMO y ADORACIÓN
No se trata aqui de hacer una historia del culto adventista, sino de advertir algunos de sus antecedentes, y de comprender semejanzas y diferencias con la adoración de otras confesiones religiosas.
Dios y la adoración
Existen aspectos de la adoración adventista que provienen de los primeros tiempos del cristianismo y que han permanecido en forma casi inalterable: asuntos como la adoración exclusiva de un Dios Creador y Redentor, reconociendo la divinidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, excluyendo toda devoción a los ídolos del mundo pagano. Para los adventistas, el culto inferior es una triste evidencia de la pérdida de identidad cristiana que la iglesia experimentó especialmente desde la época de Constantino. Como para el protestantismo, para el adventismo no existen diferentes tipos de adoración que justifiquen el culto mariológico y la veneración de imágenes religiosas.
Fue natural para el adventismo heredar los grandes principios de la Reforma protestante, como el de la supremacía de la Escritura. De ese modo, ve la Biblia como la fuente de toda doctrina y práctica acerca de la adoración. Como consecuencia, el centro del culto adventista está en la enseñanza y la predicación de la Palabra de Dios y no en la administración de los sacramentos, como la eucaristía. Malcolm Potts afirma que "los énfasis de la Reforma sobre la centralidad de la Escritura, la importancia de la predicación, la Cena del Señor y el canto congregacional son centrales en las prácticas del culto adventista".14 En especial, los primeros cultos adventistas tenían la impronta clásica del protestantismo. "El culto tendía a la objetividad, y menos hacia una cualidad subjetiva. Los adventistas igualaban verdadero culto con creencia correcta. Para ellos, el culto era asistir a un servicio de predicación. Ellos consideraban todos los otros eventos del servicio como 'preliminares', que meramente preparaban el camino para el sermón".lS El culto era simple, caracterizado por la oración, el estudio de la Biblia, la predicación y el canto. Solo a partir de mediados del siglo XX crecerá gradualmente la comprensión más integral del culto, otorgando importancia a los otros elementos del culto además del sermón. De la supremacía de la Biblia surgen los principales argumentos de la adoración adventista: la adoración como respuesta de la criatura al Creador, el descanso del sábado como recordativo de la Creación y el culto como respuesta a la presencia de Dios. La manifestación visible del rol de la Escritura es la práctica frecuente de hacer del sermón el centro del culto, para poner al hombre en contacto con la enseñanza objetiva de la Escritura.
El mencionado énfasis del cristianismo medieval y de ciertas ramas del protestantismo en la soberanía y la trascendencia de Dios pudo influir en la tendencia adventista a un culto que valora la reverencia y el orden.
El hombre y la adoración
A partir de la doctrina adventista que ve al hombre como una unidad indivisible, se entiende que este adora en forma integral, con todas las dimensiones de su ser y de su actuar. La idea de adoración se entremezcla aun en temas como el cuidado de la salud y la mayordomía cristiana. Siguiendo al protestantismo, el culto adventista puede correr el riesgo de subestimar los elementos que expresan la respuesta del hombre al mensaje divino.
Otra herencia de los postulados protestantes, que se refleja en la iglesia desde sus comienzos, es una actitud que tiende más a lo intelectual que hacia lo emocional. Esa tendencia ya la había observado Elena G. de White en el millerismo: "No se notaba excitación extravagante, sino que un sentimiento de solemnidad dominaba a casi todos. La obra de Miller, como la de los primeros reformadores, tendía más a convencer el entendimiento y a despertar la conciencia que a excitar las emociones".16 Elena G. de White orientaba también a la iglesia a evitar la estimulación emocional: "No debe hacerse ningún esfuerzo para hacer que el alma alcance cierta intensidad de emoción".17 Proponía, más bien, una clara y serena predicación bíblica. "No debemos considerar que nuestra obra consiste en crear agitación de los sentimientos".18 Instaba a colocar los sentimientos bajo el dominio de la razón, e insistía en una religiosidad inteligente y reflexiva.19
Adoración y salvación
En el pensamiento adventista, los ritos cristianos continuaron siendo tales y no se convirtieron en sacramentos administrados por un sacerdocio humano especial. Cristo sigue siendo el centro de toda celebración y la proclamación de su evangelio el eje del culto. El rechazo de los así llamados sacerdotalismo y sacramentalismo es otra de las tendencias recibidas de la Reforma protestante. El adventismo heredó, particularmente de la reforma de Zwinglio, la tendencia a convertir el culto en una experiencia didáctica antes que devocional o mística. Hay reminiscencias del reformador suizo hasta en la práctica de celebrar la Santa Cena cuatro veces al año.
Del mismo modo que en el protestantismo, que redescubrió la justificación por la fe, el culto es una consecuencia y no un medio de salvación o de la obra de la gracia. En el concepto adventista, "el culto no es algo que el hombre hace para agradar a Dios. Es la respuesta que da a lo que Dios ya ha realizado en su favor". 20
Siguiendo una vez más al protestantismo, con su principio del sacerdocio universal de los creyentes, el adventismo aprecia y promueve la participación congregacional. No existe un sacerdocio especial, sino uno común, como verdadero protagonista del culto. Los ministros son lideres del culto, no intermediarios entre Dios y los hombres.
Iglesia y adoración
Ocupados en sus descubrimientos doctrinales, los primeros adventistas no enfatizaron el tema de la adoración. Desarrollaron un estilo de culto simple, vital e informal, siguiendo los patrones comunes de otras iglesias protestantes, a excepción de la adopción del sábado como dia de descanso y adoración. Iglesias como la Metodista, la Bautista y la Iglesia Cristiana de Nueva Inglaterra, o Christian Connection, ejercieron seguramente las mayores influencias. El culto adventista tenía mucho en común con el culto metodista, que procuraba el reavivamiento espiritual y se concentraba en la predicación, la oración espontánea y la entonación de himnos, considerando otros elementos anteriores al sermón como "preliminares".
Cuando otras iglesias comenzaron a experimentar con la denominada renovación litúrgica de mediados del siglo XX, con tendencias ecuménicas, los /adventistas se mantuvieron distantes y buscaron la distinción antes que la asimilación. Las primeras publicaciones adventistas sobre la adoración, de autores como R. A. Anderson, N. Pease y C. R. Colmes, se produjeron en este contexto.
Las raíces metodistas del culto adventista son similares a las del culto carismático. El adventismo surgió poco después del segundo despertar religioso norteamericano (1790-1830), con sus característicos congresos campestre\ ("camp-meeting") y cultos entusiastas.21 Pero, la doctrina adventista era diferente de la carismática y su adoración también lo fue. La inclinación emocional del pentecostalismo no encontró un equivalente en el culto adventista, con su énfasis más intelectual. El carismatismo posterior, con su efecto ecuménico y su acento no doctrinal, se vio en el adventismo con recelo y se lo evaluó a la luz del cumplimiento de ciertas profecías bíblicas. A la vez, la antigua influencia de la reforma radical determinó que el culto adventista no estuviera atado a liturgias demasiado fijas.
El adventismo siempre vio la fidelidad a la doctrina bíblica como mayor evidencia de legitimidad que las pretendidas manifestaciones de los dones del Espíritu. Una muestra de esta tendencia es la afirmación de W. W. Prescott en su libro Christ and the Sabbath de 1893: "La más elevada forma de adoración es la obediencia". Había clara conciencia de que tanto en los verdaderos como en los falsos reavivamientos podían existir manifestaciones sobrenaturales. Se creía que apelar a la experiencia antes que a la Escritura era exponerse al engaño.
La actitud de la iglesia hacia la adoración carismática era, probablemente, un reflejo de la actitud asumida por Elena G. de White hacia manifestaciones similares en el adventismo primitivo.22 Sus escritos valoran atributos divinos como la santidad, la grandeza y la trascendencia de Dios, y enseñan que la experiencia debe ser probada por la Escritura. Coloca los sentimientos en sujeción a la razón y la razón en sujeción a la revelación bíblica. Prefiere la solemnidad y la reflexión a la emoción. Hay abundantes advertencias contra el fanatismo, la excitación de sentimientos y la falsa santificación.23 Antes que una agitación deliberada de los sentimientos, la autora cree en la predicación serena y clara de la verdad bíblica, que apela a una fe inteligente bajo la unción del Espíritu Santo. Confía más en el juicio sereno que en el impulso y la emoción. Sin embargo, Elena de G. White considera que tanto el fanatismo como el frío formalismo son engaños satánicos. Rechaza con la misma energía tanto el sentimentalismo como el formalismo, desprovisto de vitalidad y gozo.24 Exhorta a la iglesia a actuar con inteligencia y reflexión, y a basar su fe en una plataforma firme. No creía que las manifestaciones corporales fueran evidencia de la presencia del Espíritu de Dios. Deplora el ruido, la agitación y la confusión, y favorece la calma, el orden y la disciplina. Enseña que la obra de Dios debe caracterizarse por la serenidad y la dignidad. Ante manifestaciones sobrenaturales y la operación de presuntos dones espirituales, Elena G. de White invita a no olvidar que los creyentes viven en medio de un conflicto entre el bien y el mal, y que el engaño y la falsificación son siempre posibles. En su visión, se exalta la dignidad del Creador y del sábado, que lo recuerda.
A pesar de todo lo dicho, el adventismo no logró evitar definitivamente el impacto del carismatismo, particularmente en la experimentación con estilos de culto de celebración a partir de los años 1980. Este tipo de adoración procuraba un culto más gozoso e integral, más participación de la congregación y mayor expresión de las emociones. Se valoraba la presencia divina, en particular la asistencia del Espíritu Santo y la manifestación de sus dones. La falta de énfasis en la santidad divina y en la reverencia, así como en ciertos aspectos esenciales del cristianismo, despertó preocupación en amplios sectores de la iglesia. Más allá de estos cultos de celebración en un limitado número de congregaciones, el adventismo ha estado utilizando la música y otros elementos del culto carismático. El concepto del culto ha cambiado, a veces favorablemente, hacia una actitud más abierta a la celebración, el gozo y la gratitud. Se tiende hoya pensar que la adoración es un fm en sí mismo y no solo una medio para lograr algo; se entiende que la adoración es más una actividad de la congregación que de los líderes de la iglesia, y que la adoración debe involucrar a la persona completa y no solo a su intelecto.
Escatología y adoración
El teólogo adventista sudamericano Mario Veloso ha declarado que el adventismo se ve a sí mismo como una comunidad misionera y como evento escatológico, que su teología es escatológica, o mejor definida como escatológica-cristocéntrica, centrada en la primera y la segunda venidas de Cristo.25 Por su parte, señala Samuele Bacchiocchi que "la creencia en la certeza e inminencia del retorno de Cristo es la fuerza impulsora de la adoración y el estilo de vida de la Iglesia Adventista".26 La distinción escatológica del adventismo se refleja en un culto cargado de esperanza por la confianza en la pronta intervención del Señor en los asuntos terrenales
EN CONCLUSIÓN
Después de haber observado brevemente las cualidades de la adoración católica, protestante, carismática y adventista, puede advertirse la correspondencia entre las ideas doctrinales y el estilo del culto. Vale la pena, al concluir, intentar una reseña de las posibles vertientes del culto adventista, con sus semejanzas y divergencias respecto de otras tradiciones cristianas.
Dios y la adoración
El cristianismo primitivo desarrolló una adoración monoteísta y trinitaria. Su culto estaba centrado en Dios. Recién en tiempos posteriores, el catolicismo admitió el culto inferior y los distintos grados de adoración. La idea medieval de la trascendencia divina derivó en un culto reverente y en una liturgia rígida. El protestantismo histórico siguió siendo monoteísta y trinitario, pero el culto giraba más en torno de Cristo y de su obra salvadora. El culto inferior ya no fue tolerado. La adoración continuó siendo reverente, pero un concepto más inmanente de Dios llevó a una religiosidad más relacional y a una liturgia más libre. El carismatismo tuvo un gran centro en la presencia y la obra del Espíritu. Su inmenso entusiasmo por la presencia, el poder y el amor de Dios se reflejó en un culto espontáneo, experiencial, participativo y altamente emocional. La doctrina adventista adoptó el trinitarismo y rechazó el culto a las imágenes. Su aceptación de un Dios personal, trascendente, que se revela en la Escritura, se expresa a menudo en cultos centrados en Dios, racionales, dignos y reverentes. Los reformadores más radicales dejaron su huella en la adopción de una liturgia libre. El concepto profundo de la santidad de Dios se deja ver con mucha frecuencia en las características del culto adventista.
El hombre y la adoración
La doctrina cristiana enseñó, desde sus comienzos, que el hombre es una criatura que debe su adoración al Creador. También es verdad que doctrinas como la de la inmortalidad del alma dieron sustento más tarde al culto a los mártires, a los santos y a la Virgen. El protestantismo miró también a lo alto en su devoción de la criatura al Creador, pero sintió más la proximidad de Dios. Entendió que la adoración involucra a todo el ser humano en su ser y su obrar. En el carismatismo el hombre que responde a Dios adquiere un nuevo protagonismo. El cristianismo es una experiencia más que un conjunto de creencias, y el hombre participa del culto con su mente, su cuerpo y sus emociones. También en el adventismo la adoración es el deber y el privilegio de la criatura para con el Creador. El culto toma en cuenta al hombre, y procura su instrucción y edificación. La idea del hombre como unidad lleva a relacionar la adoración con todas las dimensiones de su existencia. Con todo, persiste en el culto adventista una estimación mayor hacia la palabra que viene de Dios que hacia la respuesta que surge del hombre.
Adoración y salvación
El cristianismo católico hizo de los sacramentos un medio de gracia, de la eucaristía un nuevo sacrificio de Cristo y de la administración sacerdotal una necesidad. El protagonismo de los creyentes se volvió acotado por mucho tiempo. En el protestantismo, la predicación de la Escritura fue más importante que los sacramentos y la fe personal más importante que el culto público. El principio del sacerdocio común de los creyentes movió la participación de la congregación. El culto es un fruto de la fe y no un canal para la gracia. De la misma manera, en el carismatismo el culto es el resultado de la salvación obrada por Cristo y recibida por la fe. Se subraya la idea de la santificación y de la unción del Espíritu. No existe, en el adventismo, la idea de sacramento y de administración sacerdotal, por lo que la predicación bíblica se vuelve sustancial. Pero, un mayor aprecio por la obra redentora de Cristo está desafiando con fuerza creciente a la iglesia a un culto que tenga mayores visos de celebración bajo la unción del Espíritu.
Iglesia y adoración
Un desmesurado celo por la ortodoxia colocó al culto católico en manos del clero, y lo volvió paulatinamente menos libre y participativo. En el protestantismo se restituyó en gran medida el protagonismo a la congregación. Se pensó no solo en la adoración de Dios sino también en la edificación de la iglesia. En el carismatismo prevalece la espontaneidad y la libertad. Importa un encuentro con Dios más allá de cualquier preocupación intelectual. Suenan en el adventismo los ecos de la Reforma, por su gran aprecio por la comprensión de la Biblia y por la respuesta activa de la iglesia. Se entiende que el culto está dirigido a Dios, pero también a la congregación para edificación y al mundo para evangelización. Una tensión entre el orden y la libertad busca permanecer en equilibrio. En tiempos recientes, hay un convencimiento de que la iglesia debe tomar el camino de una adoración integral, vital y enriquecedora.
Escatología y adoración
Entender el culto como un anticipo de lo que Dios hará en el futuro es común a las distintas tradiciones cristianas. La adoración de la iglesia es también la expresión de su esperanza. Se puede decir que el culto es tanto histórico como profético, porque conmemora los hechos del pasado y proclama el cumplimiento de las promesas para lo porvenir. Consecuentemente, la adoración adventista suele expresar una triple dimensión temporal, al recordar el pasado, celebrar el presente y anticipar el futuro.
Se ha visto cómo las creencias doctrinales corren en forma paralela con los estilos de culto y cómo los cambios teológicos modifican la adoración. Se advirtieron también algunas de las raíces del culto adventista y algunas de las influencias a las que se expone. Sobre los fundamentos bíblicos e históricos, deben darse todavía pasos decisivos en la identificación de los elementos de criterio para el culto de la iglesia a partir de las grandes doctrinas que surgen de la revelación de Dios. Los siguientes capítulos estarán dedicados a este objetivo esquivo pero ineludible, si se desea que la adoración tenga un fundamento sólido y se transforme en una experiencia significativa.
1 Eusebio de Cesárea, Historia eclesiástica (Buenos Aires: Editorial Nova, 1950), p. 368.
2 Ibíd., p. 143.
3 Carlos Heussi, Bosquejo de historia de la iglesia cristiana, trad. Helena Goldschmidt (Buenos Aires: La Aurora, 1949), p. 25.
4 Conferencia Episcopal Argentina, Catecismo de la Iglesia Católica (Madrid: Edidea, 1993), p. 259.
5 Elena G. de White, El conflicto de los siglos (Mountain View, California: Pacific Press Publishing Association, 1977), pp. 62, 63.
6 Roberto E. Ríos, "El culto: el problema de la comunicación", Cuadernos de teología 5, 3 (1978): p.211.
7 Clarence Dickinson y Elena A. de Dickinson, "La música en la reforma protestante", Espíritu y mensaje del protestantismo, ed. Guillermo K Anderson, 2a ed., trad. Adam F. Sosa (Buenos Aires: La Aurora, 1946), p. 227.
8 Donald P. Hustad, ¡Regocijaos!: la música cristiana en la adoración, pp. 266, 267.
9 LaMar Boschman, "Future Trends in Worship", Worship Todf!)l (November-December 1993), pp. 13-18.
10 J. l. Packer, Na dinámica do Espírito: uma avaliarao das práticas e doutrinas, trad. Acliel Almeida de Oliveira (Sao Paulo: Sociedade Religiosa EcIi<;oes Vida Nova, 1991), pp. 225, 186-191.
11 Walter Hollenweger, El pentecostalismo: historia y doctrinas, trad. Ana S. de Veghazi (Buenos Aires: La Autora, 1976), p. 4.
12 WoIfgang Bühne, Explosión carismática, trad. Elisabet González Martín (Terrassa, Barcelona: Clie, 1994), p. 96.
13 Donald W. Dayton, Raíces teológicas del pentecostalismo, trad. EIsa R. de Powell (Grand Rapids, Michigan: William B. Eerdmans Publishing Company, 1991), pp. 9, 10.
14 Malcohn Patts, "Origins aE Adventist Warship", p. 4.
15 Ibíd., p. 5.
16 Elena G. de White; El conflicto de los siglos, p. 380.
17 Elena G. de White, La edificación del carácter (Mountain View, California: Pacific Press Publishing Association, 1973), p. 89.
18 Elena G. de White, Memo/es selectos (Mountain View, California: Pacific Press Publishing Association, 1967), t. 2, p. 17.
19 Ibíd., t. 2, pp. 19, 21, 23, 27.
20 Raoul Dederen, "La naturaleza de la iglesia", E l Ministerio Adventista (septiembre-octubre de 1978), p. 13.
21 Ver los siguientes artículos: Ronald D. Graybill, "Adoración entusiasta en la Iglesia Adventista primitiva", Ministerio Adventista Julio-agosto de 1992), pp. 18-23; Adriel Chilson, "Pentecostalism in Early Adventism", Adventist Review (December 10, 1992), pp. 18, 19.
22 Ver la obra de Arturo L. White, Experiencias carismáticas en los comienzos de la historia adventista (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1976).
23 Ver Elena G. de White, Mensajes selectos, t. 2, pp. 13-54.
24 Elena G. de White, E l camino a Cristo (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1985), pp. 103-105; White, Alza tus %s (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1982), p. 36; White, Joyas de los testimonios (Buenos Aires: Casa Editora Sudamericana, 1956), t. 2, pp. 250, 251; White, Obreros evangélicos, p. 370; White, Patriarcas y profetas (Mountain View, California: Pacific Press Publishing Association, 1971), pp. 367, 561, 562.
25 Mario Veloso, Teología de la administración eclesiástica (Brasilia: Seminario Adventista Latinoamericano de Teología, 1982), pp. 27, 29.
26 Samuele Bacchiocchi, The Christian and Rock Music: A Study on Biblical Principies o/ Music (Berrien Springs, Michigan: Biblical Perspectives, 2000), p. 181.
Artículo basado en el artículo de:
Plenc, Daniel. El culto que agrada a Dios. "Adoración Católica, Protestante, Carismática y Adventista (33-51). Buenos Aires: ACES, 2007.
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