Ética y Moralidad
By
Wellington Gil Rodrigues
"El proverbio que afirma que “todo hombre tiene su precio” no es tan solo una chanza sin sentido. Por el contrario, se basa en la experiencia y la observación. Si yo le ofreciera cinco dólares para cometer una acción deshonesta o indecente solo una vez, en la que usted jamás sería descubierto, imagino que se negaría a hacerlo. Pero si yo le ofreciera quinientos dólares, es probable que usted analizara mi oferta. Pero si yo pasara a ofrecer cincuenta mil dólares, tendría muchos candidatos a aceptar. Y aun los más duros comenzarían a dudar de su negativa si mi oferta alcanzara los cinco millones" (Knight, 2012, 29).
¿Cómo pudo actuar así y hacer tanta maldad?
- ¿Fue usted justo al despedir al empleado sin tener pruebas de su mala conducta?
- ¿Estuvo mal por mi parte haber mentido en esas circunstancias?
- ¿Qué debo hacer? Él es mi padre... ¿Debería denunciarlo a la policía o guardar silencio sobre su comportamiento criminal?
En nuestra vida diaria todos enfrentamos cuestiones que requieren una decisión basada en un código de conducta. Estas preguntas pueden entenderse como dilemas morales, ya que revelan la existencia de una relación entre dos campos de la realidad moral, es decir, una realidad fáctica (lo que es) y una realidad normativa ideal (lo que debería ser). En las relaciones que el hombre establece con el medio ambiente, con los demás individuos y consigo mismo, el hombre se da cuenta de la necesidad de guiar su conducta por un código de conducta que le indique lo que está bien y lo que está mal, que le dé nociones sobre lo que es justo e injusto. A este código de conducta lo llamamos moralidad.
Según Knight (2012, 11), hablando sobre las dos ramas principales de la axiologia: la ética y la estética, dice:
"La ética es el estudio de los valores morales y la conducta. ¿Cómo debería comportarme? es una pregunta ética. La teoría ética busca brindar valores correctos como fundamento de acciones correctas. En muchos sentidos, la ética es el tema esencial de nuestra época. Las sociedades han logrado progresos tecnológicos sin precedentes, pero no han avanzado de manera significativa o acaso nada en sus concepciones éticas y morales".
Y agrega: "Ya sea como individuos o como parte de las sociedades, los seres humanos existen en un mundo en el que no pueden evitar las decisiones éticas y significativas".
"En el centro mismo de las discusiones éticas figuran interrogantes tales como: ¿Son las normas éticas y los valores morales absolutos o relativos? ¿Existen los valores morales universales? ¿Puede la moralidad estar separada de la religión? ¿Quién o qué conforma la base de la autoridad ética?"
"La base absoluta de la ética cristiana es Dios. No existe una norma o ley que esté más allá de Dios. La Ley (Decálogo), según se revela en las Escrituras, está basada en el carácter de Dios, que se centra en el amor y la justicia (Éxodo 34:6, 7; 1 Juan 4:8; Apocalipsis 16:7; 19:2). La historia bíblica brinda ejemplos del amor y la justicia de Dios en acción". (Knight, 2012, 20).
“La ética cristiana es una ética de servicio”.- Carl Henry.
"Los patrones de vida y las reglas de conducta a las cuales adhieren los individuos y los pueblos derivan de su experiencia pasada. Esta "sabiduría" acumulada les permite llegar a un acuerdo con su medio ambiente y unos con otros. De esta manera, ellos disciernen el bien del mal, la verdad del error, la virtud del vicio y la obligación de la autocomplacencia. Más aún, esta sabiduría acentúa la importancia de la industria por sobre la haraganería, de la prudencia por sobre la presunción, de la honestidad por sobre todas las formas de decepción, y de un patrón de adherir a valores que tienen una validez de largo alcance en lugar de ir detrás de las atracciones del momento". (Glasser. El anuncio del reino, 193)
"Es por ello que esa ética y ese amor cristianos se encuentran en una discontinuidad radical de lo que suele ser considerado amor humano.
Ese concepto nos lleva a la expresión ética de Dios por medio de la revelación de su ley. Demasiados cristianos creen que la ley básica de Dios son los Diez Mandamientos. Pero esa no es la posición que asumió Cristo. Cuando se le preguntó cuál era la ley más grande, Jesús replicó: “‘Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente’. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas” (Mateo 22:37-40). Los Diez Mandamientos constituyen por lo tanto una extensión e ilustración concreta de la Ley de amor. Los primeros cuatro explican los deberes de una persona en relación con el amor a Dios, mientras que los últimos seis explican diversos aspectos del amor de una persona por otros seres humanos (Romanos 13:8-10). En cierto sentido, pueden ser vistos como una versión negativa de la ley de amor, explicados de una manera que da pautas definidas a los seres humanos que ellos pueden aplicar a la vida diaria.
Una de las dificultades de una base ética negativa es que los seres humanos siempre están buscando el momento en el que pueden dejar de amar a su prójimo, cuando el límite ha sido alcanzado. La pregunta de Pedro en relación con los límites del perdón es la demostración de esto. Al igual que todos los individuos “normales”, Pedro estaba más interesado en el momento en el que podría dejar de amar a sus prójimos que en la manera en que podría continuar amándolos. La mención de las setenta veces siete que hace Jesucristo indica que no existen límites para el amor (Mateo 18:21-35). No existe un momento en el que podamos dejar de amar y desentendernos para entonces sentirnos realizados. Ese es el mensaje de los dos grandes mandamientos que nos dio Cristo.
En consecuencia, la perspectiva ética cristiana es positiva, y no negativa. Se dedica en primer lugar a una vida de acción solícita y solo en segundo término en lo que deberíamos evitar. El crecimiento cristiano no se produce a partir de lo que no tenemos que hacer, sino que es más bien un producto de lo que hacemos en forma activa con nuestra vida. Y esa ética positiva está basada en la experiencia del nuevo nacimiento (Juan 3:3- 6). Los cristianos no solo han muerto a la antigua manera de vivir; también han resucitado a una nueva manera de vivir y se dedican a caminar con Cristo (Romanos 6:1-11).
Cabe señalar también que:
En primer lugar, la ética bíblica es interna antes que externa. Jesús remarcó que albergar pensamientos de odio o adulterio es tan inmoral como los actos mismos (Mateo 5:21-28). También enseñó que todas las acciones externas fluyen del corazón y la mente (Mateo 15: 18, 19).
En segundo lugar, la ética cristiana está basada en una relación personal con Dios y otras personas. Requiere en realidad amar tanto a Dios como a las demás personas y no puede verse satisfecha con una mera relación legal o mecánica. Por supuesto, nuestras relaciones con los demás deberían ser legales, pero también tienen que ser personales.
En tercer lugar, la ética bíblica está basada en el hecho de que cada individuo ha sido creado a imagen de Dios y puede razonar de causa a efecto y tomar decisiones morales. Pueden elegir hacer el bien o el mal. Es por ello que la ética cristiana es un emprendimiento moral. La moralidad irreflexiva es una contradicción de términos
En cuarto lugar, la moralidad cristiana no está interesada solo en las necesidades básicas de los humanos, sino que quiere lo mejor de ellos.
En quinto lugar, y en contra de lo que muchos creen, una ética cristiana no es algo que interfiere con la buena vida. “En realidad, las reglas morales son indicaciones para hacer funcionar la máquina humana. Cada regla moral está allí para impedir un colapso, o una tensión, o una fricción en el funcionamiento de esa máquina”.22
En sexto lugar, la función de la ética cristiana es redentora y restaurativa. Como resultado de la caída, los seres humanos llegaron a estar alienados de Dios, de otras personas, de sí mismos y de su medio ambiente físico. La función de la ética es capacitar a las personas para que vivan de una manera que contribuya a restaurar esas relaciones y a llevar a los seres humanos a una instancia de plenitud para la cual fueron creados. (Knight, 2012, 21)
En este sentido, la moralidad puede definirse como el conjunto de reglas de conducta aceptadas por una sociedad en un momento determinado. (ARANHA; MARTÍN, 1993). Cada grupo humano tiene su propia moral. De hecho, algunos teóricos consideran que lo específicamente humano se caracteriza básicamente por la moral y que la sociedad (o la civilización) sólo es posible porque el hombre tiene la capacidad de acordar normas de comportamiento que regulan las relaciones de individuo a individuo.
Nos resulta imposible imaginar un pueblo o cualquier comunidad sin algún tipo de ley que prohíba y regule ciertos actos que pondrían en riesgo la supervivencia de la propia comunidad.
Sin embargo, cuando decimos que cada pueblo tiene su propia moral, no podemos decir lo mismo de la ética. La ética, como reflexión sobre las nociones y principios que subyacen a la vida moral, sólo surge en un momento dado de la historia, especialmente con los griegos como parte de la filosofía que buscaba explicar por qué el hombre consideraba algunas cosas más importantes que otras. De este modo, la ética se vincula, en su origen, a una axiología (del griego axios "valor" y logia "estudio") a una reflexión sobre los seres y las relaciones que el hombre establece con ellos.
Cuando decimos: “En hora buena, actuaste correctamente” o “No debí haber hecho eso, realmente no sirvo para nada” estamos revelando que no somos indiferentes ante las cosas ni los comportamientos. Elogiamos o culpamos a los demás y a nosotros mismos cuando actuamos según la norma. En cierto modo, el hombre siempre está valorando, es decir, atribuyendo juicios de valor a las cosas o personas, a partir de un marco de referencia que indica lo que deben ser.
Según Souza (1995), podemos entonces establecer una distinción entre juicios de hecho y juicios de valor. Cuando digo que Pedro es médico, esto se puede entender como un juicio de hecho, es decir, un juicio sobre la realidad (lo que es). Cuando digo que Pedro es una buena persona, declaro un juicio de valor (que así debe ser). Atribuir valor a las cosas y a las personas es una característica básica del ser humano. En otras palabras, el ser humano es un ser moral, tiene una conciencia moral que le ayuda a discernir entre el bien y el mal, esa famosa voz que le habla al corazón del hombre cuando realiza una determinada acción, ya sea desaprobando o confirmando su acción. Esto indica que la obligación moral no puede ser externa, es el propio sujeto quien está obligado a cumplir la norma:
La conciencia moral, como juez interno, evalúa la situación, consulta las normas establecidas, las interioriza como propias o no, toma decisiones y juzga sus propias acciones. El compromiso humano que de ello se deriva es la obediencia a la decisión. (ARANHA; MARTINS, 1993, p. 277).
Podemos concluir, por tanto, que, para actuar moralmente, es necesario tener la libertad de transgredir la norma o no. Sólo una decisión libre puede caracterizar un acto humano como moral. Por tanto, el acto será considerado moral o inmoral sea o no conforme a la norma establecida e introyectada, es decir, si el individuo hizo suya la norma de forma libre y consciente.
Esto nos lleva a los conceptos de heteronomía y autonomía.
La heteronomía (del griego heteros, "otro" y nomos, "ley" o "costumbre") puede caracterizarse como la aceptación de la norma que nos llega del exterior, de una norma impuesta por el poder de coerción de la sociedad y sus instituciones sobre el individuo, como las normas de la iglesia, partido político, escuela, familia, etc.
La autonomía (del griego autos, "lo propio") decide sobre el deber de cumplir la norma basada en la autodeterminación. A pesar de reconocer la fuente externa de la norma, el individuo autónomo reflexiona sobre la norma y decide conscientemente obedecerla o transgredirla, caracterizando así su acto como moral o inmoral. (ARANHA; MARTÍN, 1993).
Es importante distinguir entre un acto inmoral y un acto amoral. Mientras que el acto inmoral se caracteriza por la transgresión de una norma introyectada, el acto amoral no reconoce el dominio de la norma: el individuo actúa sin tomar en consideración las normas, actúa según las circunstancias, el momento, la necesidad. Amoral es, en cierto modo, la negación de la moralidad.
Según Chauí (1995, p. 341), “un sujeto ético moral es sólo aquel que sabe lo que hace, conoce las causas y fines de su acción, el significado de sus intenciones y actitudes y la esencia de los valores morales”. Sin embargo, la acción moral no se explica por sí misma, es decir, actuar de acuerdo con la conciencia moral haciendo el bien no nos explica por qué la acción que realizamos se considera buena. Para obtener esta respuesta es necesario reflexionar sobre los fundamentos y la validez de las normas morales, investigando por qué algunas acciones humanas se consideran buenas o malas. Cuando hacemos esto, ya no estamos en el campo de la moral sino en el campo de la ética.
A menudo, los términos ética y moral se utilizan indistintamente, a pesar de ser conceptos diferentes. Esto sucede, por ejemplo, cuando uno dice "no fuiste ético al permitir esto", queriendo decir que tu acción no estuvo acorde con las costumbres que nuestra sociedad considera correctas. En otras palabras, fue una acción que transgredió la moral establecida por el grupo. La propia etimología de las palabras lleva a esta mezcla de conceptos, ya que ambos términos pueden traducirse como costumbres. La palabra moral proviene del latín (moris, moralis) y ética proviene del griego (ethos, con vocal larga). Por tanto, ambos significan, en su etimología, "costumbre". Sin embargo, el término griego ethos (de vocal corta) puede traducirse como “carácter”, “temperamento” o “modo de ser del hombre”, dando la idea de características personales viciosas o virtuosas que guían al hombre en su acción (CHAUÍ , 1995).
Estableciendo, entonces, un contraste más claro entre ambos términos, podríamos decir que, mientras la moral es el conjunto de normas aceptadas como válidas por una determinada sociedad en un momento determinado, la ética es la reflexión sobre los fundamentos del comportamiento moral.
El comportamiento moral puede entenderse como acciones humanas que pueden calificarse como buenas o malas, justas o injustas, correctas o incorrectas. Así, la ética es la teoría o ciencia del comportamiento moral del hombre en sociedad. Cada sociedad necesita orientar el comportamiento de sus miembros según normas que se consideran más apropiadas o dignas de ser cumplidas, pero no toda sociedad hace de estas normas un objeto de reflexión y estudio. Cuando te enfrentas a un dilema ético, como por ejemplo: “¿debo mentir para preservar la vida de las personas?”, no buscas un manual de ética para solucionar este tipo de problemas. Este es un problema práctico-moral. La ética no nos dice cómo comportarnos en tal o cual situación específica, la ética no puede indicar una regla de acción para cada acción concreta, se preocupa de discutir, problematizar e interpretar el significado de los valores morales, es decir, el problema teórico-ético. Es fundamental reflexionar sobre los problemas práctico-morales. El papel de la ética no es decir si es bueno o malo actuar de tal o cual manera en una situación determinada, sino definir qué es bueno, definir la esencia del comportamiento moral, discutir el origen de la conciencia moral, reflexionar sobre la papel de la responsabilidad y el libre albedrío en la acción moral (VÁZQUEZ, 2003).
Por tanto, podemos entender la moral como práctica y la ética como teoría, la moral como referencia a situaciones específicas y particulares, y la ética como una visión más general, que abarca la explicación del comportamiento guiado por normas en todas las sociedades. Muchas veces caemos en la tentación de transformar la ética en un catálogo de normas que dicen a los hombres lo que deben hacer, dictando los valores que deben guiar su comportamiento, es decir, transformar la ética en moralidad. A este tipo de ética podemos llamar normativa, es decir, el objetivo de la ética es desarrollar y prescribir principios de vida capaces de guiar al hombre hacia la acción moralmente correcta. En este sentido, el papel del especialista en ética sería el de un legislador, que dice a los hombres cómo deben actuar correctamente. Este tipo de ética normativa sirvió muchas veces como justificación ideológica de determinadas morales, erigiendo la moral particular de un determinado grupo social en principios universalistas válidos en todo momento y lugar, sin tener en cuenta los intereses del grupo que hicieron que esos valores específicos valieran más que otros.
La ética, como teoría, tiene el papel de toda teoría, es decir, explicar, aclarar, investigar la realidad, elaborar los conceptos necesarios. El valor de la ética radica en explicar la realidad normativa y no en prescribir conductas.
La ética no es una simple descripción de la conducta moral, sino una explicación de la misma (VÁZQUEZ, 2003). El objeto, entonces, de la ética puede describirse como un tipo específico de conducta humana, aquello que los hombres consideran valioso y obligatorio, es decir, el acto moral. Por tanto, la ética se ocupa de determinar la esencia del acto moral, sus condiciones objetivas y subjetivas, fuentes de evaluación moral, naturaleza y función de los juicios morales, principios que rigen el cambio de los diferentes sistemas morales. Como ejemplos de problemas éticos fundamentales podemos destacar: el concepto del bien y del mal; el fundamento o fundamentos del acto moral; y la existencia de una jerarquía de valores. En este caso se pregunta si el bien supremo es la felicidad, el placer, la verdad o el dinero.
¿Los valores son absolutos o relativos, las normas morales son válidas en todo momento y lugar?
Una respuesta cristiana a los problemas éticos fundamentales
Podemos encontrar otra distinción entre moral y ética en la especulación de la ley o la norma. Mientras que la moral es variable, es decir, busca referirse a las diferentes costumbres de las personas en las más diversas épocas, la ética se caracteriza por su carácter invariable. Es decir, investiga qué es común en los diferentes sistemas morales, buscando saber cuáles son sus presuposiciones. Este carácter invariable de la ley nos permite preguntarnos: ¿de dónde surgió la ley? ¿Cuál es la razón para que exista una ley? ¿Se aplica la ley a todas las personas en todo momento y lugar?
Respecto a las dos primeras preguntas, la respuesta de los inmanentistas (inherente, esencial, propio) es que, si la moral es el conjunto de reglas que determinan el comportamiento de los hombres en una sociedad determinada, el origen y la razón de la ley sólo pueden encontrarse en la propia necesidad humana de supervivencia del grupo social. En el tránsito del mundo natural al mundo cultural, la propia sociedad estableció interdicciones/prohibiciones que le permitieron formar alianzas de parentesco, comerciales y religiosas, dando origen así a normas morales como costumbres y tradiciones predominantes en un determinado entorno social y también a normas jurídicas las cuales establece y regula las relaciones entre el individuo y el Estado (COTRIM, 1997). Esa visión sitúa el origen y fin de la ley en el propio hombre como ser social, considerando así la moral como autónoma. En otras palabras, la ley surge de las condiciones históricas de la propia sociedad, resultado de la necesidad de regular la convivencia del grupo, garantizando así su bienestar.
La respuesta trascendentalista es que la ley es heterónoma, es decir, la ley proviene de fuera del hombre, proviene de los dioses, o, en el caso cristiano, del Dios único, que sería el autor de la norma, el legislador supremo. Aunque existen varios tipos de ética derivados de la concepción de Dios como dador de la norma, nos centraremos más específicamente en las concepciones éticas dominantes en el cristianismo.
La perspectiva inmanentista, en cambio, enfatiza el origen de las normas morales en las exigencias para regular las relaciones entre hombres y hombres, y entre hombres y el Estado, es decir, un origen eminentemente social. Desde esta perspectiva, la base de la moral cristiana no es la sociedad sino el individuo. Se entiende que, en las principales religiones de la Antigüedad, lo divino entraba en contacto con lo humano a través de la mediación de un cuerpo organizado de sacerdotes, llegando incluso a asumir el Estado como oficial una determinada religión. En el cristianismo, sin embargo, Dios se relaciona directamente con el creyente. De este modo, la vida ética del creyente no estará definida por su relación con la sociedad, sino principalmente por su relación con Dios.
En la moral cristiana, el Estado no es el principal mediador entre los hombres, "porque hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús hombre" (1 Timoteo 2:5). La calidad de las relaciones entre los hombres está definida y depende de la calidad de la relación entre el individuo y Dios. Cuando se le preguntó cuál era el mandamiento más importante, Jesús dijo: "Lo principal es: - Oye, Israel, el Señor nuestro Dios es uno solo. Amarás, pues, al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es: - Amarás a tu prójimo contigo mismo. No hay otro mandamiento mayor que estos." (Marcos 12:29-31).
De este pasaje se puede inferir que el amor es la mayor de las virtudes cristianas. El amor a Dios es la base, el fundamento moral del cristiano. Sin embargo, para amar a Dios también es necesaria la fe. Es necesario creer, creer que Dios existe, para poder amarlo. Esta fe en Dios (la relación personal individual del creyente con Dios) es una condición necesaria para el ideal ético cristiano, que es la caridad, es decir, el amor a los demás.
Lo interesante es que estas virtudes (amor y fe) son virtudes privadas e interiores. Tienen que ver con el ser interior de cada persona.
Está claro, por tanto, que la ética cristiana es una ética interna y no externa. El cristianismo se diferenciaba de otros sistemas morales que evaluaban la conducta correcta sólo a través de acciones y actitudes visibles, introduciendo la idea de intención. Es decir, con el cristianismo se empezaron a valorar sentimientos y propósitos que, aunque no se cumplan, están moviendo al agente moral.
La primera relación ética del individuo es con Dios y, al ser esta relación íntima y personal (invisible, por tanto, a los ojos de los demás), pasó a ser considerada como sometida a los dominios de normas, todo aquello que es invisible a los ojos de la sociedad, pero es visible ante los ojos de Dios (CHAUÍ, 1995). En este sentido, Jesús afirmó en el Sermón de la Montaña (máxima expresión de la ética cristiana): "Habéis oído que se dijo: - No cometerás adulterio. Pero yo os digo: - cualquiera que mire a una mujer con ojos intención impura en su corazón, ya cometió adulterio con ella." (Mateo 5:27, 28).
¿Quién puede juzgar lo que es invisible?
Sólo un ser que puede leer corazones. Ésta es la concepción del juicio moral cristiano. Por eso David oró: "Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; mira si hay en mí algún mal camino y guíame por el camino eterno". (Salmos 139:23-24). Por eso, al confesarse, el creyente dice: - perdóname por los pecados cometidos con palabras, acciones e intenciones.
Otra "novedad" introducida por la ética cristiana es la noción de pecado. Pero ¿qué se entiende por pecado? ¿Cómo sabemos si hemos cometido pecado o no? El pecado no es más que la transgresión de la norma divina como se explica en las Escrituras. Para que haya pecado es necesario que exista una norma y debe haber un sujeto capaz de transgredirla. Esta capacidad de transgredir implica que el sujeto, para ser moral, debe estar dotado de responsabilidad, libre albedrío y autonomía.
Ahora bien, no tendría sentido juzgar a una persona como violadora de la ley si no fuera capaz de responder de sus actos, es decir, si no fuera capaz de evaluar las consecuencias de sus propios actos, asumiendo la responsabilidad de esos actos y de sus resultados. Por eso, en muchos juicios, los abogados defensores intentan demostrar que su cliente no estaba en completa posesión de su cordura. De comprobarse esto, deberá considerarse incapaz de responder de los hechos cometidos.
Tampoco sería lógico, ni justo, considerar culpable de algún acto a una persona si no fuera capaz de actuar libremente. El sujeto debe poder decidir si sigue o no la norma sin ningún tipo de coerción. Este argumento lo suelen utilizar los criminales de guerra cuando afirman que sólo estaban obedeciendo a órdenes superiores. Sin embargo, todavía existe la capacidad de obedecer la norma mayor (el derecho a la vida), transgrediendo la norma menor (obedecer a los superiores). El sujeto es autónomo, es capaz de ejercer su libertad o libre albedrío, decidiendo por sí mismo si actúa o no conforme a la norma y evaluando el resultado de sus acciones.
Sin embargo, a diferencia de las concepciones éticas clásicas que consideraban que el sujeto tenía una voluntad capaz de dominar sus deseos, en el cristianismo la voluntad misma está corrompida por el pecado. De esta forma, el sujeto tiende a utilizar su libertad para elegir el mal. Esto es exactamente lo que dice Pablo: "Porque ni siquiera entiendo mi propia manera de actuar, pues no hago lo que prefiero sino lo que aborrezco. Ahora bien, si hago lo que no quiero, consiento a la ley, que es bueno; en este caso, ya no soy yo quien hace esto, sino el pecado que habita en mí” (Romanos 7:15-17).
El pecado es algo tan invasivo que corrompe incluso las nociones éticas del ser humano, haciéndolo valorar erróneamente las cosas. Así es como muchos llegan a llamar al mal, bien y al bien, mal. A este proceso se le llama hoy "inversión de valores".
Sin embargo, se podría argumentar que si el pecado me obliga a violar la ley, ¿cómo puedo entonces ser responsable o culpable? La respuesta cristiana es que en Cristo no sólo existe la revelación de estándares éticos más elevados como amar al prójimo como a uno mismo, sino que también existe la promesa del poder para obedecer, para vivir una vida ética de acuerdo con esos estándares y normas divinas, mediante la acción del Espíritu Santo en la vida de cada creyente.
Entonces, ¿es el cristiano un sujeto ético libre de las tensiones entre el deseo y la voluntad? ¿Cuál es el papel de la ley/norma en la vida cristiana?
Según Knight (2001), hay que tener cuidado con lo que él llama las “trampas polares de la ética cristiana”, es decir, el legalismo y el antinomianismo.
El legalismo se caracteriza por mantener una relación de inflexibilidad entre el sujeto y la norma. Es decir, el legalista tiende a ver la Biblia como un libro de reglas que prescribe cierto comportamiento para todos y cada uno de los tipos de situación. Los legalistas tienden a juzgarse a sí mismos y especialmente a los demás a través de la estrecha lente de sus concepciones morales basadas en la letra de la ley, valorando más la norma que la persona. El mismo Jesús criticó varias veces esta posición, al debatir con los fariseos, que se convirtieron en el ejemplo clásico del legalismo. Esto se puede ver claramente en la parábola del fariseo y el recaudador de impuestos.
"Dos hombres subieron al templo con el propósito de orar: uno fariseo, y el otro publicano. El fariseo, poniéndose de pie, oró para sí, de esta manera: - Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, ladrones, injustos y adúlteros, ni siquiera como este recaudador de impuestos; ayuno dos veces por semana y doy diezmos de todo lo que recibo” (Lucas 18:10-12).
¡El fariseo se muestra aquí como ejemplo de persona que vivía según la más estricta obediencia a la norma! Sin embargo, Jesús dice que fue el publicano (que confesó que era pecador) quien descendió a su casa justificado. Aquí Jesús realizó una verdadera "inversión de valores", al contar esta parábola a "algunos que confiaban en sí mismos, se consideraban justos y despreciaban a los demás" (Lucas 18,9).
La ética cristiana no es legalista, ya que la ley se da con el fin último de asegurar el bienestar del hombre. Cuando se le preguntó sobre la conveniencia o no de realizar curaciones en sábado (ya que la obra de Jesús se consideraba una transgresión de la norma), Jesús preguntó: "¿Quién de vosotros será el que, teniendo una oveja, cae en sábado en un pozo, no hará todo esfuerzo para sacarla? Ahora bien, ¿cuánto más vale un hombre que una oveja? Por tanto, es lícito, en sábado, hacer el bien. (Mateo 12:11-12).
El antinomianismo es la posición que afirma:
No existe ninguna norma, o al menos ninguna norma objetiva. En otras palabras: estamos literalmente sin ley (anti-nomos) que guíe las acciones éticas relevantes. Las supuestas normas éticas que utilizan los hombres carecen de valor objetivo o de relevancia empírica. (GEISLER, 1988, pág. 24).
Mientras que el legalismo apunta hacia un absolutismo ético, el antinomianismo apunta hacia un relativismo ético, afirmando que no existe una base objetiva sobre la cual construir valores. Por tanto, el contenido de la moralidad varía a través del tiempo y el espacio. Cada sociedad tiene su propia moral y valora a veces el placer, a veces la religión, a veces la riqueza. La cuestión del bien y del mal se convierte entonces en una cuestión subjetiva.
Y hablando del bien y del mal, la postura antinomianista tiene entre sus principales representantes al filósofo Friedrich Nietzsche (1844-1900), quien propone la "transmutación de todos los valores", liberando así al hombre de la tiranía de la "moral de rebaño" o sea, la moral cristiana:
¿Qué es bueno? - Todo lo que despierta en el hombre el sentimiento de poder, la voluntad de poder, el poder mismo. ¿Qué es malo? - Todo lo que nace de la debilidad. ¿Qué es la felicidad? - La sensación de que el poder crece, de que las resistencias han sido superadas. No hay satisfacción, pero sí más poder. No la paz ante todo, sino la guerra." (NIETZSCHE, 2003, p. 39).
Nietzsche declara la guerra al cristianismo. Al afirmar que la moral cristiana es una moral de debilidad, rechaza todos los valores absolutos; de hecho su obra El Anticristo (1888) está dedicada a la destrucción de la moral cristiana. En él afirma:
El cristianismo es conocido como la religión de la piedad. La compasión, sin embargo, es deprimente, porque debilita las pasiones vigorizantes que realzan el sentimiento de vivir. [...]. La compasión se opone completamente a la ley de la evolución, a la ley de la selección natural. Ella lucha junto a los condenados por la vida. [...]. En cuanto a los débiles, a los incapaces, a los que perecen: primer principio de nuestra caridad. ¡Realmente necesitamos ayudarlos a desaparecer! (NIETZSCHE, 2003, págs. 39-41).
Ahora bien, "si Dios no existe, entonces todo está permitido". Dostoievski reconoce aquí el principio básico de toda moral cristiana, ¡y es este Dios, el fundamento de la moral cristiana, el que Nietzsche declara que ha muerto! Para Nietzsche, por lo tanto, no existen normas morales absolutas y la visión cristiana del amor como el mayor valor no es más que falsedad.
Si no podemos, como cristianos, aceptar la relatividad absoluta de Nietzsche: ¿deberíamos entonces establecer la norma cristiana como un principio absoluto? Una perspectiva cristiana equilibrada sobre la ética nos hace comprender que no podemos ser legalistas, es decir, absolutistas ilimitados, ni relativistas ilimitados, es decir, antinominalistas como Nietzsche. ¿Qué nos queda entonces? Holmes (1971 apud KNIGHT, 2001) desarrolló un concepto que intenta equilibrar estas dos posiciones en una síntesis coherente con la visión cristiana de la ética, llamado absolutismo limitado.
Sin embargo, antes de detenernos más específicamente en la perspectiva de Holmes, vale la pena señalar que existen otros intentos de equilibrar estos extremos. Entre ellas, podemos mencionar la ética situacional expuesta por Fletcher (1966), que afirma que ¡todo está bien o mal dependiendo de la situación! Según Holmes (apud KNIGHT, 2001), la ética situacional tiene razón al repudiar el legalismo, es decir, el absolutismo ético ilimitado, sin embargo, no logra rechazar las normas y relativizar cada cuestión. ley específica, ya que una perspectiva bíblica sobre la ética nunca separa el amor de la ley. En verdad, el mensaje de Cristo fue que el amor resume los mandamientos, porque "el cumplimiento de la ley es amor".
Una perspectiva ética cristiana en la forma del absolutismo limitado de Holmes "busca situarse entre los peligros del legalismo y el relativismo, y propone una solución "en la que el relativismo está limitado por leyes". (KNIGHT, 2001, p. 190). El absolutismo limitado permite algunos tipos de relativismo, como la aplicación de principios universales a diferentes situaciones; la adopción de diferentes posiciones éticas según períodos históricos específicos y, finalmente, la observación de diferencias en las culturas en lugar de diferencias de principios. Uno de los principales ejemplos de esto es la actitud de Cristo cuando permitió trabajar los sábados en algunas situaciones. El aspecto cultural se manifiesta, por ejemplo, en la norma mantenida por la iglesia, en tiempos de Pablo, de no permitir que las mujeres hablen en la iglesia.
Sin embargo, el absolutismo limitado señala algunos elementos absolutos de los que se pueden derivar principios de conducta, tales como: el carácter inmutable de Dios, que garantiza un fundamento a la norma, y los diez mandamientos, tal como fueron dados en el Sinaí e interpretados por Jesús en el Sermón de la Montaña, que puede aplicarse a cada período histórico concreto.
Es privilegio de todo cristiano y de toda la humanidad vivir una vida ética guiada por la ley más grande que es el amor, ya que la ética cristiana tiene como objetivo último el restablecimiento de la relación con Dios, el bienestar humano a través de la obediencia a los propios. principios para los cuales el hombre fue creado. Vivir de acuerdo con estos principios es vivir una vida plena y abundante, porque "la ley del Señor es perfecta, que restaura el alma" (Salmo 19:7).
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Artículo Publicado originalmente en Ética Pastoral. AllPrint Editora, 2008 (35-52) (Traducción propia)
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