La alienación ¿Podemos Influir?

 LA ALIENACIÓN: ¿PODEMOS INFLUIR?


No existe otra palabra que encierre con mayor precisión o exprese con Nmayor elocuencia el sentido moderno de impotencia que la palabra «alienación». Decir «Estoy alienado» significa: «Ya no puedo relacionarme con la sociedad y lo peor es que no puedo hacer nada al respecto.» Marx popularizó el término. Pero él se refería al sistema económico en el que los obreros estaban alienados de los frutos de su trabajo debido a que los dueños de las fábricas eran quienes vendían los productos. Los marxistas contemporáneos amplían su aplicación. Por ejemplo, Jimmy Reid, un concejal comunista de Glasgow, Escocia, y principal vocero del gremio de estibadores de Upper Clyde, declaró en 1972: «La alienación es el clamor de hombres que se sienten víctimas de fuerzas ocultas que están fuera de su control ..., la frustración de la gente común que es excluida de los procesos de toma de decisión.» 1

De manera que la alienación es la sensación de impotencia económica y política. Las fuerzas inexorables del poder institucionalizado avanzan despiadadamente, y el hombre y la mujer comunes no pueden hacer nada para cambiar su dirección o su velocidad, y menos aun para detenerlas. No somos más que espectadores del desarrollo de una situación en la cual nos sentimos incapaces de influir de modo alguno. Eso es «alienación».

1. Del discurso a los estudiantes, con motivo de su asunción al cargo de rector de la Universidad de Glasgow, abril de 1972.

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A pesar de mi defensa teológica de la teoría democrática, y de mi argumentación acerca de la necesidad de que los cristianos aprovechen el proceso democrático para unirse al debate público, debo admitir que la democracia no siempre resuelve el problema de la alienación y que muchos se decepcionan en la práctica. Este abismo entre la teoría y la práctica es la médula misma del libro de John R. Lucas, Democracy and Participation, que cito en el capítulo anterior. Las personas ejercen su derecho democrático a votar, y por cierto «votar constituye una forma de participación mínima» (p. 166). Sin embargo, de allí en adelante «la democracia se convierte en una autocracia en la cual todas las decisiones excepto una las toma un autócrata, y la única decisión que se deja en manos de la gente es la ocasional elección del autócrata.» Por lo cual llama a la democracia «autocracia electiva», ya que «el grado de participación en el gobierno permitido a la gente es irrisorio». El sistema hace que «el gobierno se vuelva insensible a los deseos de los gobernados y a las demandas de la justicia» (p. 184). Luego, «Si bien la autocracia electiva tiene su aspecto democrático, es profundamente no democrática en lo relativo a la manera y el espíritu en que se toman las decisiones ... Es no participativa» (p. 198). Sin duda esta decepción del funcionamiento real de la democracia es generalizado. Los cristianos deberían compartir la inquietud de ampliar el contexto del debate público, hasta que las discusiones parlamentarias «resuenen en todos los cafés y talleres de la nación». El doctor concluye su libro con una afirmación amena: «la democracia sólo prosperará arraigada en tierra de cafés» (p. 264).

Es triste que muchos cristianos se contagien el espíritu de alienación. «Por cierto», dicen, «la búsqueda de la justicia social nos concierne y no podemos escapar a ese hecho. Pero los obstáculos son enormes. No sólo enfrentamos la complejidad de los problemas (no nos consideramos expertos) sino también el pluralismo de la sociedad (no pretendemos tener el monopolio del poder ni del privilegio) y el dominio de las fuerzas de reacción (no tenemos ninguna influencia). La tendencia descendente de la influencia de la fe cristiana en la comunidad nos ha dejado sin recursos. Además, el ser humano es egoísta y la sociedad está corrompida.»

El primer antídoto contra esa combinación de pesimismo cristiano y alienación secular es la historia. Abundan los ejemplos de cambios sociales que resultaron de la influencia cristiana. Consideremos el caso de Inglaterra. El progreso social allí es innegable, especialmente aquel que resultó del cristianismo bíblico. Pensemos en algunos de los rasgos que deshonraban al país hace sólo dos siglos. El código penal era tan severo que alrededor de 200 ofensas merecían la pena de muerte; con toda justicia se lo llamó «código sangriento». Todavía se defendía la legitimidad y aun la respetabilidad de la esclavitud y el tráfico de esclavos. A los hombres se los reclutaba por la fuerza en

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el ejército o la marina. Las masas populares no recibían educación ni asistencia sanitaria. Más del 10 por ciento de cada generación moría de viruela. Los viajes a caballo o en carruaje eran muy peligrosos debido a los asaltantes de caminos. El feudalismo social confinaba a las personas en un riguroso sistema de clases y condenaba a algunos a la miseria absoluta. Las condiciones en las cárceles, fábricas y minas eran increíblemente inhumanas. Sólo los anglicanos podían ingresar en la Universidad o el Parlamento, si bien algunos disidentes lograban entrar mediante la práctica del «conformismo ocasional». Causa vergüenza que sólo dos siglos atrás tanta injusticia haya empañado la vida de la nación.

Pero la influencia social del cristianismo ha sido mundial. K. S. Latourette la resume en la conclusión de su obra en siete volúmenes History o f the Expansion of Christianity (Historia de la propagación del cristianismo). Se refiere en términos muy favorables a las consecuencias de la vida de Cristo por medio de sus seguidores:

«Ninguna vida en este planeta ha tenido tanta influencia sobre los asuntos de los hombres ... De aquella breve vida y de su aparente frustración ha surgido una fuerza más poderosa que ninguna otra fuerza conocida por la raza humana para librar la prolongada batalla del hombre ... Por medio de ella millones de personas han sido rescatadas del analfabetismo y la ignorancia para transitar el camino de una creciente libertad intelectual y del control de su medio ambiente. Ha contribuido más que cualquier otra fuerza conocida por el hombre a aliviar los males de la enfermedad y el hambre. Ha liberado de la esclavitud a millones de personas y del vicio a otras tantas. Ha defendido a decenas de millones de la explotación. Ha sido la mayor fuente de movimientos a favor de la reducción de los horrores de la guerra y del establecimiento de las relaciones de los hombres y de las naciones sobre la base de la paz y la justicia». 2

De modo que el pesimismo cristiano carece de fundamento histórico. Además es teológicamente inadmisible. Hemos visto que la mente cristiana reúne los acontecimientos bíblicos de la Creación, la Caída, la Redención y la Consumación. Los cristianos pesimistas se concentran en la Caída («los seres humanos son incorregibles») y la Consumación («Cristo volverá para poner todo en orden») y toman estas verdades como una justificación para la desesperanza social. Pero no toman en cuenta la Creación y la Redención. La imagen divina en el ser humano no se ha desvanecido. Aunque hay maldad en los seres humanos, todavía pueden hacer el bien, como jesús lo enseñó

2. K.S.Latourette,History of the Expansion o f Christianity, ensietevolúmenes,Eyre& Spottiswoode, 1945, Vol. 7, pp. 503-504.

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claramente (Mt. 7.11). Y las evidencias que están a la vista lo confirman. Hay personas no cristianas que forman buenos matrimonios, padres no cristianos que educan bien a sus hijos, industriales no cristianos que administran sus fábricas con justicia, y médicos no cristianos que toman el juramento hipocrático como norma y cuidan de sus pacientes a conciencia. Ello se debe en parte a que la verdad de la ley de Dios está escrita sobre los corazones de todos los hombres, y en parte a que cuando la comunidad cristiana encarna los valores del Reino de Dios, las demás personas los reconocen y en cierta medida los imitan. Así es como el evangelio ha dado frutos en la sociedad occidental a lo largo de muchas generaciones. Además, Jesucristo redime a las personas y las hace nuevas. ¿Queremos decir que las personas regeneradas y renovadas no pueden hacer nada para moderar o reformar la sociedad? Esta opinión es monstruosa. El testimonio conjunto de la historia y las Escrituras es que los cristianos han ejercido gran influencia sobre la sociedad. No somos impotentes. Existe la posibilidad de cambio. Nikolai Berdyaev acierta en resumir la situación así:

«La pecaminosidad de la naturaleza humana no implica que las reformas y las mejoras sociales sean imposibles. Sólo implica que no puede existir un orden social absoluto y perfecto ... antes de la transfiguración del mundo».3

Sal y luz

De la historia y las Escrituras pasamos a las expectativas de Jesús para sus seguidores. Su expresión más vívida se halla en el Sermón del Monte, en especial en las metáforas de la sal y la luz:

«Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres.

Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt. 5.13-16).

3. Nikolai Berdyaev, The Destiny of Man, Geoffrey Bles, 1937, p. 281.

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Todos estamos familiarizados con la sal y la luz. De hecho se las encuentra en todos los hogares del mundo. Jesús mismo, de niño en su hogar de Nazaret, a

menudo habrá observado a su madre usar sal en la cocina y encender las lámparas al caer el sol. Conocía su utilidad.

Esas imágenes fueron las que luego utilizó para ilustrar la influencia que él esperaba que ejercieran sus discípulos en la sociedad humana. En aquel tiempo eran sólo unos pocos, el núcleo inicial de la nueva sociedad; sin embargo debían ser sal y luz para el mundo entero. ¿Qué quiso decir? Esto encierra por lo menos cuatro verdades que no pueden pasarse por alto:

1) Los cristianos son fundamentalmente distintos de los no cristianos, o deberían serlo. Ambas imágenes establecen la separación entre ambas comunidades. El mundo está en oscuridad, dice Jesús, pero ustedes han de ser su luz. El mundo está en descomposición, pero ustedes han de ser la sal que detenga ese proceso. En español diríamos que son «como del día a la noche» o «como de lo vivo a lo pintado»; Jesús dijo que diferían como la luz de la oscuridad y la sal de la descomposición. Este es un tema importante en toda la Biblia. Dios está llamando del mundo a un pueblo para sí, y la vocación de su pueblo es la de ser «santo» o «diferente». Una y otra vez les dice: «Sed santos porque yo soy santo.»

2) Los cristianos deben permear la sociedad no cristiana. Si bien los cristianos son (o deben ser) moral y espiritualmente distintos de los no cristianos, no deben segregarse socialmente. Por el contrario, su luz debe brillar en la oscuridad, y su sal debe penetrar en la carne en descomposición. Una lámpara no sirve de nada si se la pone debajo de la cama, y la sal no sirve de nada si permanece en el salero. Asimismo, los cristianos no deben mantenerse al margen de la sociedad, donde no pueden influir, sino que deben sumirse en ella. Han de permitir que su luz brille, para que se vean sus buenas obras.

3) Los cristianos pueden influir en la sociedad no cristiana. Antes de conocerse la refrigeración, la sal era el mejor preservativo. Se la frotaba sobre la carne o el pescado para que se impregnara, o se dejaba la carne sumergida en sal. De esta forma se retardaba el proceso de descomposición, aunque no se interrumpía por completo. La eficacia de la luz es aun más evidente: cuando se enciende la luz, la oscuridad se disipa efectivamente. Jesús parece señalar que del mismo modo los cristianos pueden detener la decadencia social y disipar la oscuridad del mal. William Temple se refiere al «profundo sabor que infunden a la vida y a las relaciones humanas quienes tienen algo de la mente de Cristo».4

Surge la pregunta inevitable de por qué no ha sido mucho más amplia la influencia de los cristianos en el mundo no cristiano. Espero me disculpen mis amigos norteamericanos por tomar como ejemplo los Estados Unidos, aunque en Europa, en principio, la situación es la misma. Las estadísticas del

4. William Temple, Christianity and the Social Order, Penguin, 1942, p. 27.

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cristianismo norteamericano son desconcertantes. A fines de 1979 la revista Christianity Today resume la situación así:

«Sesenta y nueve millones de norteamericanos profesan la fe en Jesucristo. El sesenta y siete por ciento de los norteamericanos actualmente es miembro de alguna iglesia. Según un reciente estudio

Gallup, el cuarenta y cuatro por ciento de la población asiste asiduamente a la iglesia, y cuarenta y cinco millones de norte- americanos mayores de catorce años se consideran «muy religiosos».5

¿Por qué es que este gran ejército de soldados cristianos no ha logrado un éxito mayor en repeler las fuerzas del mal? El futurólogo norteamericano Tom

Sine ofrece esta explicación:

«Hemos logrado con gran eficacia diluir sus (de Cristo) enseñanzas extremistas y truncar su evangelio radical. Eso explica por qué podemos tener una nación con 200 millones de habitantes, 60 millones de los cuales profesa el cristianismo y que, sin embargo, tengan una influencia vergonzosamente insignificante sobre la

moralidad de nuestra sociedad».6

Más importante que las meras cifras de los discípulos profesantes es la calidad de su discipulado (que guarden los valores de Cristo sin claudicaciones) y su ubicación estratégica (que ocupen posiciones de influencia para Cristo).

Como cristianos solemos lamentar la decadencia de las normas del mundo con un aire de consternación farisaica. Criticamos la violencia, la des- honestidad, la inmoralidad, la codicia materialista y la falta de respeto por la vida. «El mundo se está desmoronando», decimos encogiendo los hombros. ¿Quién tiene la culpa? Permítanme expresarlo en estos términos: Si la casa está a oscuras cuando cae la noche, no tiene sentido culpar a la casa, pues eso es lo que sucede cuando baja el sol. La pregunta que se debe hacer es «¿dónde está la luz?» Si la carne se echa a perder y se vuelve incomible, no tiene sentido culpar a la carne, pues eso es lo que sucede cuando se deja que las bacterias se reproduzcan. La pregunta que se debe hacer es «¿dónde está la sal?» Análogamente, si hay un deterioro de la sociedad y una decadencia de valores, hasta parecerse a la oscuridad de la noche o a un pescado pestilente, no tiene sentido culpar a la sociedad, pues eso es lo que sucede cuando se abandona a su propia suerte a hombres y mujeres caídos y cuando no se pone freno al egoísmo humano. La pregunta que se debe hacer es «¿dónde está la Iglesia? ¿Por qué la sal y la luz de Jesucristo no están permeando y cambiando la sociedad?» Sería

S. Christianity Today, 21 de diciembre, 1979.
6. Tom Sine, The Mustard Seed Conspiracy, Word, 1981, p. 113.

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absolutamente hipócrita de nuestra parte que frunzamos el entrecejo y sacudamos la cabeza. El Señor jesucristo nos mandó a nosotros ser sal y luz del mundo. Por lo tanto, si la oscuridad y la corrupción abundan, es nuestra culpa y debemos reconocerla.

4) Los cristianos deben mantener su diferenciación cristiana. Si la sal pierde su sabor, no sirve para nada. Si la luz pierde su luminosidad, deja de ser útil. De manera que nosotros que nos declaramos seguidores de Cristo debemos cumplir dos condiciones si es que hemos de hacer algún bien para él. Por un lado, debemos permear la sociedad no cristiana y sumergirnos en la vida del mundo. Por otro lado, al estar inmersos, debemos evitar la asimilación al mundo. Debemos mantener las convicciones, los valores, las normas y el estilo de vida cristianos. Volvemos a la «doble identidad» de la Iglesia («santidad» y «mundanalidad») que mencionamos en el primer capítulo. Luego, si se pregunta qué son el «sabor» y la «luminosidad» de la santidad cristiana, el resto del Sermón del Monte nos da la respuesta. Pues jesús nos dice que no seamos como quienes nos rodean: «No os hagáis, pues, semejantes a ellos» (Mt. 6.8). En cambio, nos llama a una justicia mayor (del corazón), un amor más amplio (que abarca incluso a los enemigos), una devoción más profunda (la de hijos

que acuden a su Padre) y una ambición más noble (la búsqueda del Reino de Dios y su justicia).' Sólo cuando elijamos su camino y lo sigamos, nuestra sal conservará su sabor, nuestra luz brillará, seremos testigos y siervos eficaces, y ejerceremos una influencia sana en la sociedad.

Este propósito y esta expectativa de Cristo deben bastarnos para superar la sensación de alienación. Tal vez algunos nos aíslen en nuestro trabajo o en la comunidad local. La sociedad secular puede intentar por todos los medios empujarnos a la periferia de sus asuntos. No obstante, debemos rechazar la marginación e intentar alcanzar esferas de influencia para Cristo. La ambición es el deseo de éxito en el logro de objetivos. No tiene nada de malo cuando se encuentra auténticamente subordinada a la voluntad y la gloria de Dios. Es cierto, el poder puede llevar a la corrupción. También es cierto que el poder de Cristo se manifiesta mejor en nuestra debilidad. Y efectivamente seguiremos sintiendo nuestra propia inadecuación. No obstante, por su gracia debemos decidimos a infiltramos en algún segmento secular de la sociedad para alzar allí la bandera de Cristo y sostener sin claudicaciones los valores del amor, la verdad y el bien.

Pero ¿cómo podemos ejercer influencia para Cristo? ¿Qué significa en la práctica ser la sal y la luz del mundo? ¿Qué podemos hacer por el cambio social? Intentaré desarrollar tres caminos, agrupados en tres pares: la oración y la evangelización, el testimonio y la protesta y el ejemplo y los grupos.

7. Mateo 5-7. Ver mi exposición del Sermón del Monte, titulada Contracultura Cristiana, Certeza, 1984.

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La oración y la evangelización

En primer lugar, está el poder de la oración. Ruego que no se deseche esta verdad como si se tratara de un argumento piadoso ya trillado o de una concesión a la tradición cristiana. No lo es. No podemos leer la Biblia sin que nos llame la atención la manera en que se enfatiza constantemente la eficacia de la oración. «La oración eficaz del justo puede mucho», dice Santiago (5.16). En palabras de jesús: «Otra vez os digo, que si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos» (Mt. 18.19). No afirmamos comprender el principio fundamental de la intercesión. Pero de alguna manera nos permite ingresar en el campo de batalla espiritual y adherirnos a los buenos propósitos de Dios, para que su poder sea liberado y los principados del mal queden sujetos.

La oración es una parte indispensable de la vida del cristiano como individuo. También es indispensable para la vida de la iglesia local. Pablo la consideraba prioritaria: «Exhorto ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad. Porque esto es bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador, el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad» (1 Ti. 2.1-4). Aquí se menciona la oración por los líderes nacionales, para que puedan cumplir con su responsabilidad de preservar la paz, y así la Iglesia conserve la libertad para obedecer a Dios y predicar el evangelio. En teoría estamos convencidos del deber de orar. Pero algunos activistas sociales cristianos rara vez se detienen a orar. Y hay iglesias que no parecen tomar en serio la oración. Si en la comunidad (de hecho, en el mundo) hay más violencia que paz, más opresión que justicia, más secularismo que santidad, ¿no será que los cristianos y las iglesias no están orando como deberían?

En el informe de la Consulta internacional sobre la relación entre la evangelización y la responsabilidad social (1982) se hace referencia a la obligación de la Iglesia al respecto en estos términos:

«Nos decidimos y apelamos a nuestras iglesias a darle mayor importancia al período de intercesión en el culto público; a pensar en términos de diez o quince minutos en vez de cinco; a invitar a los laicos a dirigir las oraciones, puesto que a menudo ellos tienen un discernimiento profundo de las necesidades del mundo; y a centrar nuestras oraciones en la evangelización del mundo (territorios cerrados, pueblos que se resisten, misioneros, iglesias nacionales, etc.) y en la búsqueda de la paz y la justicia en el mundo (zonas de tensión y conflicto, liberación del horror nuclear, dirigentes y

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9. Ibid., p. 23.



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gobiernos, los pobres y necesitados, etc.). Anhelamos ver a cada congregación cristiana inclinarse delante del Soberano Señor con una fe humilde y expectante». 8

También nos regocijamos al ver el crecimiento de movimientos paraecle- siásticos cuyo objetivo es estimular las oraciones del pueblo de Dios.

Pasaremos del poder de la oración al poder del evangelio, pues nuestro segundo deber cristiano es la evangelización. Este libro es acerca de la responsabilidad social cristiana, no de la evangelización. Sin embargo, las dos van unidas. Si bien los cristianos tienen diferentes dones y vocaciones, y si bien en determinadas situaciones es perfectamente adecuado concentrarse ya sea en la evangelización o en la acción social por separado, no obstante en general y en la teoría no se las puede separar. Nuestro amor al prójimo se traducirá en una preocupación integral por todas sus necesidades: físicas, espirituales y comunitarias. Es por eso que en el ministerio de Cristo las palabras y las obras eran inseparables. Como lo expresa el Informe de Grand Rapids, la evangeli- zación y la acción social son «como las dos cuchillas de una tijera o las dos alas de un ave».9

Sin embargo, existen dos razones por las que la evangelización debe verse como el preludio necesario y el fundamento de la acción social. La primera es que el evangelio transforma a las personas. Todo cristiano debería ser capaz de repetir con convicción las palabras de Pablo: «no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree» (Ro. 1.16). Lo sabemos por nuestra propia experiencia y lo hemos visto en la vida de otros. Si el pecado es en esencia egocentrismo, luego la transformación de «ego» a «no ego» es un ingrediente fundamental de la salvación. La fe conduce al amor, y el amor al servicio. De modo que la acción social, que es el servicio en amor a los necesitados, debería ser el resultado inevitable de la fe salvadora, aunque debemos reconocer que esto no siempre es cierto.

Existen otras situaciones en las que el cambio social positivo se produce sin relación con iniciativas expresamente cristianas. De modo que no debemos unir la evangelización y la acción social tan indisolublemente como para afirmar que la primera siempre da como resultado la segunda y que la segunda nunca existe independientemente de la primera. De todos modos, existen excepciones que confirman la regla. Seguimos insistiendo en que la evangelización es el principal instrumento de cambio social. Hemos visto que la sociedad necesita sal y luz; pero sólo el evangelio puede generarlas. Esta es

8. Evangelism and Social Responsibility: An Evangelical Commitment, Informe de Grand Rapids, Paternoster Press, 1982, p. 49.



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10. Ibid., p. 24.



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una de las maneras en las que podemos declarar sin avergonzarnos que la evangelización tiene primacía sobre la acción social. Por lógica, «la responsa- bilidad social cristiana presupone cristianos socialmente responsables», y es el evangelio quien los produce.'°

Cuando John V Taylor, Obispo de Winchester, era aún secretario general de la Sociedad Misionera de la Iglesia, describió en la circular de la SMI (mayo 1972) su reacción al libro Calcutta de Geoffrey Moorhouse y a la aparente

desesperanza para los problemas de esa ciudad. «Pero, invariablemente, quien hace que la balanza se incline de la desesperación a la fe es la persona que mantiene la entereza a pesar de las circunstancias.» Dichas personas no están «atrapadas» en la ciudad ni se han «escapado» de ella. «Han trascendido la situación ... Salvación no significa solución, pero la precede y la hace posible ... La salvación personal (salvación de primer orden) sigue siendo la entrada. Es la llave para abrir la puerta del determinismo y hacer posible la `salvación' de organismos e instituciones sociales (salvación de segundo orden) pues permite a las personas trascender la situación.» Hay otra forma en que la evangelización favorece el mejoramiento social. Cuando el evangelio se predica amplia y fielmente, no sólo trae una renovación radical a los individuos, sino también lo que Raymond Johnston ha denominado «un ambiente antiséptico», en el que es más difícil que prosperen la blasfemia, el egoísmo, la codicia, la deshones- tidad, la inmoralidad, la crueldad y la injusticia. Una nación que ha sido permeada por el evangelio no constituye un suelo en el que estas malezas venenosas puedan echar raíces y menos aun crecer frondosas.

Es más, el evangelio que transforma personas también transforma culturas. Uno de los mayores obstáculos para el cambio social es el conservadurismo de la cultura. El desarrollo de las leyes, instituciones y costumbres de una nación lleva siglos; por lo tanto, poseen una intrínseca resistencia a toda reforma. En algunos casos el obstáculo está dado por la ambigüedad moral de la cultura. Todo programa político, sistema económico o plan de desarrollo depende de valores que lo impulsen y lo sustenten. No puede funcionar sin honestidad y cierto grado de altruismo. De manera que, cuando la cultura de una nación (y la religión o ideología que la determina) consiente la corrupción y el egoísmo y no ofrece ningún incentivo al autocontrol y al sacrificio, el progreso resulta completamente trunco. En ese caso la cultura constituye un impedimento para el desarrollo.

El profesor Brian Griffiths hizo una brillante aplicación de este principio al capitalismo y al comunismo en las conferencias sobre cristianismo contem- poráneo realizadas en Londres en 1980 bajo el título de «Moralidad y mercado».



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13. Moralityand the Market Place, pp. 148-9. 14. Ibid., pp. 154-155.



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En su opinión el capitalismo ha perdido su legitimidad y el comunismo es irremediablemente defectuoso. «El capitalismo adolece de una falta de límites adecuados para el ejercicio de la libertad», mientras que el comunismo «adolece de la incapacidad de restringir el impulso al control». Pero esta «incapacidad de resolver la tensión entre la libertad y el control» es la crisis del humanismo secular. En efecto, el capitalismo y el marxismo surgieron de la Ilustración en el siglo XVIII; lo que les falta son valores cristianos."

El último capítulo de la obra de Griffiths se titula «La pobreza del Tercer Mundo y la responsabilidad del Primer Mundo». Presenta su objeción a la

expresión clave empleada por Herr Willy Brandt en la Introducción al Informe de la Comisión Brandt que dice así: «Damos por sentado que todas las culturas merecen igual respeto, protección y fomento.» 12 A lo que Brian Griffiths replica: «Pero no es así. Las culturas son la expresión de valores que configuran las instituciones y mueven a las personas, algunas de las cuales ... fomentan la riqueza, la justicia y la libertad, mientras que otras no lo hacen.» 13

Es absolutamente lógico, pues, que un libro de economía y en particular sobre «La moralidad y el mercado» concluya con un fervoroso llamado a la evangelización del mundo:

El cristianismo comienza con la fe en Cristo y culmina con el servicio en el mundo ... Por esto considero que la evangelización tiene un papel indispensable que desempeñar en el establecimiento de un orden económico más justo. La obediencia a Cristo demanda cambio; pues el mundo se convierte en su mundo; los pobres, los débiles y los que sufren son hombres, mujeres y niños creados a su imagen; la injusticia es una afrenta a su creación. La desesperación, la indiferencia y el sinsentido son reemplazados por la esperanza, la responsabilidad y el propósito; y por sobre todo, el egoísmo es transformado por el amor. 14

Así pues, el evangelio cambia a las personas y las culturas. Esto no significa que el desarrollo sea imposible sin la evangelización, sino que la ausencia de aquellos cambios culturales que trae el evangelio resulta un obstáculo para el desarrollo, mientras que la existencia de estos cambios lo favorece. Aun un grupo reducido de cristianos que participen en la vida pública puede iniciar un cambio social. Pero es más probable que su influencia sea mucho mayor si cuenta con el apoyo popular, como fue el caso de los reformadores evangélicos

11. Brian Griffiths, Morality and the Market Place, «Christian Alternatives to Capitalism and Socialism», Hodder & Stoughton, 1982, p. 69.

12. North-South, «A Programme for Survival», Informe de la Comisión Independiente para el Desarrollo Internacional, presidida por Willy Brandt, Pan Books, 1980, p. 25.



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británicos del siglo XIX. Los cristianos de todos los países deben orar por la amplia aceptación del evangelio. Tal como lo comprendieron los evangélicos norteamericanos del siglo XIX, el avivamiento y la reforma van unidas.

El testimonio y la protesta

Hemos visto que el evangelio es poder de Dios para salvación. Pero, de hecho, toda verdad es poderosa. La verdad de Dios es mucho más poderosa que las maliciosas mentiras del diablo. Nunca deberíamos temer a la verdad. Ni necesitamos temer por la verdad, como si su supervivencia fuese incierta. Pues Dios vela por ella y nunca permitirá que sea suprimida por completo. En palabras de Pablo: «Porque nada podemos contra la verdad, sino por la verdad» (2 Co. 13.8). Y en palabras de Juan: «La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella» Un. 1.5). Solzhenitsyn es un pensador cristiano contemporáneo que está convencido de esto. Su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura (1970) se tituló «Una palabra de verdad». En él admite que los escritores carecen de armas materiales como cohetes o tanques. Y se pregunta: «¿Qué puede hacer la literatura frente a la cruel arremetida de la violencia?» En primer lugar, puede negarse «a tomar parte en la mentira». En segundo lugar, los escritores y artistas pueden «derrotar a la mentira». Pues «una palabra de verdad tiene más peso que el resto del mundo. Y sobre este extraordinario quebrantamiento de la ley de conservación de la masa

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