Pluralismo ¿Podemos imponer nuestro punto de vista?

He llegado a reconocer que debemos involucrarnos. Nos esforzamos por desarrollar un pensamiento cristiano sobre los problemas actuales. En consecuencia, adquirimos convicciones firmes. Pero hay quienes no las comparten. De hecho, los cristianos nos encontramos cada vez en mayor disonancia con la sociedad poscristiana de hoy. ¿Cómo podemos tener influencia sobre nuestra nación para que vuelva a ser más cristiana en sus leyes, sus instituciones y su cultura? ¿Deberían los cristianos tratar de imponer sus puntos de vista a una nación predominantemente no cristiana?

En Europa y Estados Unidos, y en aquellos países miembros del Common- wealth que han heredado la «cultura cristiana» occidental, por cierto debemos entrar en consonancia con el nuevo pluralismo. John Briggs presenta una valiosa reseña histórica de esta evolución en su ensayo «From Christendom to Pluralism» (Del cristianismo al pluralismo). El pluralismo se debe en gran medida a dos factores. El primero es el proceso de secularización, entendido como la disminución de la influencia de la Iglesia sobre los individuos y las instituciones. Resulta sumamente difícil acceder a estadísticas precisas y no menos interpretarlas. Sin embargo, parece estar claro que la membresía de las iglesias protestantes de Inglaterra, Gales y Escocia ha descendido de un 13% de la población en 1920 a un 8% en 1970, lo cual representa una disminución del 40% de los miembros en cincuenta años. Por otra parte, durante los once años del período 1971-1981, 828 iglesias fueron declaradas prescindibles y fueron destinadas a otros fines (cultural, residencial, etc.) o se dispuso su demolición. Es cierto que la marea parece haber comenzado a repuntar. De acuerdo con el estudio más reciente del Departamento de Investigación de las Sociedades Bíblicas, publicado en 1983, el 15% de la población inglesa afirma que concurre a la iglesia una vez por semana o más.2No obstante, a diferencia de la situación hace medio siglo, sin mencionar el siglo pasado, no cabe duda de que la Iglesia ha perdido terreno considerablemente.
Paralelamente a la decadencia cristiana se ha producido un aumento de opciones no cristianas. Así, la segunda causa del pluralismo es la liberalidad de las políticas inmigratorias durante los primeros años de la posguerra. En consecuencia, la población de la mayoría de los países occidentales hoy comprende considerables grupos étnicos originarios de Africa, Asia, el Medio Oriente y el Caribe. Esto nos permite a todos participar de la riqueza que representa la diversidad cultural. Pero también lleva a la competencia religiosa y por consiguiente a las demandas de reconocimiento en el sistema educativo, las leyes y las instituciones del país. La composición adulta de los grupos religiosos no cristianos en el Reino Unido en 1980 era la siguiente: 

Musulmanes 600.000 
Sikhs 150.000 
Judío 110.000 
Hindúes 120.000 
Mormones 91.032 
Testigos de Jehová 85.321

La suma de todos los miembros adultos de las minorías religiosas no cristianas del Reino Unido (incluidos los grupos espiritualistas, de la Ciencia Cristiana, etc.) asciende a casi 11/2 millón, que es casi el doble de la membresía adulta de la Iglesia Metodista y Bautista del Reino Unido juntas. En cuanto a los no creyentes, como las estimaciones más generosas de las comunidades religiosas en su conjunto (incluidos los niños y los adherentes no practicantes) son de un 73% de la población, debe de haber un 27% que no profesa ninguna religión.

En otras partes del mundo, aunque los cristianos constituyen una minoría importante, la cultura predominante es hindú o budista, judía o islámica, marxista o secular. Los cristianos del Reino Unido enfrentan el mismo dilema, quizá de manera más crítica. En muchos puntos consideran que conocen la voluntad del Señor. Asimismo creen que como cristianos tienen el deber de orar y trabajar para que la voluntad de Dios se cumpla. Sin embargo, ¿deberían tener la esperanza de imponer sus convicciones a los no cristianos? Si fuese posible, ¿sería deseable? Aun cuando pudieran, ¿deberían intentarlo?

Las dos reacciones más comunes a estas preguntas representan extremos opuestos. Uno es la «imposición»: el intento de obligar a la gente a aceptar el camino cristiano, a manera de cruzada, mediante la legislación. El otro es el «laissez faire»: la decisión derrotista de dejar que la gente siga con su estilo de vida no cristiano, sin interferir ni tratar de influir sobre ella de ninguna manera. Debemos examinar cuidadosamente estas alternativas por medio de algunos ejemplos históricos y así prepararnos para considerar una opción mejor.

La imposición

Algunos cristianos tienen un encomiable celo por Dios. Creen en la revelación y les preocupa profundamente la verdad y la voluntad de Dios reveladas. Anhelan que la sociedad las refleje. El deseo de alcanzar ese objetivo por la fuerza es una tentación comprensible.

La primera ilustración histórica que consideraremos es la Inquisición en Europa, que fue un tribunal especial establecido en el siglo xiii por la Iglesia Católico Romana para combatir la herejía. En primer lugar se emprendía la búsqueda de los sospechosos de herejía, luego se les requería para que confesaran, y si se negaban, iban a juicio. En 1252 la bula «Ad Extirpanda» del Papa Inocente IV autorizó la tortura además de los juicios. El castigo a los herejes impenitentes consistía en la excomunión, la prisión, la confiscación de bienes, o la entrega en manos del Estado para que murieran en la hoguera. La Inquisición duró alrededor de 300 años. Fue suprimida en 1542, aunque la Inquisición Española (la más cruel), instituida a fines del siglo XV por Fernando e Isabel por razones de seguridad nacional, en especial contra los judíos, moros y protestantes, fue abolida tan sólo en el año 1834. Hoy los cristianos de todas las tradiciones se avergüenzan de que tales métodos se hayan utilizado en el nombre de jesucristo. La Inquisición fue un período que empañó la historia de la Iglesia y que nunca se debe repetir. Pero aún hoy las dictaduras de las extremas izquierda y derecha tratan de exigir la adhesión y de suprimir la oposición por la fuerza. Pero todos los cristianos sostienen que el totalitarismo y la tortura son absolutamente incompatibles con la mente y el espíritu de Jesús.

El segundo ejemplo histórico, más reciente, es el Prohibicionismo en los Estados Unidos; a saber: la proscripción de la manufactura y venta de alcohol. El Partido Nacional Prohibicionista fue formado en 1869 por un grupo de protestantes blancos. Los móviles eran muy loables. Consternados por el incremento en los niveles de consumo de alcohol y de alcoholismo, especialmente entre los inmigrantes pobres, y considerándolo una amenaza al orden público, emprendieron una campaña para lograr la prohibición total de las bebidas alcohólicas. En 1895 un grupo de líderes eclesiásticos fundaron el «Anti-Saloon League of America» (Liga contra los bares) y en 1919, después de alrededor de veinticinco años de campaña, el Congreso sancionó la décimo octava enmienda a la Constitución, que prohibía la fabricación, la venta y el transporte de alcohol. Entró en vigencia un año más tarde, y al cabo de dos años ya había sido ratificada por cuarenta y seis de los cuarenta y ocho estados.

Sin embargo, el resultado fue que la ley fue ampliamente quebrantada. Los «bootleggers» contrabandeaban, fabricaban y vendían bebidas ilegalmente, y prosperaron los «speakeasies» (negocios que vendían alcohol clandestinamente). En consecuencia, en 1933, trece años después de que comenzara la llamada «Experiencia noble», la décimo octava enmienda fue anulada por la vigésimo primera firmada por el Presidente Roosevelt, y el Prohibicionismo llegó a su fin. Lejos de eliminar el abuso de alcohol, lo había provocado y aumentado. Además, las leyes habían caído en desprestigio.

¿El Prohibicionismo fue una imposición o una elección? Hay opiniones encontradas al respecto. Los partidarios de la ley seca sostienen que tuvo consenso nacional; los antiprohibicionistas afirman que se obtuvo sólo por medio de la acción legislativa, no por el voto popular directo, y en un momento en que la nación estaba preocupada por el ingreso de los Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial. John Kobler escribe: «Las evidencias accesibles no confirman ninguna de las dos posturas. Excluyen las respuestas terminantes y dejan el problema sin resolver.» No obstante, concluye su investigación histórica con estas palabras: «En suma, parece ser que la Norteamérica rural, agrícola, con su población predominantemente norteamericana nativa y protestante, impuso la prohibición a la Norteamérica urbana, industrial, con su heterogeneidad de razas, religiones y trasfondos extranjeros.» (John Kobler, Ardent Spirits, Michael Joseph, 1974, 216-217).

Al reflexionar sobre estos dos ejemplos, uno europeo y otro norteamericano, advertimos que la Inquisición fue un intento de imponer una creencia y la Prohibición, un intento de imponer una conducta. Ambos resultaron infructuosos, pues no se puede obligar a la gente a que crea algo que no cree, ni a comportarse de una manera que no desea. Del mismo modo, pensar hoy que podemos hacer que Europa acepte las convicciones y normas cristianas es completamente irrealista. Es la nostalgia absurda por un cristianismo que hace ya mucho tiempo ha desaparecido.

Laissez-faire

El concepto opuesto a «imposición» que proponemos es el de «laissez-faire». El término se empleó originalmente en el siglo XVIII para hacer referencia a los economistas del libre comercio, y era el concepto imperante en la sociedad del siglo XIX. Entonces no tenía la connotación de indolencia. Por el contrario, era una creencia bien fundada en la no intervención del gobierno. El uso de la palabra ha cambiado a lo largo de los siglos, y actualmente en el lenguaje popular describe una actitud de apatía e indiferencia. Se aplica tanto a los gobiernos como a los ciudadanos. De acuerdo con esta actitud, lejos de imponer nuestro punto de vista, ni siquiera lo difundiremos ni lo recomendaremos. No molestaremos a los demás, dejaremos que se ocupen de sus propios asuntos, así como nosotros esperamos que nos dejen ocuparnos de los nuestros. Los cristianos han justificado su actitud de laissez-faire aduciendo tolerancia. Ciertamente los cristianos deben ser tolerantes y respetar a quienes piensen y actúen de un modo diferente de ellos. También socialmente tolerantes, es decir que anhelemos ver que las minorías políticas y religiosas sean aceptadas en la comunidad y protegidas por la ley, así como en una nación no cristiana la minoría cristiana espera tener libertad legal para profesar, practicar y difundir el evangelio. Pero ¿cómo podrán los cristianos tener tolerancia intelectual hacia determinadas opiniones, a sabiendas de su falsedad, y hacia determinadas acciones, a sabiendas de su maldad? ¿En qué clase de indulgencia amoral incurrirían? Ante Dios, las sociedades son de olor agradable o nauseabundo. El no permanece indiferente ante asuntos de justicia social; ¿cómo, pues, podrá su pueblo? Permanecer callado y pasivo cuando abundan el error y la maldad acarrea consecuencias graves. Pues en ese caso la alternativa cristiana no tiene representación y pierde el caso. ¿No será que los cristianos al no alzar la voz por Cristo son, al menos en parte, responsables de que Inglaterra haya soltado las amarras cristianas y se haya ido a la deriva?

El ejemplo más sombrío del laissez-faire cristiano es el silencio de las Iglesias alemanas frente al trato de los nazis para con los judíos. Es una historia larga y funesta que está ampliamente documentada en la obra de Richard Gutteridge Open Thy Mouth for the Dumb (Abre tu boca por el mudo) ( Richard Gutteridge, Open Thy Mouth for the Dumb, Basil Blackwell, 1976). 

Los orígenes de la complicidad cristiana se remontan al siglo XIX, cuando el cristianismo se identificó con un patriotismo místico alemán, que se acentuó después de la Primera Guerra Mundial. Fue en ese tiempo que se hicieron varios intentos errados de teologizar el valor inherente del «Volk» ario. Por ejemplo, en 1932 Paul Althaus escribía: «Es la voluntad de Dios que conservemos la pureza de nuestra Raza y nuestro Pueblo (Volkstum), que sigamos siendo alemanes y que no nos volvamos un pueblo bastardo con mezcla de sangre judía y aria. »  Richard Gutteridge, Open Thy Mouth for the Dumb, Basil Blackwell, 1976, 48).

En esa época la Iglesia parecía estar aliada al Movimiento Nacional Socialista. Sólo unas pocas voces valientes (como la de Karl Barth y Paul Tillich) se alzaron en protesta. Pero, entretanto, el «Movimiento de Fe de los Cristianos Alemanes», patrocinado por el Partido Nazi, sostenía la teoría de la supremacía de la raza aria.

Después de que Hitler asumiera el poder en 1933 se sancionó una ley para depurar el Estado, eliminando a los funcionarios públicos que no fueran de raza aria, y por increíble que pueda parecer, los «cristianos alemanes» racistas querían aplicar esa «cláusula aria» a la Iglesia. Varios sínodos la adoptaron, frente a la oposición de hombres como Martin Niemoller, Walter Künneth, Hans Lilje y Dietrich Bonhoeffer. Sin embargo, «la Iglesia Evangélica nunca se pronunció oficialmente en contra de la legislación aria en general». Bonhoeffer se consternó profundamente por el silencio de la Iglesia y a menudo citó Proverbios 31.8:. «Abre tu boca por el mudo. » (Richard Gutteridge, Open Thy Mouth for the Dumb, Basil Blackwell, 1976, 128).

En la terrible masacre de noviembre de 1938 fueron incendiadas 119 sinagogas (76 de las cuales fueron destruidas completamente), fueron arrestados veinte mil judíos, fueron saqueados negocios y destacados ciudadanos judíos fueron humillados públicamente. El pueblo en general se horrorizó, y algunos líderes religiosos protestaron. Pero «la Iglesia Evangélica en conjunto en ninguna oportunidad alzó la voz para manifestar su horror e indignación, y la Iglesia Católica permaneció casi en absoluto silencio, y su jerarquía no pronunció palabra.» (Richard Gutteridge, Open Thy Mouth for the Dumb, Basil Blackwell, 1976, 181).

La atroz «solución final» por la cual Hitler ya se había decidido antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial, comenzó a aplicarse en 1941. Pero sólo dos años después, en una conferencia de líderes luteranos, se resolvió denunciar al gobierno del Reich por las atrocidades del antisemitismo. Richard Gutteridge resume su tesis de la siguiente manera: «La Iglesia como tal no encontró una palabra decisiva de las Escrituras para acometer el problema globalmente ... A lo largo del conflicto nadie hizo una denuncia directa y terminante contra el antisemitismo como tal desde una posición de autoridad. » (Richard Gutteridge, Open Thy Mouth for the Dumb, Basil Blackwell, 1976, 268).

Barth lo llamó «el pecado contra el Espíritu Santo» y un «rechazo de la gracia de Dios». (Richard Gutteridge, Open Thy Mouth for the Dumb, Basil Blackwell, 1976, 298).

Hubo otros líderes de la Iglesia que fueron igualmente valientes, y pagaron un alto precio por su coraje. Pero poco después de la guerra, cuando se reunieron los líderes de las Iglesias Evangélicas y emitieron la «Declaración de Stuttgart», tuvieron que admitir que: «es nuestra autoacusación por no haber hecho una confesión más valiente.» (Richard Gutteridge, Open Thy Mouth for the Dumb, Basil Blackwell, 1976, 299).

Gutteridge concluye diciendo:
«El mayor fracaso de la Iglesia no fue que los obispos y sínodos no se hayan pronunciado públicamente, si bien ello contribuyó al fracaso, sino que lo que faltó fue un estallido espontáneo en algún momento del común de los cristianos sinceros ... Una manifestación pública, visible y generalizada de justa indignación hubiera requerido seria consideración por parte de los líderes nazis, y seguramente habría tenido un efecto profundo, puesto freno a los excesos y las brutalidades más inicuas, y aun causado la caída de tan monstruosa y amoral tiranía.» (Richard Gutteridge, Open Thy Mouth for the Dumb, Basil Blackwell, 1976, 304).

La historia relatada por Richard Gutteridge habla por sí sola. No necesito agregarle comentario alguno. La complicidad de los «cristianos alemanes», que omitieron elaborar una crítica bíblica del flagrante racismo nazi, debería bastar para desterrar el laissez-faire para siempre. ¿No podrían haber evitado el Holocausto?

Persuasión

Mejor que los extremos de la «imposición» y el «laissez-faire» es la estrategia de «persuasión» mediante la argumentación. Este es el método empleado por la mente cristiana, pues surge naturalmente de las doctrinas bíblicas de Dios y del hombre.

El Dios vivo de la revelación bíblica, que creó y sostiene el universo, se propuso originalmente que los seres humanos a quienes creó vivieran en comunión y amor. Es más, su justicia es una expresión esencial de su amor. Dios ama la justicia y odia la opresión. Defiende la causa del pobre, el extranjero, la viuda y el huérfano. El da de comer al hambriento, viste al que está desnudo, sana al enfermo, va en busca del que se perdió. El quiere que toda la humanidad se salve y llegue a conocer la verdad en su Hijo Jesucristo. Esta visión bíblica de Dios afecta profundamente nuestra actitud hacia la sociedad, dado que el interés de Dios se transforma en el interés de su pueblo. Nosotros también hemos de respetar a los hombres y mujeres creados a imagen de Dios, buscar la justicia, odiar la injusticia, atender a los necesitados, velar por la dignidad del trabajo, reconocer la necesidad de reposo, mantener la santidad del matrimonio, tener celo por el honor de Jesucristo, y anhelar que toda rodilla se doble delante de él y toda lengua le confiese. ¿Por qué? Porque todos estos son los intereses de Dios. ¿Cómo podemos aceptar aquello que le disgusta profundamente, o fingir indiferencia hacia aquello con lo que Dios tiene un compromiso profundo? La política del laissez-faire es inconcebible para los cristianos que sostienen una doctrina bíblica de Dios.

Luego, la política de la imposición es inconcebible para quienes sostienen una doctrina bíblica del hombre. Pues Dios creó al hombre y a la mujer como seres responsables. Les dijo que fructifiquen (que ejerciten sus capacidades de procreación), que sojuzguen la tierra y gobiernen sus criaturas, que trabajen y descansen, y que lo obedezcan («puedes comer ... no comerás...»). Estos mandatos carecerían de sentido si Dios no hubiera dotado al hombre de dos dones únicos: conciencia (para discernir entre las opciones) y libertad (para elegir entre ellas). El resto de la Biblia lo confirma. A lo largo de las Escrituras se presupone que los seres humanos son seres morales, responsables de sus acciones. Conocen la ley moral pues está «escrita en sus corazones», se los exhorta a obedecer y se les advierte del castigo por la desobediencia. Pero nunca se los obliga. Nunca se emplea la coacción. Sólo la persuasión mediante la argumentación: «El Señor dice: 'Vengan, vamos a discutir este asunto'»(Isaías 1:18 VP).

El fundamento básico de esto es que la conciencia humana ha de ser tratada con el mayor de los respetos. Pablo expresa su decisión de procurar «tener siempre una conciencia sin ofensa ante Dios y ante los hombres» (Hechos 24:16). Tiene mucho que decir además acerca de la conciencia de los demás. Puede ser «fuerte» (bien cultivada y libre) o «débil» (excesivamente propensa a sentir escrúpulos). Pero cualquiera sea el estado de conciencia de alguien, aun cuando esté equivocado, debe ser respetado. La conciencia débil ha de ser fortalecida, y la conciencia engañosa, iluminada; la intimidación no debe existir. Sólo en situaciones extremas se debe inducir a alguien a actuar contra lo que le dicta su conciencia. Las conciencias se deben educar y no violentar. Este principio, que surge de la doctrina cristiana del hombre, debe influir sobre nuestra conducta y sobre las instituciones sociales. Es la razón por la cual los cristianos se oponen a la autocracia y apoyan la democracia. La autocracia aplasta conciencias; la democracia (al menos en teoría) las respeta, ya que los gobiernos democráticos derivan «su justo poder del consentimiento de los gobernados» (Declaración de la Independencia de los Estados Unidos). No obstante, una vez que una ley ha sido promulgada (tanto en una democracia como en una autocracia), todos los ciudadanos tienen la obligación de obedecerla. No pueden hacer lo que les plazca. Pero en asuntos de gran peso (como la incorporación en tiempos de guerra) un gobierno civilizado permitirá la «objeción por asuntos de conciencia». Esta provisión también es fruto de una mente cristiana.

Así pues, las doctrinas bíblicas de Dios y del hombre guían nuestra conducta en una sociedad pluralista; la primera excluye el laissez-faire, y la segunda, la imposición. Porque Dios es quien es, no podemos permanecer indiferentes cuando su verdad y su ley son burladas; pero porque el hombre es quien es, no podemos tratar de imponerlas por la fuerza.

¿Qué, pues, debemos hacer los cristianos? Debemos tratar de educar la conciencia pública para que conozca y desee la voluntad de Dios. La Iglesia debería proponerse actuar como la conciencia de la nación. Si no podemos imponer la voluntad de Dios por medio de las leyes, tampoco podemos convencer a la gente simplemente mediante el uso de citas bíblicas. Pues estos son ejemplos de «autoridad impuesta desde arriba», que provoca resentimiento y resistencia. Resulta más eficaz la «autoridad que surge desde abajo», la verdad y el valor inherentes a algo que es evidente por sí mismo y que por lo tanto demuestra su propia validez. (No es que las dos clases de autoridad sean incompatibles -la autoridad de Dios está compuesta de ambas clases.) Este principio se aplica tanto a la evangelización como a la acción social.
En la evangelización no debemos tratar de obligar a la gente a creer en el evangelio, ni permanecer callados como si su respuesta nos fuera indiferente, ni depender exclusivamente de la proclamación dogmática de textos bíblicos (si bien la exposición bíblica con autoridad es vital); más bien, al igual que los apóstoles, procuraremos razonar con la gente a partir de la naturaleza y de las Escrituras, presentando el evangelio de Dios mediante la argumentación racional.

Asimismo, en la acción social no debemos tratar de imponer las normas cristianas a la fuerza a un público renuente, ni permanecer callados e inactivos frente al derrumbamiento contemporáneo, ni atenernos exclusivamente a la declaración dogmática de los valores bíblicos; más bien procuraremos razonar con la gente acerca de los beneficios de la moralidad cristiana, presentando la ley de Dios mediante la argumentación racional. Creemos que las leyes de Dios son buenas en sí mismas y de aplicación universal, porque lejos de ser arbitrarias, son apropiadas para los seres humanos que Dios ha creado. Así lo afirmó Dios desde un principio. El las dio, según él mismo lo dijo, «para que les vaya bien» (Dt. 10.13 VP), y exhortó a la gente a obedecerlas «para que a ellos y a sus hijos les fuese bien para siempre» (Dt. 5.29ss.). Había, pues, una correspondencia directa entre lo «bueno y lo recto ante los ojos de Jehová» y el bien de ellos (Dt.12.28). Lo «bueno» y el «bien» coincidían. Es más, creemos que todos intuyen esta verdad. Pero ya sea porque no pueden o porque no quieren reconocerla, debemos esgrimir argumentos para demostrar que las leyes de Dios son para el bien de los individuos y de la sociedad.

Por lo tanto, necesitamos de la apologética doctrinal en la evangelización (una defensa fundamentada de la verdad del evangelio) y de la apologética ética en la acción social (una defensa de la bondad de la ley moral). La Iglesia y el mundo de hoy necesitan con urgencia las dos clases de apologistas.

Ejemplos de persuasión por argumentación

Consideremos algunos ejemplos. Comenzaremos por un tema sumamente controvertido: la educación moral y religiosa. Naturalmente, en los Estados Unidos debido a la rigurosa separación de Iglesia y Estado, no se permite la enseñanza religiosa en las escuelas públicas. Pero en Inglaterra, como la Iglesia fue la pionera en la educación, sucesivas leyes educativas han estipulado que las escuelas del estado proporcionen instrucción religiosa. La famosa Ley de Educación de 1944, impulsada en el Parlamento por R. A. Butler, estableció la obligatoriedad de una reunión de adoración conjunta diaria y la enseñanza de religión según un programa convenido. En los cuarenta años que han transcurrido desde entonces, como la influencia de la Iglesia ha disminuido, y la sociedad se ha vuelto más pluralista, el humanismo secular ha cobrado mayor preponderancia. Actualmente la opinión general reclama el estudio comparado de distintas religiones, ideologías y sistemas morales, sin que se dé tratamiento preferencial a ninguno. Esta demanda es comprensible. Por cierto, no deberíamos obligar a niños judíos o musulmanes, por ejemplo, a recibir educación cristiana (la ley Butler incluía una cláusula de conciencia a tal efecto), y deberíamos concebir la manera en que esos niños puedan ser educados en su propia religión, si ellos y sus padres así lo desean (la ley Butler estipulaba el dictado de clases especiales para cada religión). ¿Pero qué diremos de la actitud, el espíritu y el enfoque general de la escuela? La educación es el proceso de facilitar el crecimiento de las personas hacia la madurez. Pero no podemos definir la madurez sin antes definir qué es ser persona, y no se puede definir lo que es ser persona sin una referencia a los valores de creencia y comporta- miento, es decir, a la religión y a la moral. ¿Qué valores se deberán enseñar y propiciar, pues? El enfoque por el cual los niños son sometidos al estudio de toda la gama de religiones para que después escojan una es irresponsable, ya que los niños carecen del criterio necesario para elegir y necesitan que se los ayude a evaluar lo que se les presenta. Yla neutralidad resulta imposible. La educación libre de valores es una contradicción en sí misma. Si no se propician los valores cristianos, éstos serán reemplazados por los seculares. ¿En que se funda, pues, el argumento a favor de la educación cristiana en la Inglaterra pluralista? No podemos basar nuestro argumento en la unicidad y finalidad de Cristo, por fuerte que sea nuestra fe en él. La defensa de la orientación cristiana de la educación puede basarse en por lo menos tres argumentos:

1) La gran mayoría de residentes ingleses aún siguen siendo cristianos, nominales al menos. Si bien según la encuesta de las Sociedades Bíblicas de 1983, sólo el 15% de la población va a la iglesia una vez por semana o más, el 64% se considera afiliado a la Iglesia Anglicana, y si se agregan las Iglesias Católico Romanas y las Libres, el 84% de la población se considera asociado a una Iglesia cristiana. Esta mayoría tal vez deba describirse como silenciosa, inactiva y no comprometida. Pero es una significativa señal de la dirección en que se inclinan las simpatías.

2) Otro punto es la aceptación. El cristianismo puede reclamar tratamiento preferencial porque ha pasado por pruebas que, sumadas a la consiguiente aceptación, han sido más prolongadas (históricamente) y más extendidas (geográficamente) que toda otra religión o ideología. El hinduismo es más antiguo pero está circunscripto mayormente a la India y a los hindúes de la dispersión. Si bien se podría afirmar que el marxismo es una ideología de alcance mundial como el cristianismo, surgió hace sólo un siglo y no ha soportado pruebas tan rigurosas.

3) El cristianismo está en la base misma de la herencia cultural británica. Es el elemento de ligazón que da cohesión a la historia, las leyes, las instituciones y el estilo de vida nacional británico. Aun los inmigrantes y las minorías étnicas de ciudadanía británica que profesan otra religión deberían recibir instrucción acerca de los orígenes y la cultura de su país de adopción.

Pasemos de la educación a la ética sexual, el segundo ejemplo que consideraremos. Las normas cristianas de castidad antes del matrimonio y fidelidad dentro de él son cada vez más desafiadas y repudiadas. La promiscuidad sexual se está extendiendo. La convivencia experimental antes del matrimonio no sólo es ampliamente practicada sino también recomendada. La cohabitación sin matrimonio, ya no sólo en el antiguo sentido de matrimonio de facto sino en el sentido de prescindir por completo del matrimonio como una costumbre obsoleta, ya casi no provoca desaprobación social. El trueque de esposas se considera un juego entretenido. Es cada vez más común el «matrimonio abierto», en el cual el marido sabe que su mujer tiene otros compañeros sexuales y la mujer sabe lo mismo del marido, y los dos lo aprueban y lo alientan. En ciertos casos se considera «enriquecedora» la experiencia de tener una serie de matrimonios sucesivos mediante el divorcio fácil (el sufrimiento de los hijos no se toma en cuenta o se racionaliza), y la pareja homosexual se considera cada vez más una alternativa legítima al matrimonio heterosexual.

Frente a esta revolución sexual, los cristianos deberían obedecer ellos mismos las inmutables normas de la ley de Dios y darlas a conocer a otros. Sin embargo, no bastará con subir al Monte Sinaí y proclamar los Diez Mandamientos desde ese pináculo de autoridad. El hecho de que las personas se conviertan y regeneren (lo cual sigue siendo nuestra principal preocupación) no significa que no necesiten razones para obedecer. ¿Qué argumentos esgrimiremos, pues? El primero es antropológico. Raymond Johnston, Director de CABE, fue quien en sus Ponencias sobre el cristianismo contemporáneo, en Londres en 1978, me dio a conocer el libro Sex and Culture (Sexo y cultura, 1934) de J. D. Unwin. Johnston la considera «una de las obras monumentales de la antropología comparada».(O. R. Johnston, Who Needs the Family?, Hodder & Stoughton, 1979, 43-46). 

Unwin confiesa que comenzó su investigación «con una actitud objetiva e imparcial». Libre de ideas preconcebidas y sin saber adónde lo conducirían sus investigaciones, quería someter a prueba el supuesto de la existencia de una relación entre la civilización y el autocontrol sexual. Estudió ochenta sociedades primitivas y dieciséis sociedades civilizadas y descubrió que la energía cultural de una sociedad (expresada en el arte, la ciencia, la tecnología, etc.) es mayor en la medida en que se controla la energía sexual.

Su estudio de determinadas «sociedades vigorosas» reveló que «en todos los casos se reducía la oportunidad sexual al mínimo mediante la adopción de la monogamia absoluta; en todos los casos la continencia obligatoria daba como resultado una gran energía social. El grupo que dentro de la sociedad experimentaba mayor continencia presentaba más energías y dominaba la sociedad». A la inversa, en los casos en que se alteraba la monogamia, disminuía la energía cultural de la sociedad. La conclusión del libro es que si una sociedad vigorosa «desea mantener su energía productiva por un largo tiempo», debe regular las relaciones entre los sexos mediante la práctica de la monogamia. De ese modo «la tradición heredada se enriquecerá continuamente, se logrará una cultura más elevada que la alcanzada hasta el momento, por la acción de la entropía (la generación de nueva energía cultural) se acrecentarían sus tradiciones y se perfeccionarían hasta sobrepasar nuestra comprensión actual» (J. D. Unwin, Sex and Culture, OUP, 1934, 411-412, 431-432).

Asimismo, Freud enseñó que existe una íntima relación entre la prosperidad de la cultura y la restricción de los instintos.

A esta evidencia sociológica puede sumarse un argumento psicológico. Es bien sabido que las experiencias sexuales del varón y de la mujer son diferentes.

El apetito sexual masculino es mayormente físico, se despierta y se satisface rápidamente. En cambio, para la mujer la relación sexual no es una experiencia que en sí misma satisfaga plenamente pues despierta otros deseos que no se satisfacen tan fácilmente: el deseo de la seguridad de tener marido, hogar e hijos. Cuando un hombre alimenta tales deseos, sin tener la intención de responder a ellos, comete una crueldad. (Ver Hugh Arthur, Sex and Society, Presbyterian Church of England, 1969).

Recientemente leí una confirmación de este argumento, en un lugar insospechado: la revista norteamericana para jovencitas Seventeen, en su número de noviembre de 1977. Incluía un artículo titulado «El argumento en contra de la cohabitación», que consistía en una entrevista a la doctora Nancy Moore Clatworthy, socióloga de la Universidad del estado de Ohio en Columbus, Ohio. Dedicó diez años al estudio del fenómeno de las parejas que conviven sin casarse. Al empezar estaba predispuesta a favor. Los jóvenes le habían asegurado que era «maravilloso» y ella les había creído. Le parecía un arreglo «sensato», «un paso útil dentro del noviazgo» durante el cual las parejas se llegaban a conocer. Pero su investigación (que comprendió el estudio de centenares de parejas, casadas y solteras) la hizo cambiar de opinión. «Vivir juntos no da los resultados que la gente dice que da», afirma la doctora. El problema se presentaba en especial en las chicas, quienes estaban ansiosas, temerosas y contemplando «más allá de la retórica, el posible dolor y agonía». Llegó a dos conclusiones en particular. La primera se refiere a los problemas. «En el área de la adaptación, la felicidad y el respeto», las parejas que habían convivido antes de casarse tenían más problemas que las que se habían casado antes. También discutían más sobre asuntos tales como el dinero, los amigos y el sexo. «Las parejas que habían vivido juntas antes del matrimonio en todas las áreas disentían más a menudo que las parejas que no habían convivido sin casarse.» La doctora concluye que era evidente que vivir juntos antes de casarse no resuelve los problemas. La segunda conclusión de la doctora Clatworthy es acerca del compromiso en la relación. «El compromiso es la expectativa que una persona tiene del éxito de una relación ... El compromiso es lo que hace que funcione un matrimonio, una pareja o cualquier otra relación humana.» Pero «saber que algo es transitorio afecta el grado de compromiso». Por lo tanto las parejas que conviven sin casarse no invierten todos sus esfuerzos para nutrir y proteger su relación, y por consiguiente el 75% se separa. Son especialmente las muchachas quienes resultan lastimadas. Nancy Clatworthy concluye afirmando: «Según indican las estadísticas, quienes se casan tienen ventaja sobre aquellos que conviven sin casarse. Para aquellos que están enamorados todo lo que no llega a ser un compromiso pleno es igual a la falta absoluta de compromiso.»

Cuando la antropología, la sociología y la psicología apuntan todas en la misma dirección, el argumento es contundente. No deberíamos temer usarlo.

Tampoco debería sorprendernos tal convergencia, porque Dios ha escrito su ley en dos lugares: sobre tablas de piedra y en el corazón del hombre (Romanos 2:14ss.). De manera que la ley moral no es ajena a los seres humanos. Es la «ley natural». Existe una correspondencia fundamental entre las Escrituras y la naturaleza. La enseñanza religiosa y la moralidad sexual son sólo dos ejemplos de la necesidad de esgrimir argumentos al defender y promover la ética social cristiana. Debemos tratar de elaborar la misma estrategia en todas las esferas. La «teoría de la guerra justa», por ejemplo, no es una línea de pensamiento expresamente cristiana. Si bien fue desarrollada por grandes pensadores cristianos como Agustín y Tomás de Aquino, sus orígenes se remontan a Platón, Aristóteles y Cicerón de la Grecia y Roma antiguas. Es, pues, una tradición que ha sido perfeccionada y enriquecida mediante las Escrituras. Muchos no cristianos reconocen que es razonable, aun sin aceptar la autoridad de las Escrituras.

Existen posibilidades de unirnos a los no cristianos en asuntos de interés común y colaborar con ellos en la defensa de los derechos humanos y la preservación del medio ambiente. El respeto por los derechos humanos es una de las principales preocupaciones de los humanistas seculares consagrados a la causa humana, aunque sus motivaciones difieren de las de los cristianos. En cuanto a la conservación del medio, pueden haber coincidencias sobre la unidad de la nave tierra, el delicado equilibrio de la naturaleza, nuestra común dependencia del aire, el agua y la tierra, y la distinción entre recursos naturales no renovables (como los combustibles fósiles) y las ganancias, sin citar siquiera un texto de Génesis 1 y 2 ni de ninguna otra parte de la Biblia.

El último ejemplo que consideraremos se refiere al uso del domingo. El deber de guardar uno de los siete días para la adoración y el descanso está estipulado en el cuarto mandamiento, que aún está en vigencia. Pero no será suficiente que citemos la ley de Dios para asegurar que se observe el domingo; al menos, mientras la gente no se convierta. No obstante, creemos que es la voluntad de Dios que se mantenga este ritmo, que la nación se beneficia por la protección legislativa del domingo como un día diferente, que la vida familiar se fortalece, que a los trabajadores se los protege de la obligación de trabajar y que deberían prohibirse los espectáculos deportivos (por lo menos aquellos que requieren el transporte de grandes cantidades de personas, los servicios de la policía, los bomberos, las ambulancias y compañías de alimentos). ¿Por qué deben algunos disfrutar del descanso y la recreación a costa de otros que tienen que trabajar para brindárselo? Y si no se acepta el argumento bíblico, el histórico puede resultar convincente. Ha habido varios intentos de cambiar el ritmo de seis días y un día, ya sea eliminando por completo el día de descanso o prolongando la semana laboral. Por ejemplo, los revolucionarios franceses, después de abolir la monarquía y de establecer la República en 1792, introdujeron un nuevo calendario con una semana de diez días. Pero el experimento duró unos pocos años solamente. La gente no soportaba nueve días sin un descanso. Así que en 1805 Napoleón restableció la semana de siete días. Algo similar ocurrió un siglo más tarde, después de la revolución rusa. Al arrasar con las instituciones religiosas, los líderes revolucionarios convirtieron el domingo en un día laboral. Pero el intento fracasó nuevamente, y Stalin restableció el domingo como día de reposo.

No debe ser causa de alarma que los argumentos mencionados en la mayoría de mis ejemplos se basen en el interés personal. Pues cuando buscamos razonamientos que agraden al público en general debemos ser realistas. William Temple escribe: «El arte de gobernar es el arte de ordenar la vida de forma tal que el interés personal inspire a hacer lo que la justicia demanda.» (William Temple, Christianity and the Social Order, Penguin, 1942, 59).

Se debe convencer a las personas de que las leyes son para su bien, y que vivir de acuerdo con ellas redunda en su propio beneficio. Ello es aun más cierto de los grupos que de los individuos. En efecto, la tesis fundamental del libro de Reinhold Niebuhr, Moral Man and Immoral Society (El hombre moral y la sociedad inmoral) es que mientras que «el individuo es moral en cuanto a que es capaz de tomar en cuenta otros intereses además de los propios al resolver problemas de procedimiento», debemos reconocer «el carácter brutal del comportamiento de todos los grupos humanos y del poder del interés propio y del egoísmo colectivo en todas las relaciones intergrupales»." (Reinhold Niebuhr, Moral Man and Immoral Society, Scribners 1932, edición revisada, 1960, xi, XX).

Sistemas políticos

La acción social no consiste meramente en ganar el debate público, sino en procurar una legislación que vuelva la vida pública más agradable a los ojos de Dios. Esto no significa que todo pecado deba transformarse en un crimen y que todo deber deba apuntalarse mediante leyes. Hay áreas de la vida privada en las que la ley no debe inmiscuirse. Por ejemplo, en los países musulmanes la inmoralidad sexual privada es considerada delito punible, mientras que en los países cristianos no lo es, a menos que perjudique a otros de alguna manera. La función principal de la ley es resguardar los valores aceptados por la sociedad y proteger los derechos de los ciudadanos. Las leyes deben ser además suceptibles de lograr acatamiento, es decir que deben contar con la aprobación pública. La elaboración y aprobación de tales leyes requiere poder político, y en una democracia, la mayoría en el congreso.

De nada sirve decir que Jesús y sus apóstoles no tenían interés en la política, y que ni exigieron ni propiciaron la acción política, y menos aun se dedicaron a ella. Es cierto. No lo hicieron. Pero debemos recordar que eran una minoría exigua e insignificante bajo el régimen totalitario de Roma. Las legiones estaban en todas partes y tenían órdenes de suprimir la disidencia, aplastar la oposición y preservar el status quo. Los cristianos del primer siglo no podían dedicarse a la acción política; ¿será ésa la razón por la cual no lo hicieron? Por lo menos sabemos que el hecho de que ellos no lo hicieran porque no podían no significa que nosotros no debamos hacerlo si podemos. El asunto es si habrían participado activamente en política si hubieran tenido la oportunidad de hacerlo y alguna probabilidad de triunfar. Considero que sí. Pues sin una acción política adecuada hay necesidades sociales que sencillamente no se pueden satisfacer. Los apóstoles no exigieron la abolición de la esclavitud. Pero ¿no nos alegramos y enorgullecemos de que lo hayan hecho los cristianos del siglo XIX. Su campaña se basó en enseñanzas bíblicas acerca de la dignidad humana y fue una legítima aplicación. Los apóstoles no construyeron hospitales ni mandaron que se construyeran, pero los hospitales cristianos son una legítima extrapolación del interés compasivo de Jesús por los enfermos. Asimismo, la acción política (si consiste en un amor que busca la justicia para los oprimidos) es una legítima extrapolación de las enseñanzas y el ministerio de Jesús.

Observemos las tres actitudes alternativas al cambio social que hemos considerado e imprimámosles un giro político; a la vez notemos el concepto de hombre que cada una supone.
El absolutismo es la manifestación política de la «imposición». Un gobierno absolutista establece las leyes sin los límites de una constitución ni de la consulta popular. El absolutismo se basa en un concepto absolutamente pesimista del ser humano. Considera que las personas son demasiado tontas como para saber lo que es bueno para ellas, o bien que si lo saben, no quieren o no pueden ponerse de acuerdo. Por consiguiente, sostienen: «Debemos decirles lo que es bueno para ellos; los obligaremos a colaborar y a conformarse.» La justificación que siempre se ofrece públicamente es que se requiere un control estricto para la defensa del orden social. Ocasionalmente una autocracia ha sido genuinamente benévola. No obstante, degrada a los ciudadanos porque no les confía ninguna responsabilidad en la toma de decisiones.

La anarquía puede considerarse la manifestación política del «laissez-faire». No lo fue en el siglo XIX pues sus primeros defensores abrigaban la visión de una sociedad ordenada, y su economía era un medio para tal fin. Pero la moderna actitud del laissez-faire conduciría naturalmente a la abolición de todo gobierno y de toda ley, y se basa en un concepto ingenuamente optimista del ser humano. Supone que el hombre es perfectamente capaz de gobernarse a sí mismo y que las leyes son innecesarias para crear una sociedad justa. Sus defensores dicen: «Dejen a la gente tranquila y todo va a estar bien.»

En suma, el absolutismo considera que el control riguroso es necesario, porque se basa en un concepto pesimista del hombre y niega su dignidad como ser creado a imagen de Dios. Por otra parte, la anarquía considera que la libertad sin restricciones es algo seguro, porque se basa en un concepto optimista del hombre y niega su depravación a raíz de la Caída. Ambas posturas son políticamente erróneas pues, en primer lugar, son teológicamente erróneas, por basarse en falsas doctrinas del hombre. Además tienen resultados desastrosos en la práctica. El absolutismo conduce a la tiranía, y la anarquía, al caos y no a la utopía.

La democracia es la tercera opción. Es la manifestación política de la «persuasión por argumentación». Mientras que el absolutismo por ser pesimista impone la ley arbitrariamente, y la anarquía por ser optimista prescinde por completo de ella, la democracia, por ser realista en su visión del hombre como creado y caído, permite a los ciudadanos participar en la elaboración de sus propias leyes. Al menos ésa es la teoría. En la práctica, especialmente en países con alto nivel de analfabetismo, los medios de comunicación pueden manipular al público fácilmente. En todas las democracias existe el peligro constante de arrollar a las minorías.

«La palabra 'democracia' y sus derivados se aplican a los métodos de toma de decisión», afirma John R. Lucas en su libro Democracy and Participation (Democracia y participación). Describe tres aspectos del proceso de decisión. El primero se refiere a quién toma la decisión: «Una decisión se toma demo- cráticamente cuando a la pregunta '¿quién la toma?' se puede responder 'casi todos', en contraste con las decisiones tomadas sólo por los más calificados para hacerlo, como en los gobiernos de élite, o las tomadas por un sólo hombre, como en las autocracias y monarquías.» En segundo término, «democracia» describe el cómo de la decisión: «Una decisión se toma democráticamente cuando se llega a ella por medio de la discusión, la crítica y la transacción.» En tercer lugar, «democracia» describe el espíritu en el que se toma una decisión: «cuidando el interés de todos, en vez del de un solo grupo o facción.» (John. R. Lucas, Democracy and Participation, Pelican, 1976, p. 10. Ver también Reinhold Niebuhr, The Children of Light and the Children of Darkness, Nisbet, 1945).

Así pues, la democracia refleja el concepto bíblico y equilibrado del hombre, lo cual es natural si se recuerda su origen en la Europa cristiana posterior a la Reforma. Además, en este sistema los cristianos tienen la oportunidad de hacer una contribución positiva en una sociedad pluralista, participando en el debate público (ya sea sobre el armamentismo, el divorcio, el aborto o la fecundación in vitro), y procurando influir en la opinión pública para que surja una demanda general de leyes que se adecuen a los propósitos de Dios. Ya que la democracia es el gobierno por consentimiento, el consentimiento depende del consenso (o al menos es así cuando los procedimientos electorales son verdaderamente democráticos), y el consenso surge del debate en el que se esclarecen los problemas.

Naturalmente, el proceso político democrático también es «el arte de lo posible». Puesto que los seres humanos son seres caídos, es inevitable que exista una brecha entre el ideal divino y la realidad humana, entre lo que Dios ha revelado y lo que al hombre le resulta posible. Jesús mismo reconoce esta distinción en la ley de Moisés. Pues el permiso de divorcio en caso de «indecencia» o «inmoralidad» fue dado «por la dureza de vuestro corazón» (Marcos 10:5). En otras palabras, era una concesión a la debilidad humana. Pero Jesús inmediatamente añadió que «al principio no fue así», recordando el ideal divino.

Existe una gran necesidad de más pensadores cristianos que se lancen al debate público en la sociedad contemporánea, y de activistas cristianos que organicen grupos de presión para promover la persuasión. Su motivación será puramente cristiana: un concepto del Dios que se interesa por la justicia, la compasión, la honestidad y la libertad en la sociedad; y un concepto del hombre, creado a imagen de Dios aunque caído, moral y responsable, con una conciencia que ha de ser respetada. Será por celo de Dios y amor al hombre que buscarán la renovación de la sociedad. No intentarán esconder el origen de su preocupación, aunque en el calor del debate, en el ataque y la defensa, sus argumentos a menudo deban ser ad hominem, y las políticas que conciban deban ajustarse a la realidad. Siempre su objetivo deberá ser la formación de la opinión pública.

John V Taylor, obispo de Winchester, se refirió a la necesidad que tienen los cristianos de una vida de protesta positiva contra los valores de la sociedad de consumo, en estos términos:

«Esta batalla debe librarse en la esfera de la opinión pública. Nada más que la reorientación radical de la opinión pública podrá lograr el cambio de políticas que nuestra salvación misma demanda».

Luego cita a Reg Prentice quien en 1972 sostuvo que la única manera de aumentar el interés de Gran Bretaña por los países del Tercer Mundo es la «lenta y ardua tarea de la educación pública y la presión política dentro de los países ricos». El obispo Taylor concluye diciendo:

«La renovación y la revolución de Cristo comienza silenciosamente, como la fe misma. Comienzan a crecer a partir de una semillita, de la idea abrumadora de que las cosas no tienen por qué seguir así. Cuando ese pensamiento comienza a penetrar en las estructuras y en la mente de la gente común de nuestra sociedad opulenta, puede ser que brote la exclamación: ¡no son más que un mazo de naipes!» (John V. Taylor, Enough is Enough, SCM,1975, 64, 114. 88)

Comentarios

Entradas populares de este blog

Adoración y Escatología

Divorcio - Debate Teológico

Ética y Moralidad