Complejidad ¿Cómo podemos pensar equilibradamente?

Supongamos que coincidimos en que las doctrinas de Dios, de Cristo, del hombre, la salvación y la Iglesia nos obligan inevitablemente a asumir un compromiso social, no sólo de servicio social, para atender en el nombre de Cristo a las víctimas de la opresión, sino también de acción social, para procurar la justicia y el cambio social. Contar con esa fuerte motivación es fundamental pero no suficiente. Cualquier contribución que esperemos hacer dependerá de nuestra comprensión de los problemas. Si no estamos debidamente preparados, no será sabio avanzar a ciegas por los campos minados de la ética social. Como oí decir a John Mackay cuando era Rector del Princeton Theological Seminary: «El compromiso sin reflexión es fanatismo en acción, pero la reflexión sin compromiso es la parálisis de toda acción.»

No debemos subestimar la complejidad de los problemas que hoy enfrenta la humanidad. Es cierto, todas las generaciones se han sentido desconcertadas frente a los problemas contemporáneos; por eso no nos debería sorprender sentir lo mismo. Sin embargo, la cantidad, la escala y gravedad de los asuntos que enfrentamos a fines del siglo XX no tienen precedentes, especialmente por causa de la revolución científica. Por ejemplo, el problema de la guerra y la paz siempre ha afligido a la conciencia cristiana, pero el desarrollo de armamento nuclear lo ha agravado enormemente. Asimismo, la moderna microtecnología ha aumentado el problema del desempleo prolongado, y el desciframiento del código genético y las posibilidades de la ingeniería genética han creado la necesidad de una nueva disciplina: la «bioética».

Evidentemente, ningún cristiano puede ser experto en todos estos campos; además quizá no sea tarea de la Iglesia recomendar políticas específicas y detalladas. William Temple, quien sin duda ha sido el Arzobispo de Canterbury con mayor preocupación social de este siglo, subrayó la necesidad de distinguir entre principios y políticas. En 1941 escribía sobre la sostenida pobreza y desnutrición en Gran Bretaña, y «la vida industrial de la nación... que padece la desdicha del desempleo crónico», y seguía diciendo: «La Iglesia tiene el derecho y la obligación de denunciar a la sociedad por estos males; pero no tiene derecho de promover colectivamente soluciones específicas.» (William Temple, Citizen and Churchmen, Eyre & Spottiswoode, 1941, 82).

En cambio, la Iglesia debe estimular a sus miembros (ya sean políticos, funcionarios, hombres de negocios, gremialistas o miembros de cualquier otra área de la vida pública) a buscar y aplicar las soluciones adecuadas. «En otras palabras, la Iglesia establece principios; el ciudadano cristiano los aplica, empleando la maquinaria del Estado». (William Temple, Citizen and Churchmen, Eyre & Spottiswoode, 1941, 83).

Luego, «La Iglesia no puede decir cómo ha de hacerse pero está llamada a decir que debe hacerse.» (William Temple, Citizen and Churchmen, Eyre & Spottiswoode, 1941, 84).

Al año siguiente, en su libro más conocido: Christianity and the Social Order (El cristianismo y el orden social), Temple todavía enfatizaba la misma diferenciación: «La Iglesia está comprometida con el evangelio eterno ... ; nunca debe comprometerse con programas temporarios de acciones específicas.» (William Temple, Christianity and the Social Order, Penguin, 1942, 29).

Los lectores de Temple sabrán que de ningún modo quiso decir que la religión y la política no se mezclen. Su argumento es otro, a saber: que «a la Iglesia le competen los principios y no las políticas». (William Temple, Christianity and the Social Order, Penguin, 1942, 31).

Las razones por las que considera que la Iglesia debe abstenerse de la «acción política directa», de elaborar y promover programas específicos podrían resumirse en: «integridad» (la Iglesia no es experta en cada uno de los campos, aunque algunos de sus miembros pueden serlo), «prudencia» (puede comprobarse que estaba equivocada y perder credibilidad) y «justicia» (pues distintos cristianos opinan de manera diferente, y la Iglesia no debería alinearse con ningún sector, ni siquiera con una mayoría, frente a una minoría igualmente legítima).

Aun si coincidimos en esta diferenciación de roles y reconocemos que no todos los cristianos son responsables de la elaboración de políticas, todavía debemos desentrañar los principios, y su formulación no es tarea fácil en absoluto.

Frente a esta situación algunos cristianos se dan por vencidos y caen en la desesperación. «Los antiguos problemas de la guerra, la economía y el divorcio», dicen, «siempre han dividido a los cristianos. Siempre ha habido pacifistas y no pacifistas, capitalistas y socialistas, actitudes laxas y rígidas hacia el divorcio. Y los problemas modernos, al ser más complejos, son a la vez causa de más divisiones.» «Además», prosiguen, «no existe el llamado `punto de vista cristiano' sobre estos problemas; hay una amplia gama de puntos de vista cristianos. Ni siquiera la Biblia nos ayuda siempre; se escribió en medio de culturas tan antiguas que no responde a nuestros problemas modernos. Por lo tanto, dejémoslo todo en manos de expertos y abandonemos la esperanza de encontrar una respuesta cristiana por nuestra cuenta.» Esta desesperación menoscaba a Dios, pues niega la utilidad de su revelación como lámpara a nuestros pies y lumbrera a nuestro camino (Salmos 119:105). La razón para abandonar la esperanza de encontrar una respuesta cristiana puede ser una pereza intelectual disfrazada de falsa humildad.

La verdadera humildad nos llevará a estudiar con paciencia la revelación de Dios y a afirmar por fe que él puede guiarnos hacia un pensamiento en común. ¿Cómo podemos creer en la Palabra y el Espíritu de Dios, y negar esto? Lo que hace falta es más estudio grupal concienzudo en que 1) aprendamos a orar juntos, 2) escuchemos con atención el punto de vista de los demás y las preocupaciones profundas que están detrás de ellas y 3) nos ayudemos los unos a los otros a discernir los prejuicios culturales por los que somos reacios y hasta incapaces de abrir nuestra mente a perspectivas diferentes. Esta clase de disciplina es dolorosa, pero la integridad cristiana la demanda. Como resultado, rehusaremos conformarnos con polarizaciones superficiales, pues la verdad es siempre más sutil y compleja. En cambio, nos dedicaremos a una exploración cuidadosa, señalando y enfatizando los puntos de acuerdo y aclarando los puntos de desacuerdo restantes con los que seguiremos lidiando pacientemente.

Si la desesperación es una reacción posible a la complejidad de los problemas éticos modernos, la opuesta es una ingenua simplificación. Algunos cristianos (especialmente cristianos evangélicos, me temo) han tendido a actuar irreflexivamente. Ya sea por mala disposición o por incapacidad de comprender los problemas, a veces hemos negado su existencia. O hemos reafirmado el lema evangélico de la «perspicuidad» de las Escrituras, como si esto implicara que los problemas no existen. Luego hemos dado respuestas simplistas a preguntas complejas, y hemos usado la Biblia como si se tratara de una máquina automática en la que insertamos una moneda para obtener una respuesta, o una de esas extraordinarias enciclopedias que nos ofrecen información sobre cualquier asunto.

En efecto, el camino de salvación es claro y «perspicuo», que es el significado que los reformadores le atribuían al término. Pero ¿cómo podemos negar que las Escrituras contengan problemas, si el apóstol Pedro mismo afirma que en las epístolas de su hermano el apóstol Pablo hay algunas cosas «difíciles de entender» (2 Pedro 3:16)? También es difícil entender la manera de aplicar la antigua Palabra de Dios al mundo moderno. Negarlo es otra manera de menoscabar a Dios, en este caso por no comprender la naturaleza de la revelación que él ofrece de sí mismo.

Así pues, deshonramos a Dios tanto si negamos que haya soluciones -él nos ha revelado su voluntad-, como si ofrecemos soluciones simplistas -no lo ha hecho en una serie de proposiciones inequívocas.

Una mente cristiana

Existe un tercer enfoque de la complicada problemática actual mejor y más cristiano, que consiste en el desarrollo de una mente cristiana, una mente que haya comprendido a fondo las premisas básicas de las Escrituras y que se inspire plenamente en la verdad bíblica. Sólo así podrá pensar con integridad cristiana sobre los problemas del mundo contemporáneo.

En los primeros versículos de Romanos 12, Pablo emplea la expresión «la renovación de vuestro entendimiento». Acaba de impartir su conocida

exhortación a los lectores romanos a presentar sus cuerpos «en sacrificio vivo» y como «culto racional», en gratitud a Dios por su misericordia. Luego explica la manera en que el pueblo de Dios puede servirle en el mundo. Presenta dos posibilidades. Una es conformarse a este mundo o «siglo», a sus normas (o falta de ellas), a sus valores (esencialmente materialistas) y a sus objetivos (egocéntricos y ajenos a Dios). Estas son las características de la cultura

occidental. No es fácil mantenerse firme contra la cultura predominante (como no lo es frente a un viento predominante). Es más fácil adoptar una postura de menor resistencia y rendirse a ella, como «una caña sacudida por el viento». El secularismo contemporáneo es poderoso y sutil; las presiones a conformarnos son fuertes.

No obstante, Pablo nos exhorta a no conformarnos a este mundo, sino a transformarnos por medio de la renovación de nuestro entendimiento para discernir así la voluntad de Dios, agradable y perfecta. La premisa del apóstol es, pues, que los cristianos tenemos o deberíamos tener una mente renovada, y que nuestra mente renovada tendrá consecuencias radicales sobre nuestra vida, pues nos permitirá discernir y aceptar la voluntad de Dios, y por lo tanto transformar nuestra conducta. La secuencia merece ser analizada. Si queremos vivir correctamente, tenemos que pensar correctamente. Si queremos pensar correctamente, debemos tener una mente renovada. Pues una vez que nuestra mente se renueve, ya no nos ocuparemos de los asuntos del mundo sino de la voluntad de Dios, lo cual nos transformará.

La conversión cristiana significa renovación completa. La Caída condujo a la depravación total (doctrina rechazada sólo por quienes no la comprenden, que no implica que todos los seres humanos han descendido al nivel más bajo de depravación, sino que con ella se ha pervertido íntegramente nuestra naturaleza humana, incluso nuestra mente). De manera que la redención entraña una renovación total (esto no significa que ya hayamos alcanzado la plenitud, sino que cada parte de nosotros, incluso nuestra mente, ha sido renovada). El contraste es claro. Nuestro antiguo punto de vista nos llevaba a conformarnos con la mayoría; nuestra nueva manera de pensar nos guía a no conformarnos moralmente, por el nuevo interés que tenemos en la voluntad de Dios. Nuestra mente caída seguía los caminos del mundo; nuestra mente renovada se concentra en la voluntad de Dios, revelada en la Palabra de Dios. Entre las dos media el arrepentimiento, metánoia, un cambio total de mente o de perspectiva.

Pablo escribe no sólo de una mente renovada sino también de «la mente de Cristo». Exhorta a los Filipenses así: «Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús» (Filipenses 2:5). Es decir que en la medida en que estudiamos las enseñanzas y el ejemplo de Jesús, y sometemos nuestra mente al yugo de su autoridad (Mateo 11:29), comenzamos a pensar como él pensó. Gradualmente, su mente se va formando en nosotros por la obra del Espíritu Santo, que es el Espíritu de Cristo. Empezamos a ver las cosas a su manera, desde su perspectiva. Nuestro punto de vista se alinea con el de él. Casi nos atrevemos a decir lo que el apóstol podía decir: «nosotros tenemos la mente de Cristo» (1 Corintios 2:16).

«La renovación de la mente», «la mente de Cristo», «la mente cristiana». Harry Blamires populariza esta última expresión en su libro homónimo, que desde su publicación en 1963 ha sido de gran influencia. Cuando dice «mente cristiana» no se refiere a una mente dedicada a temas específicamente «religiosos», sino a una mente que piensa «cristianamente», es decir, desde una perspectiva cristiana, aun acerca de los temas más seculares. No se trata de la mente de un cristiano esquizoide que «adopta la mentalidad cristiana y la abandona automáticamente cuando el tema de conversación cambia de la Biblia al periódico». 

De ninguna manera; Blamires afirma que la mente cristiana es «una mente entrenada, formada y equipada para manejar los datos de la controversia secular dentro de un marco de referencia basado en premisas cristianas». (Harry Blamires, The Christian Mind, SPCK, 1963, 43).

Lamenta la falta de un pensamiento cristiano aun entre los líderes de las iglesias: «la mente cristiana ha sucumbido a la corriente secular, revelando así una debilidad y una impotencia inéditas en la historia del cristianismo». (Harry Blamires, The Christian Mind, SPCK, 1963, 3) 

Luego de deplorar esta pérdida, Harry Blamires emprende un minucioso examen de la recuperación del pensamiento cristiano. Quisiera ver el surgimiento de la clase de pensadores cristianos que «desafía los prejuicios vigentes..., perturba a los autocomplacidos..., es un obstáculo para los atareados pragmáticos..., cuestiona el fundamento mismo de todo lo que lo rodea, y ... es un estorbo». (Harry Blamires, The Christian Mind, SPCK, 1963, 50) 

Blamires enumera luego los seis rasgos que considera distintivos de una mente cristiana: 1) «una orientación hacia lo sobrenatural» (se orienta más allá del tiempo hacia la eternidad, más allá de la tierra hacia el cielo y el infierno, y entre tanto vive en un mundo creado, sustentado y cuidado por Dios); 2) «conciencia del mal» (el pecado original pervirtió aun las cosas más nobles y las convirtió en instrumentos de los apetitos banales); 3) «su concepción de la verdad» (la revelación divina como verdad «dada» no sujeta a claudicaciones); 4) «su aceptación de la autoridad» (lo que Dios ha revelado no demanda un vínculo igualitario, sino la sumisión en mansedumbre); 5) «su preocupación por la persona» (el reconocimiento del valor de la personalidad humana frente a la máquina); y 6) «su carácter sacramental» (que reconoce, por ejemplo, el amor sexual como «uno de los instrumentos más efectivos de Dios» para abrir el corazón del hombre a su realidad).

Si bien estas seis características de la mente cristiana sin duda son algunas de las verdades más importantes de la revelación bíblica, debo confesar que me resultó difícil integrarlas, ya que al parecer no presentan una interrelación lógica.

Creo que resulta más sencillo adoptar el sistema de la Biblia misma. Pues la verdadera mente cristiana se ha arrepentido de las pruebas descontextualizadas (la tendencia a resolver los problemas doctrinales y éticos citando un sólo texto fuera de contexto, mientras que Dios nos ha dado una revelación completa) y en cambio se imbuye de toda la Escritura. En especial ha absorbido la estructura de la historia bíblica. Pues la Biblia divide la historia humana en cuatro eras, que no están señaladas por el surgimiento y la caída de imperios, dinastías y civilizaciones, sino por cuatro acontecimientos fundamentales: la Creación, la Caída, la Redención y la Consumación.

En primer lugar, la Creación. Es fundamental para la fe cristiana (y por lo tanto para la mente cristiana) el hecho de que en el principio, al comienzo de los tiempos, Dios creó el universo de la nada. Luego hizo el planeta Tierra, y en él la tierra seca, los mares y todas las criaturas. Finalmente, como clímax de su actividad creadora, hizo al hombre, varón y hembra, a su imagen. La semejanza de la humanidad con Dios se va revelando a medida que se desarrolla la historia: el hombre y la mujer son seres racionales y morales (capaces de comprender los mandamientos de Dios y responder a ellos), seres responsables (que ejercen dominio sobre la naturaleza) y seres sociales (que encuentran su máxima realización en el conocimiento y la adoración de su Creador). De hecho, se describe al Creador y a sus criaturas humanas caminando juntos y hablando en el huerto. Todo esto era la imagen de Dios que daba a Adán y a Eva una dignidad y un valor únicos.

Luego, la Caída. Hicieron caso a las mentiras de Satanás, en vez de a la verdad de Dios. A causa de su desobediencia fueron expulsados del huerto. Esta es la peor tragedia que haya sobrevenido a los seres humanos, que aunque fueron creados por Dios, semejantes a él y para él, ahora viven sin Dios. La alienación, la desorientación y el vacío de la vida humana encuentran su origen último allí. Asimismo se deterioraron las relaciones humanas. La igualdad sexual se trastornó: «tu marido ... se enseñoreará de ti» (Gn. 3.16). La maternidad estaría marcada por el dolor. El odio y los celos de Caín hacia su hermano desembocaron en el asesinato. Hasta la naturaleza perdió su armonía. La tierra cayó bajo maldición por culpa del hombre, el cultivo del suelo se convirtió en una labor penosa, y el trabajo creativo degeneró en una tarea monótona y fatigosa. A lo largo de los siglos, el hombre y la mujer se han apartado de la mayordomía responsable del medio que se les encomendó, y han talado bosques, creado desiertos, contaminado la atmósfera, los ríos y los mares con sustancias tóxicas. La frase «pecado original» significa que la naturaleza humana que heredamos está distorsionada por un egocentrismo funesto. El mal impregna toda la humanidad y está profundamente arraigado en ella. Si bien la imagen de Dios en nosotros no se ha destruido, estamos en enemistad con Dios y bajo su justa condena.

En tercer lugar, la Redención. En vez de abandonar o destruir a sus criaturas rebeldes, como lo merecían, Dios planeó su redención. No bien el hombre hubo pecado, Dios prometió que la simiente de la mujer heriría a la serpiente en la cabeza (Gn. 3.1 S), y en esas palabras reconocemos la primera profecía de la venida del Salvador. El propósito redentor de Dios empezó a cumplirse cuando llamó a Abraham e hizo un pacto solemne con él, en el cual prometió bendecirlo a él y por medio de su descendencia a todas las familias de la tierra: otra promesa que sabemos que se cumplió en Cristo y en su comunidad mundial. En el Monte Sinaí Dios renovó su pacto, con Israel en este caso, y vez tras vez prometió por medio de los profetas que sucederían muchas cosas más en los días del Reino Mesiánico. Luego, en la plenitud de los tiempos vino el Mesías. Su llegada marcó el amanecer de una nueva era: el Reino de Dios irrumpió y dio comienzo al fin. Hoy, por medio de la muerte, la resurrección y el don del Espíritu de jesús, Dios está llevando a cabo su promesa de redención y está recreando la humanidad caída, no sólo como individuos, sino también incorporándolos a su nueva comunidad reconciliada.
En cuarto lugar vendrá la Consumación. Pues un día, cuando las buenas noticias del Reino hayan sido proclamadas en todo el mundo (Mateo 24:14), Jesucristo aparecerá con gran esplendor. Resucitará a los muertos, juzgará al mundo, regenerará el universo y llevará el Reino de Dios hasta la perfección. Allí se disipará todo dolor, corrupción, pecado, pesar y muerte, y Dios será glorificado para siempre. Entretanto vivimos entre dos eras, entre el Reino inaugurado y el Reino consumado, entre el «ahora» y el «después» de la redención, entre el «ya» y el «todavía no».

En síntesis, estos cuatro acontecimientos corresponden a cuatro realidades: la Creación («lo bueno»), la Caída («lo malo»), la Redención («lo nuevo») y la Consumación («lo perfecto»). Esta realidad bíblica en cuatro fases nos permite a los cristianos observar el panorama de la historia desde una perspectiva adecuada, contemplar su desarrollo entre las dos eternidades, y ver a Dios cumplir su propósito. Nos da un marco de referencia en el cual encuadrar todo, un modo de integrar nuestro entendimiento, la posibilidad de pensar correctamente, aun acerca de los problemas más complejos.

Los cuatro acontecimientos o eras que hemos considerado, especialmente si los comprendemos en su interrelación, nos enseñan verdades fundamentales sobre Dios, el hombre y la sociedad, que ayudan a orientar nuestro pensamiento cristiano.

La realidad de Dios

Consideremos primeramente la realidad de Dios. El plan bíblico es esencialmente teocéntrico, o al menos las cuatro realidades se revelan desde el punto de vista de Dios. Incluso la Caída, a pesar de ser un acto de desobediencia humana, se presenta en el contexto de los mandamientos, juicios y decretos divinos. De modo que es Dios quien crea, juzga, redime y perfecciona. La iniciativa es suya de principio a fin. Es por eso que el popular culto al «sin sentido» resulta tan agraviante a los cristianos. En efecto hay un cúmulo de actitudes radicalmente incompatibles con la fe cristiana: por ejemplo, el concepto de desarrollo evolutivo ignoto, la afirmación de la autonomía del hombre en el arte, la ciencia y la educación, y la declaración de que la historia está sujeta al azar y que la vida es absurda. La mente cristiana está en abierto conflicto con estos conceptos seculares, pues sostiene que los seres humanos sólo pueden definirse con relación a Dios, y que el hombre sin Dios ha dejado de ser plenamente humano. Pues somos criaturas que dependemos de nuestro Creador, pecadores responsables delante de él, y que estamos bajo su juicio, como huérfanos perdidos si no fuera por su redención.

Este teocentrismo es fundamental para la mente cristiana. La mente cristiana es una mente orientada hacia Dios. Es más, comprende el «bien» por sobre todo con relación a Dios. No puede llamar «buena» a una persona que vive sin Dios. Este es el mensaje de la literatura de la sabiduría en la Biblia. Los cinco libros de la sabiduría (Job, Salmos, Proverbios, Eclesiastés y el Cantar de los Cantares) se centran todos, de diferentes maneras y con énfasis distintos, en lo que significa ser humanos, y en el lugar que ocupan el sufrimiento, el mal, la opresión y el amor dentro de nuestra humanidad. El libro de Eclesiastés se conoce especialmente por el estribillo pesimista: «vanidad de vanidades, todo es vanidad». Habla de la necedad y la inutilidad de la vida humana circunscripta por el tiempo y el espacio. Si la vida se limita a la brevedad del promedio de vida, si está ensombrecida por el dolor y la injusticia, y culmina para todos en el mismo destino: la muerte; si además está limitada por las dimensiones del espacio a las experiencias «debajo del sol», sin ningún punto de referencia último, entonces efectivamente la vida es tan estéril como «un querer atrapar el viento». Sólo Dios, Creador y Juez, Principio y Fin, al conferir a la vida humana la dimensión de trascendencia y eternidad, puede darle sentido y así transformar la necedad en sabiduría.

En contraste con el pesimismo de Eclesiastés se encuentra la afirmación frecuente en la literatura de la sabiduría: «El temor del Señor es la sabiduría (o su principio), y el apartarse del mal la inteligencia» (Job 28.28; cf. Salmos 111:10; Proverbios 1:7, 9:10; Eclesiastés 12:13). Estas son las dos realidades principales de la experiencia humana: Dios y el mal. No son realidades equiparables, pues los cristianos no somos dualistas. Pero ambas dominan la vida sobre la tierra. Una (Dios) trae la realización humana, aun el éxtasis; la otra (el mal), la alienación humana, hasta la desesperación. Y la sabiduría consiste en adoptar una actitud adecuada hacia ambas: amar a Dios y odiar el mal; «temer» a Dios mediante la adoración que reconoce su infinito valor y «apartarse» del mal mediante la santidad que lo desprecia por su falta absoluta de valor. Dado que Dios nos ha hecho seres espirituales y morales, la religión y la ética, la santidad y la bondad son esenciales para una auténtica humanidad. De allí la tragedia del «secularismo», la cosmovisión cerrada que niega a Dios y hasta se gloría del vacío espiritual que genera. T S. Eliot acertó al llamarlo el erial («wasteland») y Theodore Roszak en Where the Wasteland Ends (En los confines del erial) al caracterizarlo como un desierto del espíritu. «Pues la ciencia puede estudiar sólo una parte de lo que el hombre puede conocer. Nuestro conocimiento se extiende para abrazar lo sagrado.» Sin sentido de trascendencia «la persona se consume». (Theodore Roszak, Where the Wasteland Ends, «Politics and Transcendence in Post-industrial Society», Anchor, 1973, xxi, 67).

El secularismo no sólo destrona a Dios, sino que también destruye a los seres humanos.

Si por causa de la realidad de Dios la mente cristiana es teocéntrica, por ello también es una mente humilde. Este es otro tema fundamental de las Escrituras. Cuando Nabucodonosor se pavoneaba por el techo de su palacio, sosteniendo que a él pertenecían el reino, el poder y la gloria, y no a Dios, enloqueció. Cuando reconoció el señorío de Dios y lo adoró le fueron devueltos el reino y la razón. Daniel hace explícita la enseñanza: «él puede humillar a los que andan con soberbia» (Daniel 4:28-37). Esta historia nos llama a la reflexión. Así como el orgullo y la locura van de la mano, la humildad y la cordura también.

Los contemporáneos de Jesús deben de haber quedado anonadados cuando éste dijo a los adultos que si querían entrar en el Reino de Dios debían volverse como niños, y (peor aun) que en el Reino el parámetro para juzgar la grandeza sería la humildad de los niños. Nosotros ya estamos demasiado familiarizados con esta enseñanza, por lo cual ha perdido el poder para asombrarnos o escandalizarnos. Pero Jesús no sólo la enseñó sino que también la demostró. Se vació a sí mismo y se humilló. Pablo añade: «Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús.» Los moralistas medievales tenían razón al considerar el orgullo el peor de los «siete pecados mortales» y la raíz de todos los demás. No hay nada tan repulsivo como el orgullo, nada tan agradable como la humildad.

Probablemente el punto de mayor antagonismo entre la mente cristiana y la mente secular sea la insistencia en la humildad y el rechazo implacable del orgullo. La sabiduría del mundo desprecia la humildad. La cultura occidental ha asimilado la filosofía del poder de Nietzsche en un grado mucho mayor del que tiene conciencia. El ideal del mundo, al igual que el de Nietzsche, es el «superhombre»; el ideal de Jesús es el niño.

De manera que la realidad de Dios (como Creador, Señor, Redentor, Padre y juez) imprime en la mente humana su característica fundamental. Los cristia- nos nos negamos a honrar cualquier cosa que deshonre a Dios. Aprendemos a evaluar todo en términos de la gloria que ello da o niega a Dios. Por esta razón, para la mente cristiana, la sabiduría consiste en temer a Dios y la virtud preeminente es la humildad.

La paradoja del hombre

Pasamos de Dios al hombre, del esplendor perfecto que caracteriza todo lo «divino» a la penosa ambigüedad relacionada con todo lo «humano». Hemos visto que la perspectiva bíblica de la humanidad toma en cuenta tanto la Creación como la Caída.

Esa es la «paradoja del hombre». Los seres humanos tenemos una dignidad única por ser criaturas hechas a imagen de Dios y asimismo una depravación única por ser pecadores bajo condenación. Aquélla nos da esperanza; ésta limita nuestras expectativas. La crítica cristiana a la mente secular es que en su apreciación de la condición humana oscila entre un optimismo ingenuo y un pesimismo negativo, mientras que la mente cristiana, con fuertes raíces en el realismo bíblico, celebra la gloria del ser humano a la vez que deplora su vergüenza. En nuestra conducta podemos reflejar a Dios a cuya imagen fuimos creados, y al instante descender al nivel de las bestias. Somos capaces de pensar, elegir, crear, amar y adorar a Dios, pero también de negarnos a pensar, elegir el mal, destruir, odiar y adorarnos a nosotros mismos. Construimos templos y arrojamos bombas. Desarrollamos unidades de terapia intensiva para los enfermos graves y utilizamos la misma tecnología para torturar a los enemigos políticos que se atreven a oponerse a nosotros. Así es el «hombre»: una paradoja extraña y desconcertante, polvo de la tierra y aliento de Dios, vergüenza y gloria. De modo que cuando la mente cristiana se concentra en la vida del hombre sobre la tierra, en sus asuntos personales, sociales y políticos, procura recordar que se trata de una criatura paradójica: noble y vil, racional e irracional, bondadosa y egoísta.

Tal vez esta dialéctica se ilustre mejor por medio de dos ejemplos: la sexualidad y la política.
Es pertinente comenzar con la sexualidad, por una parte porque todos somos seres sexuados, y por otra, porque de todas las revoluciones sociales de este siglo, la revolución sexual quizá sea la más profunda. Los roles sexuales (masculinidad y feminidad), el contexto de las relaciones sexuales (dentro o fuera del matrimonio), la cuestión en cuanto a si puede (y aun si debería) sobrevivir el concepto tradicional de matrimonio, la opción de vínculos homosexuales, la anticoncepción, la fecundación in vitro, el SIDA, el aborto y el divorcio fáciles: éstos son algunos de los aspectos de la sexualidad humana sobre los cuales hoy se están formulando preguntas fundamentales. Si bien la Biblia presenta instrucciones claras referentes a algunos de ellos, nos encontraremos en mejores condiciones para abordar los problemas específicos si antes adquirimos una visión somera de la sexualidad en general considerándola a la luz de las Escrituras y de su estructura en cuatro fases.

Según Génesis 1 y 2 Dios creó al hombre varón y hembra a su imagen desde el principio y les dijo que fructificaran. Aunque declaró «buena» la creación, tuvo que añadir que «no es bueno que el hombre esté solo». Y estableció que el compañerismo sexual del hombre y la mujer debía consumarse en el misterio de la experiencia de ser «una sola carne». Así pues, la sexualidad humana, el matrimonio, las relaciones sexuales y la familia forman parte del propósito creador de Dios. El matrimonio (corno unión heterosexual, exclusiva, permanente, con un compromiso público) no es una institución humana sino divina, que por lo tanto no se ve afectada en sí por los cambios en la cultura. La intimidad sexual dentro del matrimonio es un regalo bueno de un Creador bueno.

Pero después de la Creación vino la Caída. El pecado ha distorsionado la sexualidad, al igual que todos los instintos, facultades y deseos humanos. El sexo se ha vuelto un impulso mucho más imperioso de lo que seguramente Dios se había propuesto originalmente. Han surgido desviaciones sexuales desnaturalizadas. Si bien el amor sexual aún se puede disfrutar y celebrar con admiración como en el Cantar de los Cantares, a menudo lo arruinan las demandas egoístas, los temores, la explotación y la crueldad.

La obra redentora de Cristo por medio de su Espíritu ha hecho posible una actitud completamente nueva hacia el sexo. Esto incluye (además del reconocimiento del propósito y el regalo del Creador) el control y la santificación del instinto sexual, el concepto de amor-entrega en el matrimonio como un reflejo de la relación de Cristo con su Iglesia, y un vínculo de pareja que, sin negar el rol de responsabilidad y cuidado que Dios ha dado al hombre como cabeza (originado en la creación y no en la cultura), se regocija en que en Dios «no hay varón ni mujer», pues ambos han sido justificados en Cristo y adoptados en la familia de Dios (Gálatas 3.26-29).

¿Y cómo será el Fin? En el mundo venidero, después de la resurrección, Jesús dijo que «ni se casarán ni se darán en casamiento, sino serán como los ángeles que están en los cielos» (Marcos 12:25). Así pues, aunque el amor es eterno, el matrimonio no lo es. La procreación ya no será necesaria. Los vínculos de amor trascenderán lo físico, y es probable que sean menos exclusivos (aunque seguramente no menos ricos). La importancia de agregar esta cuarta fase debe quedar en claro. Contiene un mensaje para los casados (no sea que la unión se vuelva egoísta al punto de la idolatría) y para los solteros (que el matrimonio no es indispensable para la realización plena como seres humanos).

En nuestro intento de dar una respuesta cristiana a los desafíos sexuales de hoy, nos resultará más fácil acometer los problemas específicos dentro de este marco de referencia bíblico global.

El segundo ejemplo relacionado con «la paradoja del hombre» se refiere a la política. La naturaleza del hombre constituye una de las cuestiones fundamen- tales de la política del siglo veinte. Por cierto es uno de los principales puntos de conflicto entre Marx y Jesús, y por lo tanto entre el Este y el Oeste, específica- mente en el punto referido a si los seres humanos tienen algún valor absoluto en razón del cual deben ser respetados, o si sólo tienen valor en función de la comunidad y por ello pueden ser explotados. En términos más sencillos, ¿sirven las personas a la institución o la institución a las personas? Al parecer, reflejan diferentes doctrinas del hombre. Como escribe John S. Whale: «las ideologías ... son en realidad antropologías» (J. S. Whale, Christian Doctrine, Fontana, 1957, 33).

Los cristianos deberían tener cuidado de no «bautizar» ninguna ideología política (ya sea de derecha, de izquierda o de centro), como si ésta tuviera el monopolio de la verdad y el bien. En el mejor de los casos una ideología o un programa político es sólo una aproximación a las ideas cristianas o bíblicas. De hecho, al menos en algunas partes del mundo, existen cristianos en todos los partidos políticos y todos tienen serios argumentos cristianos para defender su afiliación. En términos burdamente simplistas, las dos ideologías predominantes en las sociedades occidentales atraen a los cristianos por diferentes razones. El capitalismo los atrae porque estimula la iniciativa individual, pero también hay quienes lo rechazan pues al parecer no le importa que los débiles sucumban a la competencia feroz que engendra. Por otra parte, el socialismo los

atrae por su compasión por los pobres y los débiles, pero también hay quienes lo rechazan porque al parecer no le importa que la iniciativa individual sea sofocada por el inmenso estado que genera. Cada sistema atrae por el énfasis que hace en alguna verdad acerca del hombre, bien la necesidad de dar lugar al libre ejercicio de sus capacidades creativas o bien de protegerlo de la injusticia. Cada sistema es rechazado porque no toma en cuenta la verdad complementaria. Ambos pueden ser liberadores. Pero también ambos pueden ser opresivos, como se observa en los regímenes totalitarios tanto de derecha como de izquierda. Como lo expresa el dicho: «La diferencia entre el capitalismo y el socialismo es que en el capitalismo el hombre explota al hombre, mientras que en el socialismo es a la inversa.» Es comprensible que muchos cristianos sueñen con una tercera opción que supere el antagonismo actual y reúna los mejores aspectos de ambos.

Cualquiera sea nuestro color político, todos los cristianos nos inclinamos a defender la democracia (definida popularmente como «gobierno del pueblo por el pueblo»). No es que sea «perfecto o que encierre toda sabiduría», como lo admitió Winston Churchill en la Cámara de los Comunes el 11 de noviembre de 1947. «En efecto», prosiguió, «se ha afirmado que la democracia es la peor forma de gobierno: a excepción de todas las otras que se han probado de tiempo en tiempo.» El hecho es que es la forma de gobierno más sabia y segura que se haya ideado hasta el momento. Esto se debe a que refleja la paradoja del hombre. Por un lado, toma en serio la Creación (es decir, la dignidad humana) al negarse a gobernar a los seres humanos sin su consentimiento e insistir en que compartan la responsabilidad de las decisiones. Por otro lado, toma en serio la Caída (es decir, la depravación humana) porque impide que el poder se concentre en manos de una sola persona o de un grupo reducido de personas, e insiste en su distribución, protegiendo así a los seres humanos de su propio orgullo y necedad. Reinhold Niebuhr lo resume así: «La capacidad del hombre para hacer justicia hace posible la democracia; pero su inclinación hacia la injusticia la hace necesaria.» (Reinhold Niebuhr, The Children o f Light and the Children o f Darkness, Nisbet, 1945, vi).

El futuro de la sociedad

La tercera esfera en que podría resultar útil la aplicación del plan bíblico en cuatro fases es la posibilidad de un cambio social. ¿Qué expectativas debemos tener de una mejora de la sociedad? Entre los cristianos de diferentes tradiciones existe una amplia gama de posturas frente a este asunto.

Los cristianos «liberales» tienden a ser activistas sociales. Por su confianza casi absoluta en el hombre, sueñan con la construcción de una utopía sobre la tierra (a veces mal llamada «Reino de Dios»).

En cambio, los cristianos «evangélicos» se han inclinado hacia el quietismo social (al menos a principios de siglo). Debido a su sombría visión de la depravación humana, no confían en absoluto en el hombre (a menos que haya nacido de nuevo). Por lo tanto, consideran que la acción social es una pérdida de tiempo y que la transformación social es imposible.

He presentado deliberadamente las formas extremas de ambas posturas. Formulada en estos términos, la polarización no logra integrar los dos aspectos de la paradoja humana.

Como los seres humanos fueron creados a imagen de Dios, y ésta no se ha perdido completamente (si bien se ha desfigurado), conservan la noción de la sociedad justa y compasiva que agradaría a Dios, y cierto deseo de lograr su realización. En general, la humanidad aún prefiere la paz a la guerra, la justicia a la opresión, la armonía a la discordia, el orden al caos. Por lo tanto, el cambio social es posible, y efectivamente se ha producido. En muchos lugares del mundo se observan mejores niveles de salubridad y asistencia sanitaria, un mayor respeto por las mujeres y los niños, un mayor acceso a la educación, un claro reconocimiento de los derechos humanos, una creciente preocupación por la preservación del medio ambiente, y mejoras en las condiciones de vida en las prisiones, y del trabajo en fábricas y minas. Esto se ha logrado, en gran parte, gracias a la influencia directa o indirecta de los cristianos, aunque de ninguna manera todos los reformadores sociales han sido cristianos comprometidos. Pero cada vez que el pueblo de Dios ha sido efectivo como luz y sal de la comunidad, se ha producido menos deterioro y más mejoramiento social. Por ejemplo en los Estados Unidos, especialmente después del despertar de principios del siglo pasado, vinculado con Charles G. Finney, «en la década de 1830 en los Estados Unidos, los cristianos estaban a la vanguardia de toda reforma social significativa. Encabezaron el movimiento abolicionista, el movimiento de temperancia, el movimiento por la paz, y el movimiento feminista en sus orígenes.» (Tom Sine, The Mustard Seed Conspiracy, Word, 1981, 70).

Sin embargo, por su naturaleza caída, y por haber heredado una tendencia al egocentrismo, el hombre nunca logrará construir la sociedad perfecta. Una mejora, sí; la justicia perfecta, no. Los sueños utópicos son irrealistas; pertenecen al mundo de la fantasía. Todos los planes humanos, aunque se hayan emprendido con grandes esperanzas, han decepcionado a quienes los idearon pues han dado contra la roca del egoísmo humano. Por lo general, los cristianos han tomado en cuenta esta realidad. William Temple lo expresó en estos términos: «Por sostener la verdad del pecado original, la Iglesia debería ser profundamente realista y notoriamente libre de toda utopía.» (William Temple, Christianity and the Social Order, Penguin, 1942, 54)

En efecto, los cristianos evangélicos que se reunieron en Lausana en el Congreso Inter- nacional para la Evangelización Mundial declararon abiertamente: «Rechazamos como un sueño autosuficiente y arrogante la idea de que el hombre podrá construir una utopía en la tierra.» (The Lausanne Covenant, párr. 15. Ver John Stott, The Lausanne Covenant - An Exposition and Commentary, Lausanne Occasional Paper No. 3, publicado por la Comisión de Lausana para la Evangelización Mundial, 1975, 33-36).

Los socialistas han tendido a ser demasiado optimistas en cuanto a los logros humanos. El profesor C. E. M. Joad fue un buen ejemplo. Instruido en el libro de oraciones de la Iglesia Anglicana, en un principio creía en la pecaminosidad inherente a los seres humanos. Pero más tarde abandonó esta noción en favor de la «perfectibilidad infinita» del hombre, hasta que la Segunda Guerra Mundial destruyó esa fantasía y lo convenció de que «el mal es endémico en el hombre». En su libro Recovery of Belief (Retorno a la fe, 1952) lo relata con candidez: «Nuestro rechazo de la doctrina del pecado original es la razón por la cual los de izquierda siempre acabamos frustrados; frustrados por la negativa de las personas a ser razonables, por la subordinación del intelecto a las emociones, porque el verdadero socialismo nunca llega..., sobre todo por la realidad reiterativa de la guerra.» (Citado por Stuart Barton Babbage en The Mark o f Cain, Eerdmans, 1966, 17, 18).

Es difícil evitar los extremos de pesimismo y optimismo en cuanto a la posibilidad de que se efectúe el cambio social. Robert McNamara casi lo logra en el «más elocuente» de los discursos que pronunció cuando ejercía la función de ministro de Defensa de los Estados Unidos: «Toda la evidencia histórica parece indicar que efectivamente el hombre es un animal racional, pero con una capacidad para la estupidez casi infinita. Su historia parece mayormente un esfuerzo vacilante pero sostenido para elevar su razón por encima de su animalidad. Elabora anteproyectos de una utopía pero nunca llega a construirla. »' Pero aun estas palabras tienen un tinte de cinismo.

¿Cómo se puede resumir la actitud hacia las posibilidades de cambio social que no sea reflejo «ni del optimismo humanista ni del pesimismo cínico, sino del realismo radical de la Biblia»? ¿Cómo hacer justicia a las verdades de la Creación, la Caída, la Redención y la Consumación? Pablo expresa adecuadamente el equilibrio bíblico en 1 Tesalonicenses 1.9, 10, al describir la conversión de los ídolos a Dios: «para servir al Dios vivo y verdadero, y esperar de los cielos a su Hijo». La combinación de «servir» y «esperar» es asombrosa, ya que el primer término implica ocuparse activamente en la tierra por causa de Cristo, mientras que el segundo significa aguardar pasivamente que venga del cielo. Debemos servir, pero nuestros logros serán limitados. Debemos esperar, pero no tenemos derecho a ser ociosos. De modo que «trabajar» y «esperar» van de la mano. La necesidad de esperar a Cristo del cielo nos rescatará de la soberbia de quien cree poder lograrlo todo; la necesidad de trabajar para Cristo en la tierra nos rescatará del pesimismo de quien piensa que no se puede hacer nada. Sólo una mente cristiana que ha adquirido una perspectiva bíblica nos permitirá mantener este equilibrio.

Comenzamos el capítulo reconociendo la complejidad de los problemas de ética personal y social que enfrentamos hoy. En general, es imposible ofrecer fórmulas sencillas y precisas. Los atajos simplistas, que dejan de lado los verdaderos problemas, no ayudan. Al mismo tiempo, rendirse y dar lugar a la desesperación tampoco es una actitud cristiana.

Nos debe animar saber que Dios nos ha impartido cuatro dones:
Una mente con la cual pensar. Dios nos ha hecho criaturas racionales, inteligentes. Nos prohibe comportarnos como el caballo o la mula que no tienen entendimiento; nos dice, además, que no seamos como niños sino como adultos en nuestro modo de pensar. (Salmos 32:9)

La Biblia y su testimonio de Cristo, para que dirija y controle nuestro pensamiento. A medida que asimilemos sus enseñanzas, nuestros pensamientos se ajustarán más a los suyos. No se trata de memorizar una infinidad de textos fuera de contexto, para tener uno preparado para cada pregunta, y esgrimirlo en el momento justo; más bien se trata de comprender los grandes temas y principios de las Escrituras y su estructura en cuatro fases que hemos considerado.

El Espíritu Santo, el Espíritu de la verdad, que nos revela el significado de las Escrituras y nos ilumina la mente para que las comprendamos y apliquemos. La comunidad cristiana como contexto para que desarrollemos nuestro pensamiento. La heterogeneidad es la mejor garantía contra una visión parcial. Pues la Iglesia tiene miembros de ambos sexos, de diferentes edades, temperamentos, experiencias y culturas. Con la riqueza que tal diversidad de trasfondos da a la interpretación bíblica, es difícil mantener nuestros prejuicios.

Con la ayuda de estos cuatro dones (una mente, un libro de texto, un Maestro y una Escuela) debería ser posible desarrollar una mente cada vez más cristiana y un pensamiento más equilibrado.

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