Dones Ministeriales
P. Deirós (Liderazgo Cristiano 50)
Antonio Carlos Barro: "Una de las grandes discusiones a respecto del líder es si alguien nace con las cualidades para hacerse líder o si estas cualidades pueden ser adquiridas. Nos parece que las opiniones caminan en las dos direcciones. Claudiney Fullmann afirma: ‘Algunos recibirán dones, otros serán ungidos, mas la mayoría se forma’. Nos parece que lo más importante es reconocer que independientemente de si alguien ha nacido o no con las cualidades para el liderazgo, el arte de liderar puede ser perfeccionado a través de los estudios y de la práctica del liderazgo".
SUS DONES
¿Cuáles son los dones espirituales que el líder cristiano necesita recibir de Dios y desarrollar, a fin de cumplir mejor con su misión? Muchos de los dones que un líder cristiano necesita para poder cumplir con su ministerio son considerados como dones residentes en la iglesia. La Palabra indica que “hay diversos dones, pero un mismo Espíritu. Hay diversas maneras de servir, pero un mismo Señor. Hay diversas funciones, pero es un mismo Dios el que hace todas las cosas en todos” (1 Co. 12:4–6). Si bien cualquier don del Espíritu Santo es útil para el desarrollo y ejercicio del liderazgo cristiano, es cierto que hay ciertos dones específicos para este ministerio. Estos dones se caracterizan por estar estrechamente relacionados con ministerios o funciones de liderazgo de carácter más permanente en la iglesia. Dios quiere que algunos de sus hijos e hijas cumplan una función o ministerio especial dentro del cuerpo. Por eso los llama y los capacita con dones acordes con la tarea que deben desempeñar.
En la lista de dones que el apóstol Pablo presenta en Efesios 4:11 se agrupa de manera especial este tipo de dones, algunos de los cuales figuran también en 1 Corintios 12:28. En este pasaje, al igual que en Romanos 12 y 1 Corintios 12, Pablo habla de los dones en el contexto de la unidad del cuerpo de Cristo, y en base a la realidad de la diversidad de los miembros y sus dones. Su énfasis cae sobre el individuo en relación con el grupo (Ef. 4:7). De todos modos, se trata de los dones de Cristo, es decir, de dones que Cristo da a su iglesia. Así, pues, Pablo en Efesios nos presenta a los líderes como dones de Cristo a su iglesia.
No es este el lugar para analizar los dones especializados itinerantes como los de apóstoles, profetas y evangelistas, o residentes como pastores y maestros. Pero sí vamos a considerar algunos otros dones más amplios, que no siempre han recibido adecuada atención y que son fundamentales para el desarrollo del liderazgo cristiano en cualquier manifestación ministerial. De los dones residentes que se mencionan en Efesios 4:11, el de pastor y maestro es el más común. Es interesante notar que los ministerios de pastor y maestro van generalmente juntos, ya que el pastoreo incluye fundamentalmente la alimentación de la congregación con la Palabra, mientras que la enseñanza está orientada a la edificación de los creyentes. Pastores-maestros son un don que el Cristo resucitado concede a su iglesia para el ministerio de su edificación cualitativa.
El don de enseñar
Pablo se refiere al don de enseñar en su lista de Romanos 12:7, cuando señala el imperativo de utilizar los dones diferentes que tenemos. Pedro aparentemente menciona este don en 1 Pedro 4:11, cuando se refiere al que “habla, hágalo como quien expresa las palabras mismas de Dios.” La enseñanza es la instrucción dinámica en la Palabra de Dios, y las promesas y principios de una vida cristiana en conformidad con los valores del reino. Ésta consiste en guiar, orientar y estimular a los educandos en el proceso del aprendizaje. Enseñanza es toda acción orientada a procurar que el alumno o discípulo adquiera por sí mismo ideas, conocimientos y experiencias, que desarrollen en él o ella las potencias creadoras del espíritu. La enseñanza es uno de los ministerios básicos de la iglesia (Mt. 28:20; Ro. 12:7; Col. 3:16; 1 Ti. 5:17) y uno de los dones más necesarios para quien quiera ejercer el liderazgo cristiano.
La enseñanza cristiana debe tomar en cuenta los contextos en que cada cristiano, familia y comunidad vive y trabaja, de tal modo que el evangelio sea internalizado para la obediencia en la praxis y no sólo para la comprensión intelectual de doctrinas secas y abstractas (ver, 1 Co. 12:1–30; Gál. 4:1–16; Stg. 2:14–26). Una enseñanza cristiana eficaz será maestra de vida y resultará en una mayor madurez del cuerpo de Cristo, que redundará en una mayor efectividad en el cumplimiento de la misión. Por ello mismo, el don de enseñar—que enriquece el ministerio de enseñanza—es de vital aplicación en este ministerio en la iglesia y una herramienta de trabajo fundamental para el líder cristiano.
C. Peter Wagner dice que “el don de enseñanza es la habilidad especial que Dios da a ciertos miembros del cuerpo de Cristo para comunicar información relevante a la salud y ministerio del cuerpo y sus miembros de tal manera que otros puedan aprender.” En este sentido, el don de enseñar es necesario para poder ejercer cualquier ministerio docente dentro de la iglesia. Su aplicación es posible en varios ministerios, como maestro de escuela dominical, discipulador, profesor de seminario, líder de cédula, conductor de seminarios de perfeccionamiento y actualización en liderazgo, etc. El ejercicio de este don es sumamente necesario para que la iglesia pueda desarrollarse con madurez en el evangelio cristiano.
El don de enseñanza consiste en una capacidad sobrenatural, dada por el Espíritu, para la comunicación efectiva de la verdad según debe ser enseñada (doctrina). El estudio de la pedagogía y la didáctica entrenan a una persona para ser un buen maestro, pero sólo el don de enseñanza puede hacer de una persona que no es una educadora profesional, un maestro como Jesús. Probablemente como en ningún otro caso, en el caso del don de enseñanza, la diferencia entre talento natural o capacidad adquirida por educación o formación profesional, se hace muy patente.
Ray C. Stedman: “Por lo tanto, es posible que un cristiano tenga el talento para enseñar, …, pero que no tenga el don espiritual de la enseñanza. Si éste fuese el caso y se le preguntase para que fuese a enseñar en la Escuela Dominical, …, él podría dar mucha información y conocimiento de hechos sobre la lección a su clase, pero a su enseñanza le faltaría el poder de bendecir, de hacer avanzar espiritualmente a sus estudiantes. Este hecho nos ayuda a explicar el porqué muchos maestros seculares bien calificados no sirven como maestros de Escuela Dominical. Y, por otra parte, cómo muchos maestros de escuela poseen, como cristianos, el don espiritual de la enseñanza y están siendo usados por Dios en clases bíblicas o incluso en la misma Escuela Dominical.”
El don de presidir
Se refiere al don de liderazgo, de conducir, pilotear y dirigir en la iglesia. Los que presiden (líderes) son hombres y mujeres que pueden motivar, inspirar, organizar y dirigir a otros en la tarea del reino, y lo hacen con la autoridad espiritual que les ha sido dada por Dios y que es reconocida por la iglesia. No obstante, el concepto bíblico de liderazgo es equivalente al de servidumbre. El liderazgo bíblico se caracteriza porque busca el bienestar de otros y no el propio (Mt. 20:27). Según el misionólogo Paul G. Hiebert: “Las designaciones de liderazgo dentro de la iglesia no están basadas en la cultura, raza o el poder económico. Se hacen de acuerdo con los dones y habilidades dadas por Dios. Si es que la iglesia va a funcionar debe haber liderazgo en ella, tal como en cualquier institución humana.” La “Declaración de Quito”, producida por la Tercera Conferencia Latinoamericana de Evangelización (CLADE III), dice: “El ejercicio del liderazgo en la vida de las iglesias locales deberá estar marcado por el modelo del siervo sufriente y mostrar un contraste con el caudillismo y otras deformaciones causadas por el abuso del poder.”
El don de presidir o liderazgo santifica las habilidades del liderazgo humano, y forma a personas llamadas por Dios para que puedan gobernar con sabiduría a la iglesia. Tres palabras griegas se usan con referencia a la dirección o gobierno de la iglesia: dos verbos y un sustantivo. El verbo proístemi significa estar sobre, colocar o poner sobre, ir a la punta, inspeccionar, presidir, gobernar, y se traduce como “presidir” (RVR; BJ; RV95) o “dirigir” (NVI, BA) en Romanos 12:8. El término griego se traduce literalmente como “quien tiene autoridad” o “si tú eres un líder,” ya que Pablo parece estar usándolo aquí no en un sentido técnico sino más bien general (“el que ocupa un puesto de responsabilidad,” VP). Es interesante que la cláusula agrega que quien tiene autoridad (preside, dirige o lidera) debe trabajar duro, es decir, ejercer autoridad con diligencia o hacer lo que tiene que hacer con energía. El liderazgo o el ejercicio del don de presidir tienen un precio que hay que pagar para ejercerlo con responsabilidad.
El sustantivo kubernesis se traduce como amo (en el sentido de timonel o piloto de una embarcación) en Hechos 27:11, y capitán o piloto en Apocalipsis 18:17. Quien tiene el don de liderazgo es alguien colocado por el Señor como conductor de la iglesia y es responsable de hacerlo con autoridad, responsabilidad, firmeza y convicción plena de la dirección que ésta debe seguir, según la voluntad de Dios. El capitán de la nave no es el dueño de la nave, pero sí es responsable de llevarla al destino y de la manera en que el dueño de la nave determine.
El verbo hegéomai significa ir delante, guiar, ser un líder, gobernar, ordenar, dirigir, conducir, tener autoridad sobre, y se traduce como gobernador, guiador y principal. El vocablo se usa en relación a los “pastores” (hegoumenon, “los que dirigen,” “dirigentes”, “líderes”), que se mencionan tres veces en Hebreos 13:7, 17, 24. Los verbos que se utilizan en la amonestación son interesantes: “acuérdense,” “obedezcan,” y “saluden”. El vocablo en cuestión se traduce como “pastores” (RVR, RV95); “guías” (BA); “dirigentes” (BJ, RVA, NVI): son los jefes responsables de la comunidad (ver nota al pie en BJ).
El don de presidir o administrar es la capacidad dada por el Espíritu para liderar, presidir, gobernar, planear, organizar y administrar con sabiduría, justicia, ejemplo, humildad, servicio, confianza, apaciblemente y con eficiencia. Este don no es exclusivo de los pastores, pero es indispensable para ejercer el ministerio pastoral. Por cierto, es un don que por su manejo de poder se presta mucho a varios tipos de abusos (1 P. 5:2).
C. Peter Wagner: “El don de liderazgo es la habilidad especial que Dios da a ciertos miembros del cuerpo de Cristo para establecer metas en conformidad con el propósito de Dios para el futuro y para comunicar estas metas a otros de tal manera que ellos voluntaria y armoniosamente trabajarán juntos para lograr esas metas para la gloria de Dios.”
El don de administrar
Pablo menciona este don en 1 Corintios 12:28. El texto se refiere a “los que tienen dones de administración” (kuberneseis). Nótese el plural, lo cual supone que se trata de un conjunto de capacidades sobrenaturales otorgadas por el Señor como parte de una habilidad gerencial o de liderazgo básica. El vocablo describe a alguien con capacidades para guiar a la iglesia a través de las circunstancias y vicisitudes de la vida diaria, manteniendo el orden y ayudando a la congregación a cumplir con su misión.
El vocablo castellano “administración” viene del latín (ad, a; y ministrare, servir). Administración es el proceso de planificación, organización, coordinación y dirección de la actividad de la iglesia. El término también se aplica a aquellas personas que están organizadas para llevar a cabo ciertas tareas o funciones dentro de la comunidad de fe. La administración tiene como fin descubrir, desarrollar, definir y evaluar los objetivos de la iglesia y los planes de acción para alcanzar tales objetivos. La administración se propone también lograr que la iglesia adopte esos objetivos y planes, organizar y coordinar la acción y tomar nuevas medidas para un nuevo curso de acción.
Así, pues, el don de administración está ligado al ministerio de gerenciamiento de la vida y programa de la iglesia, para el mejor cumplimiento de su misión en el mundo. Quienes tienen este don son los organizadores y gestores de las cuestiones administrativas de la iglesia. En términos prácticos, los administradores se ocupan de cuestiones tales como compras, ventas, gestiones financieras, inversiones, orientación económico-financiera a los creyentes, promoción de la mayordomía cristiana en la iglesia, etc. Es también su tarea la organización, diseño programático, planificación, estrategia y gerenciamiento del programa de la iglesia. Los administradores prevén, organizan, mandan, coordinan y controlan la gestión de la iglesia en el cumplimiento de su misión.
Muchos administradores son personas con habilidades aprendidas y talentos naturales, que vuelcan en la iglesia estas pericias santificadas. Pero quienes ejercen el don de administración lo hacen de manera sobrenatural y no necesariamente con conocimientos o experiencia profesional. La iglesia en crecimiento en América Latina necesita de estos hombres y mujeres, dotados por el Espíritu Santo, para administrar con sabiduría de Dios los negocios del reino y liberar los recursos que hoy hacen falta para completar la misión que nos ha sido encomendada. C. Peter Wagner señala que “el don de administración es la habilidad especial que Dios da a ciertos miembros del cuerpo de Cristo para comprender claramente las metas inmediatas y de largo plazo de una unidad particular del cuerpo de Cristo y para diseñar y ejecutar planes efectivos para el logro de esas metas.”
Este don debe estar presente en los líderes que se ocupan de administrar los dineros, propiedades y bienes de la iglesia. En tiempos de crisis como los que vivimos, es importante que la iglesia cuente con líderes con este don. Pero éstos son también tiempos de oportunidades, y seguramente podríamos hacer mucho más por el reino de Dios si contáramos con una planificación adecuada, una administración eficiente de los recursos, y una orientación más puntillosa que nos permita lograr mayor efectividad en los esfuerzos que llevamos a cabo.
El don de interceder
El Nuevo Testamento enseña que la intercesión es responsabilidad de todo creyente (1 Ti. 2:1–2; ver Hch. 15:2; Ro. 15:30). Pero al igual que lo que ocurre con la evangelización y la sanidad, hay hermanos que reciben este don para orar de manera sobrenatural. El don de interceder lleva a ciertos creyentes a dedicar al Señor no sólo calidad de tiempo en la oración, sino también cantidad de tiempo. Jesús se presenta en los Evangelios como el ejemplo supremo de intercesión (Lc. 22:31–32; 23:34; Jn. 17:9–26). El usó este don de intercesión como herramienta eficaz en el cumplimiento de su ministerio terrenal (Mt. 19:13) y también lo prescribió a sus discípulos (Mt. 5:44). Pablo en sus cartas se refiere constantemente a sus oraciones de intercesión por sus lectores (Fil. 1:3–11; Col. 1:3, 9; 1 Ts. 1:2–3).
Hay hermanos que son llamados por Dios para cumplir este ministerio y que reciben del Señor la capacidad sobrenatural para perseverar en él. Son líderes que encuentran gran satisfacción en entrar a la presencia del Señor en oración, y permanecer allí hasta adquirir convicción sobre lo que él se propone hacer en determinadas circunstancias. Según C. Peter Wagner, “el don de intercesión es la habilidad especial que Dios da a ciertos miembros del cuerpo de Cristo para orar por largos períodos de tiempo sobre una base regular y ver respuestas frecuentes y específicas a sus oraciones, en un grado mucho mayor que la que se espera del cristiano promedio.”
La intercesión es ese aspecto de la oración de petición en el que creyentes dotados por el Espíritu Santo hacen súplicas específicas a Dios a favor de ellos mismos, y especialmente por otras personas o grupos. Generalmente, el don tiene que ver con la oración ofrecida en beneficio de otros por parte del creyente, especialmente por quienes están en necesidad en la congregación (como el caso de quienes están enfermos, Stg. 5:14). El ejercicio de este don es fundamental para la buena marcha de la iglesia. Los líderes con este don deberían reunirse para orar sistemáticamente por otros líderes y la congregación, su programa de trabajo y sus necesidades.
Christian A. Schwarz: “El don de la oración pertenece a aquellos dones que en la Biblia no aparecen etiquetados con el nombre de ‘dones espirituales’. Sin embargo, la experiencia demuestra que hay cristianos que tienen un poder especial cuando oran. Aunque orar es un privilegio y un deber para todos los cristianos, los que tienen este don son capaces de pasar muchas horas orando intensamente, y disfrutan haciéndolo.”
Dones para el liderazgo
Indicar qué dones parecen sugerirse en los siguientes pasajes:
1 Timoteo 5:17.
Lucas 14:28-30.
Colosenses 4:12-13.
Hechos 18:24-28.
Hechos 15:32.
1 Pedro 5:1-4.
2 Timoteo 4:5.
Romanos 16:7.
Dones: interceder - apóstol - administrar - presidir - profeta - evangelista – enseñar -pastor y maestro.
En la Biblia, los líderes reciben una gran variedad de títulos y nombres, que de alguna manera describen sus diversas capacidades para el servicio al pueblo de Dios y al mundo.
"Las tareas inaugurales de la iglesia cristiana fueron desempeñadas con penurias y amarguras; los sucesores de los primeros apóstoles descubrieron que se debían enfrentar a pruebas similares: privaciones, calumnias y todo tipo de oposición. Debieron ser hombres de coraje moral impenetrable y músculo espiritual". 4TI, 258.
Colocar el pasaje bíblico que corresponda:
Administradores de la gracia de Dios.
Ancianos.
Centinelas.
Colaboradores de Dios.
Compañeros de lucha.
Embajadores de Cristo.
Encargado de la obra de Dios.
Encargado de administrar los misterios de Dios.
Evangelistas.
Hombres de Dios.
Obispos.
Obreros.
Ministros de Cristo Jesús.
Ministros del Señor.
Pastores.
Pescadores de hombres.
Predicadores.
Predicadores de la justicia.
Servidores de Dios.
Servidores del evangelio.
Servidores de la iglesia.
Servidores de la palabra.
Siervos de Cristo Jesús.
Siervos de Dios.
Siervos del Señor.
Pasajes: Deuteronomio 33:1; Isaías 62:6; Jeremías 3:15; Joel 2:17; Mateo 4:19; Mateo 9:37, 38; Lucas 1:2; Hechos 20:28; Hechos 21:8; Romanos 10:14, 15; Romanos 15:16; 1 Corintios 4:1; 2 Corintios 4:5; 2 Corintios 5:20; 2 Corintios 6:1; 2 Corintios 6:4; Efesios 3:7; Filipenses 1:1; Filipenses 2:25; 1 Timoteo 5:17; 2 Timoteo 2:24; Tito 1:1; Tito 1:7; 1 Pedro 4:10; 2 Pedro 2:5;
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