Cultos y otras reuniones de la iglesia - MI

 Manual de Iglesia 139 -146

Principios generales

Nuestro Señor Jesucristo declaró que los que adoran a Dios deben adorarlo “en espíritu y en verdad. Estos adoradores son los que el Padre busca” (Juan 4:23).

“Aunque Dios no mora en templos hechos por manos humanas, honra con su presencia las asambleas de su pueblo. Prometió que cuando se reuniesen para buscarle, reconocer sus pecados y orar unos por otros, él los acompañaría por medio de su Espíritu. Pero los que se congregan para adorarle deben desechar todo lo malo. A menos que lo adoren en espíritu y en verdad, así como en hermosura de santidad, de nada valdrá que se congreguen” (PR, 35).

Propósito de los cultos y de las reuniones de la iglesia

El propósito de los servicios y de las reuniones de la iglesia es adorar a Dios por su obra creadora y por todos los beneficios de su salvación; entender su Palabra, sus enseñanzas y sus propósitos; confraternizar el uno con el otro en fe y amor; testificar acerca de la fe personal en el sacrificio expiatorio de Cristo en la cruz; y aprender cómo cumplir la comisión evangélica y hacer discípulos en todo el mundo (Mateo 28:19, 20).

Reverencia por la casa de culto

“Para el alma humilde y creyente, la casa de Dios en la tierra es la puerta del cielo. El canto de alabanza, la oración, las palabras pronunciadas por los representantes de Cristo, son los agentes designados por Dios para preparar a un pueblo para la iglesia celestial, para aquel culto más sublime en el que no podrá entrar nada que corrompa.

“Del carácter sagrado que rodeaba el santuario terrenal, los cristianos pueden aprender cómo deben considerar el lugar donde el Se- ñor se encuentra con su pueblo. [...] Dios mismo dio el orden del servicio, ensalzándolo muy por encima de todo lo que tuviese naturaleza temporal.

“La casa es el santuario para la familia, y la cámara o el huerto el lu- gar más retraído para el culto individual; pero la iglesia es el santuario para la congregación. Debiera haber reglas respecto al tiempo, el lugar, y la manera de adorar. Nada de lo que es sagrado, nada de lo que pertenece al culto de Dios, debe ser tratado con descuido e indiferencia” (2JT, 211, 212).

Debe enseñarse reverencia a los niños

“Padres, eleven la norma del cristianismo en la mente de sus hijos; ayúdenlos a entretejer a Jesús en su experiencia; enséñenles a tener la más alta reverencia por la casa de Dios y a comprender que, cuando entran en la casa del Señor, deben hacerlo con corazón enternecido y subyugado por pensamientos como estos: ‘Dios está aquí; esta es su casa. Debo tener pensamientos puros y los más santos motivos. No debo abrigar orgullo, envidias, celos, malas sospechas, odios ni engaño en mi corazón, pues vengo a la presencia del Dios santo. Este es el lugar donde Dios se encuentra con su pueblo y lo bendice. El Santo y Sublime, que habita la eternidad, me mira, escudriña mi corazón, y lee los pensamientos y actos más secretos de mi vida’ ” (2JT 215).

Decoro y silencio en el lugar de adoración

“Cuando los adoradores entran en el lugar de reunión, deben hacerlo con decoro, pasando quedamente a sus asientos. [...] La conversación común, los cuchicheos y las risas no deben permitirse en la casa de culto, ni antes ni después del servicio. Una piedad ardiente y activa debe caracterizar a los adoradores.

“Si algunos tienen que esperar unos minutos antes que empiece la reunión, conserven un verdadero espíritu de devoción meditando silenciosamente, manteniendo el corazón elevado a Dios en oración, con el fin de que el servicio sea de beneficio especial para su propio corazón y conduzca a la convicción y conversión de otras almas. Deben recordar que los mensajeros celestiales están en la casa. [...]

“Si cuando la gente entra en la casa de culto tiene verdadera reverencia por el Señor y recuerda que está en su presencia, habrá una suave elocuencia en el silencio. Las risas, las conversaciones y los cuchicheos que podrían no ser pecaminosos en un lugar de negocios comunes, no deben tolerarse en la casa donde se adora a Dios. La mente debe estar preparada para oír la Palabra de Dios, a fin de que tenga el debido peso e impresione adecuadamente el corazón” (2JT, 212, 213).

La hospitalidad

“No olviden la hospitalidad, que por ella algunos, sin saberlo, hos- pedaron a ángeles” (Heb. 13:2). Todas las iglesias deben cultivar un es- píritu de hospitalidad. No hay nada que sea tan mortífero para la vida espiritual de la iglesia como una atmósfera fría y formal, que excluya la hospitalidad y el compañerismo cristianos. Especialmente debe hacerse esto en relación con el momento del servicio de adoración.

El lugar de la música en la adoración

El poder de la música.

“La música puede ser un gran poder para el bien; y sin embargo no sacamos el mayor provecho de este ramo del culto. Se canta generalmente por impulso o para hacer frente a casos especiales. En otras ocasiones, a los que cantan se les deja cometer errores y equivocaciones, y la música pierde el efecto que debe tener sobre la mente de los presentes. La música debe tener belleza, majestad y poder. Elévense las voces en cantos de alabanza y devoción. Si es posible, recurramos a la música instrumental, y ascienda a Dios la gloriosa armonía como ofrenda aceptable” (1JT, 501).

Cantar con el espíritu y con el entendimiento.

“En sus esfuerzos para alcanzar a la gente, los mensajeros del Señor no han de seguir los métodos del mundo. En las reuniones que se celebran, no tienen que depender de cantores mundanos y fausto teatral para despertar el interés. ¿Cómo se puede esperar que aquellos que no tienen interés en la Palabra de Dios, que nunca la han leído con el sincero deseo de comprender sus verdades, canten con el espíritu y el entendimiento? [...] ¿Cómo puede el coro celestial unirse a una música que es únicamente una forma? [...]

El canto no ha de ser entonado siempre por unos pocos. Tan a menudo como se pueda, participe en él la congregación” (OE, 368, 369).

El púlpito no es un foro

La Iglesia no le confiere a ningún pastor, anciano de iglesia o cualquier otra persona el derecho de hacer del púlpito un foro para defender puntos controvertidos de doctrina o de procedimiento.

Probar la nueva luz

Los miembros que piensan que tienen nueva luz, contraria a los puntos de vista reconocidos por la Iglesia, deben buscar el consejo de los dirigentes responsables.

“Hay mil tentaciones disfrazadas y preparadas para aquellos que tienen la luz de la verdad; y la única seguridad para cualquiera de nosotros consiste en no recibir ninguna nueva doctrina, ninguna nueva interpretación de las Escrituras, sin someterla primero a hermanos de experiencia. Presénteselas con un espíritu humilde y dispuesto a recibir enseñanza, con ferviente oración, y si ellos no la aceptan, aténganse a su juicio; porque ‘en la multitud de consejeros hay salud’ (Proverbios 11:14)” (2JT, 112; ver también Hechos 15:1-35).

Este procedimiento es el que se seguía en la iglesia primitiva. Cuando surgió una diferencia de opinión en Antioquía sobre un asunto importante, los creyentes enviaron representantes a Jerusalén, para someter la cuestión a la consideración de los apóstoles y los ancianos. La decisión de este concilio fue aceptada jubilosamente por los creyentes de Antioquía, y así la unidad y el amor fraternal fueron preservados en la iglesia.

El consejo del Señor mencionado más arriba no debe verse como algo que, en alguna manera, prohíbe que alguien realice un estudio diligente de las Escrituras, sino más bien como una protección contra la infiltración, en la iglesia, de teorías falsas y doctrinas erróneas. Dios quiere que sus hijos investiguen fielmente su Palabra en busca de luz y de la verdad, pero no quiere que sean desviados por enseñan- zas falsas.

“Hemos contemplado solo una vislumbre de la gloria divina y de la infinitud del conocimiento y la sabiduría; hemos estado trabajando, por así decirlo, en la superficie de la mina, cuando el rico metal del oro está debajo de la superficie, para recompensar al que cave por él. La barrena debe ser hundida más y aun más profundo en la mina, y el resultado será el tesoro glorioso. A través de una fe correcta, el conocimiento divino llegará a ser conocimiento humano” (PVGM, 85).

“Siempre se revelará nueva luz de la Palabra de Dios al que mantiene una relación viva con el Sol de Justicia. Nadie llegue a la conclusión de que no hay más verdad para ser revelada. El que busca la verdad con diligencia y oración hallará preciosos rayos de luz que aún han de resplandecer de la Palabra de Dios. Muchas joyas están todavía esparcidas, que han de ser juntadas para venir a ser propiedad del pueblo de Dios” (CSOES, 37).

Cuando brilla nueva luz de las Sagradas Páginas para recompensar al diligente buscador de la verdad, esta nueva luz no invalida la antigua luz. Por el contrario, se funde con la anterior, haciéndola más brillante y dándole mayor fulgor. Por lo tanto, “la senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta llegar al pleno día” (Proverbios 4:18).

Aunque los hijos de Dios deben estar listos para aceptar nueva luz, nunca deben prestar oído a ninguna voz, por pía y plausible que parezca, que los desvíe de las doctrinas fundamentales de la Biblia.

“No hemos de recibir las palabras de los que vienen con un mensaje que contradice los puntos especiales de nuestra fe. Reúnen un montón de versículos y los amontonan como una prueba en torno de las teorías que afirman. Esto ha sido hecho vez tras vez durante los últimos 50 años. Y al paso que las Escrituras son la Palabra de Dios y han de ser respetadas, es un gran error la aplicación de ellas, si tal aplicación mueve un puntal del fundamento que Dios ha sostenido durante estos 50 años. El que hace tal aplicación no conoce la maravillosa demostración del Espíritu Santo que dio poder y fuerza a los mensajes pasados que han venido al pueblo de Dios” (1MS, 197).

La importancia de mantener la unidad

Es importante que conservemos “la unidad de la fe” (Efesios 4:13); y es igualmente importante que tratemos en todo tiempo de “guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz” (vers. 3). Por eso, hay necesidad de cuidado y de cabal investigación, así como del consejo de los líderes de la iglesia.

“Dios está guiando a su pueblo para que salga del mundo, con el fin de colocarlo sobre la exaltada plataforma de la verdad eterna, los mandamientos de Dios y la fe de Jesús. Quiere disciplinar y preparar a sus hijos. No estarán en desacuerdo, creyendo uno una cosa, y teniendo otro una fe y opiniones totalmente opuestas, moviéndose cada uno independientemente del cuerpo. Por la diversidad de los dones y de los ministerios que él ha puesto en la iglesia, todos pueden llegar a la unidad de la fe. Si alguien adopta puntos de vista referentes a la Biblia sin considerar la opinión de sus hermanos, y justifica su conducta alegando que tiene derecho a sostener sus propias opiniones peculiares, y luego las impone a otros, ¿cómo podrá cumplirse la oración de Cristo? [...]

“Aunque tenemos una obra y una responsabilidad individuales delante de Dios, no hemos de seguir nuestro propio juicio independiente, sin considerar las opiniones y los sentimientos de nuestros hermanos; pues este proceder conducirá al desorden en la iglesia. Es deber de los ministros respetar el juicio de sus hermanos; pero sus relaciones mutuas, así como las doctrinas que enseñan, deben ser examinadas a la luz de la Ley y el testimonio. Entonces, si los corazones son dóciles para recibir la enseñanza, no habrá divisiones entre nosotros. Algunos se sienten inclinados al desorden, y se están apartando de los grandes hitos de la fe, pero Dios está induciendo a sus ministros a ser uno en doctrina y en espíritu” (La iglesia remanente, 36, 37).

En vista de estas consideraciones, es evidente que la Iglesia no puede concederle a una persona el derecho de exponer desde el púlpito sus opiniones y puntos de vista personales. El púlpito sagrado debe reservarse para la predicación de las verdades sagradas de la Palabra divina, y para la presentación de los planes y las normas de la denominación para el progreso de la obra de Dios (ver pp. 38, 141-143).

Oradores autorizados

El pastor local podrá invitar a hablar desde el púlpito únicamente a personas dignas de confianza, en armonía con las directrices dadas por la Asociación (ver “Términos utilizados en el Manual de la Iglesia”, p. 21). Los ancianos locales o la Junta Directiva de la Iglesia también pueden invitar a los oradores, en consulta con el pastor y en armonía con las directrices de la Asociación. No se debe permitir que ocupen el púlpito aquellos que ya no son miembros de la iglesia, o que están bajo disciplina eclesiástica.

Puede haber ocasiones en que sea propio que nuestras congregaciones escuchen discursos de funcionarios del Gobierno o de otras personalidades públicas. Cualquier otra persona debe ser excluida de nuestros púlpitos, a menos que la Asociación local le haya concedido un permiso especial. Todo anciano, pastor y presidente de Asociación tiene el deber de velar para que esta regla se cumpla (ver pp. 38, 141-143).

La Escuela Sabática y el culto de adoración

La Escuela Sabática

La Escuela Sabática es uno de los servicios más importantes; es la iglesia en estudio. Sábado tras sábado, la mayor parte de nuestros miembros y miles de amigos interesados se reúnen en la Escuela Sabática para estudiar sistemáticamente la Palabra de Dios. Debe animarse a todos los miembros de la iglesia a asistir a la Escuela Sabática y a llevar visitas.

Todas las escuelas sabáticas deben ofrecer un programa adecuado a cada edad. Los materiales preparados para ayudar en esta importante tarea pueden conseguirse en la Asociación, la Unión y la División.

La Escuela Sabática debería promover las actividades misioneras de la iglesia local y del campo mundial, la ofrenda para las misiones y un tiempo significativo para el estudio de la Biblia (ver Notas, n° 1, p. 209).

Los anuncios y las promociones de los departamentos

Debe darse cuidadosa consideración a la extensión y a la naturaleza de los anuncios durante el culto del sábado. Si se refieren a asuntos que no se relacionan específicamente con el culto del sábado, ni con las actividades de la iglesia, los pastores y los dirigentes deben ser lo suficientemente cuidadosos como para excluirlos, manteniendo a este respecto el debido espíritu de adoración y de la observancia del sábado.

Muchas de nuestras iglesias editan boletines en los que aparece el orden del culto y también los anuncios de la semana. En estos casos, existe poca o ninguna necesidad de hacer anuncios orales. Muchas de las iglesias que no editan un boletín prefieren hacer los anuncios antes de que comience el culto (ver Notas, n° 2, p. 210).

Aunque debe darse tiempo para que los diferentes departamentos de la iglesia promuevan sus intereses específicos, debe ejercerse mucho cuidado al hacer esas presentaciones, con el fin de preservar el tiempo necesario para la predicación del mensaje de la Palabra de Dios.

El culto de adoración

El culto de adoración del sábado es la más importante de todas las reuniones de la iglesia. En él, los miembros se reúnen, semana tras semana, para unirse en la adoración a Dios con espíritu de alabanza y de agradecimiento, para oír la Palabra de Dios, para obtener fuerza y gracia para enfrentar las luchas de la vida, y para conocer cuál es la voluntad de Dios para ellos en cuanto a la ganancia de almas. La puntualidad, la reverencia y la sencillez deben caracterizar todas las partes del culto de adoración.

Se requiere habilidad, estudio y planificación

“¿No es su deber poner alguna habilidad, y estudio y planificación en lo referente a la conducción de las reuniones religiosas, en el sentido de cómo dirigirlas para que produzcan la mayor cantidad de bien y causen la mejor impresión a todos los que asisten a ellas?” (Elena de White, Review and Herald, 14 de abril de 1885, p. 225).

“Nuestro Dios es un Padre tierno y misericordioso. No deberíamos considerar que servirlo es un ejercicio penoso que entristece el corazón. Debería ser un placer adorar al Señor y participar en su obra. [...] Cristo, y Cristo crucificado, debería ser el tema de contemplación, de conversación y de nuestra más gozosa emoción. [...] Cuando nosotros expresamos nuestra gratitud, nos aproximamos a la adoración de las huestes celestiales. ‘El que ofrece sacrificio de alabanza [...] glorificará [a Dios]’ (Salmos 50:23). Presentémonos, pues, con gozo reverente delante de nuestro Creador con ‘acciones de gracias y voces de alabanza’ (Isa. 51:3, LBLA)” (El camino a Cristo, pp. 104, 105).

La forma del culto

El culto del sábado de mañana tiene dos partes: la respuesta de la congregación en alabanza y adoración, expresada en cantos, oración y ofrendas; y el mensaje de la Palabra de Dios (ver Notas, n° 3, pp. 210, 211).

No prescribimos una forma o un orden específico para el culto público. Por lo general, un orden breve es el que más conviene al verdadero espíritu de adoración. Deben evitarse los largos preliminares. Los ejercicios de apertura no deben, en ninguna circunstancia, consumir el tiempo requerido para la adoración y la predicación de la Palabra de Dios (para formas sugerentes del orden del culto, ver Notas, n° 2, p. 210).

El culto misionero de la iglesia

Generalmente se reconoce que el primer sábado de cada mes es el sábado misionero de la iglesia. El culto de adoración de ese sábado focaliza el evangelismo por miembros voluntarios, pero otros departamentos, además del departamento de Ministerio Personal, pueden tener también la oportunidad de presentar, en esos días especiales, sus intereses. “Dios ha confiado a nuestras manos una obra muy sagrada, y necesitamos reunirnos para recibir instrucción, con el propósito de que estemos capacitados para realizar esta labor” (SC, 241, 242; ver Notas, n° 4, pp. 211, 212).

La oración en público

“Cristo inculcó en sus discípulos la idea de que sus oraciones debían ser cortas y expresar exactamente lo que querían, y nada más. [...] Uno o dos minutos bastan para cualquier oración común” (1JT, 303).

“Pronuncien sus palabras debidamente los que oran y los que hablan; háganlo en tono claro, distinto y firme. La oración, si se hace de una manera apropiada, es un poder para el bien. Es uno de los medios empleados por el Señor para comunicar al pueblo los preciosos tesoros de verdad. [...] Aprenda el pueblo de Dios a hablar y orar de una manera que represente apropiadamente las grandes verdades que poseemos. Sean claros y distintos los testimonios dados y las oraciones formuladas. Así será glorificado el Señor” (OE, 89).

Provisión de publicaciones en sábado

Se reconoce generalmente que el sábado es el momento más oportuno para que el secretario de Ministerio Personal entregue las publicaciones a los miembros. Sin embargo, debe evitar cualquier método que pudiera ser objetable por ser sábado, o que tienda a desviar la atención de la congregación del verdadero culto y de la reverencia.

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