Las preguntas clave del Ministerio



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P. Deirós

Es a la luz de la experiencia de Pablo como siervo del Señor, que deseo que me acompañen a reflexionar sobre nosotros mismos como líderes del fin de los tiempos. 

Hoy vamos a procurar responder a cuatro preguntas críticas que están en el corazón mismo de la vida pastoral, y que surgen de la experiencia de liderazgo cristiano en el mundo posmoderno contemporáneo. Estas son las preguntas claves que se plantean los pastores del fin de los tiempos, y que no siempre responden de manera adecuada o satisfactoriamente. En cada caso, las respuestas que daremos a estas preguntas están basadas en un fundamento bíblico y teológico. Quiero proponer estas respuestas bíblicas y teológicas como el fundamento para un ministerio pastoral bíblico y contemporáneo, que de veras ayude a los pastores del fin de los tiempos a encontrar un camino de servicio y satisfacción.

La pregunta de la identidad: ¿quién soy?

No hay un interrogante que sea más importante para un líder cristiano. Esta es la pregunta inicial y primaria, de la que derivan otras. Como indica el pastor Osvaldo Carnaval, “en realidad el primer y mayor desafío al que se enfrenta un líder es conocerse a sí mismo. Esta será la base para luego realizar su trabajo. Para que la tarea a desarrollar sea sólida se necesita ser antes que hacer.” 

Para responder a esta pregunta, hay que tomar en cuenta cuatro dimensiones:

La dimensión de lo que la sociedad espera que yo sea. 
La gente en el barrio espera que el pastor evangélico sea una especie de Ceferino Namuncurá, o Madre María, o Padre Mario, que traiga la bendición de Dios al barrio … y si es posible también a los noticieros de la TV.

La gente en la ciudad no le presta la más mínima atención a los pastores, a menos que haya un escándalo mayúsculo de por medio y el pastor adquiera notoriedad social a través de los medios masivos, especialmente la TV.

Los miembros de otras iglesias evalúan al pastor local con los mismos patrones con que evalúan a los participantes de Gran Hermano o a los personajes de la farándula o a las celebridades: según la publicidad que tenga y el show religioso que logre montar (una suerte de Bailando por un Sueño evangélico).

Los políticos ven en el pastor a un caudillo que puede traerles votos a cambio de una pequeña contribución para el culto.

En realidad, la sociedad que nos rodea no espera nada de nosotros, porque carecemos de toda relevancia social: para la sociedad no somos nadie ni nada.

La dimensión de lo que la iglesia quiere que yo sea. 
Generalmente, las iglesias quieren que sus pastores sean lo que ellos de ninguna manera pueden ser … y esto con un salario de hambre, lo cual se constituye en la fuente mayor de frustración y abandono del ministerio. Los miembros de la iglesia esperan que su pastor sea una especie de super-héroe: un personaje de historieta con variados matices (Superman, Batman, Mandrake, Llanero Solitario, o Gaby, Fofó y Miliqui). Muchos quieren que el pastor sea una especie de enciclopedia multiuso, capaz de responder a todas las preguntas y resolver todos los problemas (Calculín, el Chapulín Colorado, un Ombudsman evangélico, defensor de Pobres y menesterosos). Otros desean que el pastor sea un modelo moral y espiritual perfecto, una especie de reflejo perfecto de Jesús (los católicos tienen santos, los evangélicos tenemos pastores: “Ore por mí”).

Las iglesias piensan de los pastores lo que en verdad no somos. ¿Por qué? Porque quieren pensar que hay alguien cerca que es mejor de lo que ellos son, un modelo ideal: proceso de idealización. Porque quieren proyectar en alguien sus ideales frustrados, un espejo conveniente (madrastra de Blanca Nieves): proceso de transferencia. Porque tienen un concepto equivocado de lo que significa ser pastor o líder, están mal-aprendidos o están mal-enseñados: proceso de confusión.

Es difícil para algunos hermanos aceptar nuestra pecaminosidad, ignorancia, cansancio, enojo, emociones, pasiones, enfermedad, dolor, etc. Hay quienes piensan que por tener que ver con cosas santas, nosotros somos santos. Hay quienes piensan que porque hablamos de Dios, nosotros estamos más cerca de Dios. Hechos 14:12: Listra - “A Bernabé llamaban Júpiter, y a Pablo, Mercurio, porque éste era el que llevaba la palabra.” Hay quienes piensan que porque predicamos el evangelio del reino, nosotros no tenemos problemas o las cosas nos resultan más fáciles.

La dimensión de lo que yo quiero ser. 
Lo que yo quiero ser está determinado, en buena medida, por lo que he sido: mi experiencia personal. Criado en un hogar cristiano, hijo de misioneros y pastores, comencé a predicar a los 15 años, tuve excelentes líderes y consejeros. Salí del Seminario después de cinco años de estudios y me metí en una iglesia con más de veinte años de vida y menos de 70 miembros. Fui ordenado a los 22 años: de la noche a la mañana pasé de ser seminarista a ser pastor—el responsable moral y espiritual de la vida de los 68 miembros de mi iglesia.

Comencé mi ministerio pastoral con el firme deseo de servir al Señor y de hacerlo lleno del Espíritu Santo y para su sola gloria. Sabía que debía ser maestro y predicador de la Biblia, además de líder de adoración y animador del culto. Sabía que debía ser un líder de la congregación, aunque la mayoría de los miembros podían ser mis padres, abuelos o hermanos mayores. No sabía una enorme cantidad de cosas que jamás me enseñaron en el Seminario y que muy pronto desafiaron mi ministerio.

En la dimensión de lo que yo quiero ser se mezclaron siempre mis buenos deseos de ser un buen siervo de Dios con las innumerables limitaciones de mi condición humana pecadora. Siempre quise ser un pastor bueno, y terminé abandonando el ministerio pastoral en 1979, totalmente frustrado, deprimido, lleno de culpa y rodeado de cadenas que no podía romper. Quería ser un pastor exitoso, y terminé dejando nuevamente el pastorado en lo que algunos consideraban como la cumbre de mi éxito personal, diciendo como Pablo “no es que ya lo haya conseguido todo, o que ya sea perfecto,” porque me queda mucho por delante para “alcanzar aquello para lo cual Cristo Jesús me alcanzó a mí” (Filipenses 3:12).

La dimensión de lo que yo soy en Cristo. 
Pablo podía decir con profunda convicción: “Por la gracia de Dios soy lo que soy” (1 Corintios 15:10) y esto definió su identidad pastoral. Pablo luchó con su identidad pastoral al hacer frente a todo tipo de presiones culturales y eclesiásticas. Es interesante notar que la mayor parte de las metáforas pastorales del apóstol se encuentran en sus cartas a los corintios, que fueron quienes más cuestionaron su ministerio.

La lista que Pablo presenta no está agotada y sorprende por la enorme variedad de “identidades” con que se describe el apóstol. No obstante, a pesar de la multiplicidad y variedad, Pablo no sufría de identidades múltiples, sino que todas ellas encontraron su foco en una sola identidad: la de Cristo Jesús. Es por él y para él que Pablo fue capaz de decir: “Me hice todo para todos, a fin de salvar a algunos por todos los medios posibles.” Y aclara: “Todo esto lo hago por causa del evangelio, para participar de sus frutos” (1 Corintios 9:22b–23). Pablo recibió del Señor del mundo y de la iglesia, y no del mundo o de la iglesia la respuesta a su problema de identidad pastoral. El contenido de su perfil y programa pastoral y de liderazgo vino de su Señor.

Nuestra identidad pastoral y de liderazgo se encuentra en Cristo, que nos llamó a su servicio. Al igual que Pablo, yo soy lo que recibí y aprendí “por revelación de Jesucristo” (Gálatas 1:12). Yo soy aquello para lo que fui apartado y llamado por la gracia de Jesucristo. Puedo hacer propias las palabras de Pablo: “Dios me había apartado desde el vientre de mi madre y me llamó por su gracia, cuando él tuvo a bien revelarme a su Hijo para que yo lo predicara” (Gálatas 1:15, 16a). Además, yo soy una persona cuya transformación personal hace que otros glorifiquen a Dios (Gálatas 1:23–24).

La pregunta de la ubicación contextual: ¿dónde estoy?

Esta es también un pregunta importante para todo hombre o mujer que aspire a servir como líder en el cuerpo de Cristo. Hay cuatro maneras diferentes de responder a esta pregunta:

Estoy donde debo estar. 
Hay pastores cuyo contexto de servicio está impuesto por un sentido enfermizo del deber, que muchas veces nace de sentimientos de culpa no resueltos o de obligaciones impuestas por otros. Este es el caso del pastor o líder que “hereda” de su padre, un familiar o un mentor la iglesia que pastorea o el ministerio que tiene entre manos. Estar en un lugar pastoreando por la fuerza es una invitación a la frustración y el fracaso seguros.

Estoy donde puedo estar. 
Hay quienes están en el pastorado o el liderazgo porque es la única actividad en la que pueden ganarse la vida sin demasiado trabajo. El ministerio pastoral puede servir de refugio o aguantadero para algunos incapaces o perezosos, que no están dispuestos a aventurarse por nada que demande esfuerzos y riesgos. Uno puede quedarse vegetando por décadas en una iglesia, mientras se las ingenie para anestesiar a los miembros con la morfina de la mediocridad.

Estoy donde quiero estar. 
“Desear ser obispo”, según Pablo, es un buen deseo si se reúnen las condiciones requeridas para ello: el pastor o líder tiene que ser “intachable, esposo de una sola mujer, moderado, sensato, respetable, hospitalario, capaz de enseñar; no debe ser borracho ni pendenciero, ni amigo del dinero, sino amable y apacible. Debe gobernar bien su casa y hacer que sus hijos le obedezcan con el debido respeto; porque el que no sabe gobernar su propia familia, ¿cómo podrá cuidar de la iglesia de Dios? No debe ser un recién convertido, no sea que se vuelva presuntuoso y caiga en la misma condenación en que cayó el diablo. Se requiere además que hablen bien de él los que no pertenecen a la iglesia, para que no caiga en descrédito y en la trampa del diablo” (1 Timoteo 3:1-7).

Querer estar al frente de una iglesia como líder es desear “una noble función”, pero además de las condiciones morales, espirituales, de testimonio y de madurez emocional, hay que tomar en cuenta las motivaciones que se tienen. Una persona puede querer estar en el ministerio pastoral o en una función de liderazgo por motivos equivocados, egoístas, carnales o espurios. Estos motivos pueden ser: la necesidad de afecto, la búsqueda de aprobación, la satisfacción de impulsos narcisistas, el anhelo de proyección social, la necesidad de trabajo e ingreso, el deseo de controlar a otras personas, la ambición de poder, etc. Decir: “Estoy de pastor o sirvo como líder en este contexto porque es lo que más deseo en mi vida” no es suficiente respuesta.

Estoy donde el Señor quiere que esté
Suele ocurrir que donde Dios quiere que estemos no siempre nos parece el mejor de los lugares. Así le pasó a Ezequiel, a quien Dios lo puso a ministrar su palabra en medio de un pueblo cautivo, deprimido, sin proyecto histórico y carente de toda esperanza. El propio Ezequiel nos cuenta de su experiencia: 
“Así llegué a Tel Aviv, a orillas del río Quebar, adonde estaban los israelitas exiliados, y totalmente abatido me quedé con ellos durante siete días” (Ezequiel 3:15). 
No sólo que el lugar de ministerio del profeta era deprimente, sino que la iglesia que le tocó pastorear era la peor del mundo. Los miembros de su iglesia contaban con los peores antecedentes: era un pueblo rebelde, obstinado y terco (Ezequiel 2:3, 4). Además de rebelde, obstinado y terco, el pueblo israelita no quería escuchar la palabra de Dios (Ezequiel 2:5). La gente que se suponía él debía atender como sacerdote y profeta, y a quienes debía anunciar la palabra de Dios eran peligrosos, moral y espiritualmente insalubres. Dios mismo los describe en términos patéticos: “Tú, hijo de hombre, no tengas miedo de ellos ni de sus palabras, por más que estés en medio de cardos y espinas, y vivas rodeado de escorpiones. No temas por lo que digan, ni te sientas atemorizado, porque son un pueblo obstinado” (Ezequiel 2:6).

Otras veces nos parece que el lugar donde nos coloca el Señor para servir va de contramano con toda lógica humana básica. 
Primero, porque como le ocurrió a Pablo, para llegar a ese lugar de servicio, tenemos que recorrer el mundo entero y pasar por mil experiencias de todo tipo. El peregrinaje a nuestro lugar de servicio la más de las veces no parece ser una autopista directa, sino un camino tortuoso y largo. Esta fue la experiencia de Pablo antes de encontrar su lugar de misión entre los gentiles, según Gálatas 1:17-21. Después que Ananías le ministró en Damasco, bajo la dirección del Señor que le anticipó “ese hombre es mi instrumento escogido para dar a conocer mi nombre tanto a las naciones (gentiles) y a sus reyes como al pueblo de Israel” (Hechos 9:15), Pablo tuvo que pasar por varios lugares. 
En Gálatas 1:17b, 18 dice: “fui de inmediato a Arabia, de donde luego regresé a Damasco. Después de tres años, subí a Jerusalén.” En el v. 21 agrega: “Más tarde fui a las regiones de Siria y Cilicia.”

Segundo, porque como le ocurrió a Pablo, el Señor puede mandarnos al lugar donde no queremos ir porque va contra nuestras más profundas presuposiciones y convicciones. 
A un judío recalcitrante como Pablo, a un fariseo de alta estirpe, a un celoso de la ley como él, Dios lo mandó a predicar entre los gentiles. A un perseguidor de los cristianos y del evangelio de Cristo, el Señor lo envió como su principal mensajero. Como decían en Judea las iglesias de Cristo: “El que antes nos perseguía ahora predica la fe que procuraba destruir” (Gálatas 1:23). 
Sea como fuere, es el Señor quien decide dónde debemos servirle, y si estamos en el lugar donde él quiere que estemos, estaremos siempre en el mejor lugar. Así ocurrió con Ezequiel, a quien Dios le dijo: “Hijo de hombre, a ti te he puesto como centinela del pueblo de Israel. Por tanto, cuando oigas mi palabra, adviértele de mi parte” (Ezequiel 3:17). Así ocurrió con Pablo, a quien Dios le dijo: “Te he puesto por luz para las naciones (los gentiles), a fin de que lleves mi salvación hasta los confines de la tierra” (Hechos 13:47). Así puede ocurrir contigo, de modo que puedas decir como David: “Tú, Señor, eres mi porción y mi copa; eres tú quien ha afirmado mi suerte. Bellos lugares me han tocado en suerte; ¡preciosa herencia me ha correspondido!” (Salmos 16:5–6).

La pregunta del momento temporal: ¿qué hora es?

No siempre prestamos atención a esta dimensión del análisis de nuestras condiciones para el liderazgo cristiano. No obstante, nos evitaríamos más de un dolor de cabeza y frustración en el ministerio si prestáramos la debida atención a este interrogante. Para responder a esta pregunta, hay que tomar en cuenta cuatro cosas:

Debemos ser capaces de discernir entre chronos y kairós
Ambos vocablos griegos se utilizan en el Nuevo Testamento y se traducen al castellano como “tiempo”. Chronos significa tiempo, pero está más ligado con el tiempo medible o de reloj. La palabra griega designa al flujo continuo del tiempo, es decir, el tiempo en términos cuantitativos. Este es el tiempo que rige tiránicamente nuestra vida cotidiana, mide nuestra edad, marca el día de nuestra jubilación, y termina por aparecer registrado en nuestra lápida en el cementerio. La imposición tiránica de chronos en la cultura posmoderna hace que nos olvidemos del tiempo más importante para nosotros como cristianos, que es kairós. El vocablo griego kairós tiene una variedad de significados, pero todos están asociados también con el tiempo. La palabra designa a un tiempo significativo, es decir, el tiempo en términos cualitativos. Puede significar un tiempo fijo o determinado, un momento histórico, o cuando suceden cosas trascendentes. Por ejemplo, es el “tiempo cumplido” o “el tiempo justo” que Pablo menciona cuando dice: “Pero cuando se cumplió el plazo, Dios envió a su Hijo” (Gálatas 4:4). 
En el Nuevo Testamento, el vocablo se usa para señalar a ciertos tiempos que tienen una calidad, un carácter o una importancia únicos y específicos, como el tiempo de la venida de Cristo. Kairós, pues, apunta al hecho de que lo eterno juzga y transforma a lo temporal en un determinado evento histórico o sucesión de eventos históricos.

Debemos ser capaces de ver en la realidad de la secuencia temporal (chronos) la acción redentora de Dios irrumpiendo en la historia humana (kairós), a fin de poder asociarnos con él en esa acción. Vivir en el kairós de Dios significa superar las limitaciones de la esfera medible del proceso temporal. Es dejar de mirar al movimiento regular de las estrellas, a la rotación de la tierra alrededor del sol o la circulación de las agujas del reloj sobre el cuadrante. Vivir en el kairós de Dios es ser capaz de encontrar momentos únicos y trascendentes en el proceso temporal, momentos en los que los cielos se abren y la presencia poderosa del Dios eterno e infinito se hace real, visible y experimentable.

Como pastores y líderes del fin de los tiempos debemos levantar la pregunta del momento temporal que vivimos y preguntarnos “¿Qué hora es?” En 1962, el lema de la Campaña Unida de Evangelización con Billy Graham en Buenos Aires fue “Es hora de volver a Dios”. Para nosotros hoy es hora (kairós) de volvernos a Dios y asociarnos con él en el fin de los tiempos para completar la tarea que él ha puesto en nuestras manos para hacer.

Debemos ser capaces de discernir entre el ya y el todavía no. 
Esta es la dimensión que nos permite afirmar que el reino de Dios ya ha sido inaugurado con la llegada del Rey, si bien todavía espera su consumación y plenitud en el tiempo de su segunda venida. No es fácil vivir con las tensiones que el reino “ya” trae—sus ofertas y demandas en el presente—mientras aguardamos el “todavía no” que termine con todos los problemas y resuelva todas las tensiones. 
Para usar la analogía conocida de Oscar Cullman, los seguidores de Jesús vivimos entre el “Día D” y el “Día V”, en la tensión entre lo “ya cumplido” y lo “todavía por cumplirse”.

Debemos entender que si bien en Cristo tenemos todas las cosas y en él todo está cumplido, hay ideales y realidades que todavía no se han concretado. Si bien la eternidad ha irrumpido con poder en el tiempo, todavía seguimos viviendo de este lado de la eternidad, con todas sus limitaciones y desafíos. Además, como peregrinos entre el presente y el futuro, debemos vivir cada día como si fuese nuestro último día en la esfera del tiempo.

Todavía nos quedamos con tan sólo la vía estrecha, un camino muchas veces difícil de encontrar, de vivir cada día como si fuese nuestro último día, pero en la fe y con la responsabilidad de vivir como si un gran futuro estuviese todavía por delante nuestro.” Dietrich Bonhoeffer, Letters & Papers from Prison (Londres: Collins-Fontana Books, 1966), 146.

Debemos ser capaces de discernir entre lo penúltimo y lo último. 
Esta distinción entre dos realidades temporales también pertenece a Dietrich Bonhoeffer. La categoría cualitativa o escatológica de lo penúltimo señala al hecho de que somos primicias del reino de Dios y anticipamos dicho reino en el aquí y en el ahora. Esto nos infunde confianza para trabajar a favor del avance del reino de Dios en el mundo, con humildad y sin pretender tener todas las respuestas. Incluso si las circunstancias de opresión y pecado no han desaparecido como por arte de magia, podemos confesar que estas circunstancias ya han quedado bajo las influencias de las fuerzas del reino de Dios, las cuales las relativizan y las despojan de su validez última.

La categoría cualitativa o escatológica de lo último señala a la realidad de la irrupción del reino de Dios en la historia humana en toda su plenitud en Cristo Jesús. Esta convicción nos da la confianza de que ya no somos prisioneros de un destino omnipotente o de un hado incontrolable. 
No somos el reino de Dios, porque seguimos cometiendo errores y muchas veces somos infieles; pero sí somos el anticipo del reino de Dios en la historia. No somos la nueva creación, pero sí somos testimonio vivo de la obra del Espíritu Santo gestando una nueva creación. Todavía no constituimos la nueva humanidad, pero sí somos su vanguardia y anticipo. 

En verdad, no hay dos realidades, sino una sola realidad, y ésta es la realidad de Dios, que se ha hecho manifiesta en Cristo en la realidad del mundo. La realidad última de la gracia de Dios en Cristo no aniquila a la realidad penúltima de la vida continua del ser humano en la historia, sino que más bien le da valor al tiempo que la limita. De este modo, lo penúltimo es preservado en orden a que pueda transformarse en la cubierta exterior de lo último.

Debemos ser capaces de discernir entre el hoy y el fin de los tiempos. 
El hoy nos tiene atrapados con las demandas de lo inmediato, lo instantáneo, lo urgente, lo rápido: somos esclavos de nuestras agendas. Nuestra cultura posmoderna ha jerarquizado la vivencia del presente por sobre la memoria del pasado y la anticipación del futuro. “Vivir el momento” parece ser el lema de muchos, incluidos varios líderes cristianos. “Comamos y bebamos, que mañana moriremos” (Isaías 22:13). Para evitar ser tragados por el hoy, debemos vivir el presente desde el futuro inmediato e inminente del glorioso retorno del Señor. Una vivencia profunda de esta convicción en cuanto al pronto regreso de nuestro Señor, es la motivación más fuerte para servirlo en el presente y completar la misión que él nos ha confiado. Debemos vivir el hoy mientras velamos fielmente y trabajamos con obediencia a la espera de su regreso en gloria.

La pregunta del compromiso ministerial: ¿a quien sirvo?
Es probable que nuestra respuesta a este interrogante sea la que defina con más precisión el rumbo y resultado que tomará nuestro ministerio de servicio. Por su importancia, esta pregunta no sólo debe formularse al comienzo del ministerio cristiano sino cada día, a fin de no perder la trascendencia de nuestro servicio en el cuerpo de Cristo. Hay tres respuestas posibles a este interrogante:

Me sirvo a mí mismo y a mis intereses. 
En la cultura hedonista, individualista y materialista que nos rodea, éste parece ser el ideal fundamental: agradar y complacer a un yo insaciable. En medio del caos que prevalece, da la impresión como que el grito de guerra que más se escucha es “¡Sálvese quien pueda y como pueda!”. 
El nivel de egoísmo de pastores, líderes e iglesias es escandaloso. Pablo parece estar describiendo nuestra situación, cuando dice en Filipenses 3:18-19:
“Como les he dicho a menudo, y ahora lo repito hasta con lágrimas, muchos se comportan como enemigos de la cruz de Cristo. Su destino es la destrucción, adoran al dios de sus propios deseos y se enorgullecen de lo que es su vergüenza. Sólo piensan en lo terrenal.” 
Nos hemos olvidado casi totalmente de la admonición paulina en Filipenses 2:3-4: “No hagan nada por egoísmo o vanidad: más bien, con humildad consideren a los demás como superiores a ustedes mismos. Cada uno debe velar no sólo por sus propios intereses sino también por los intereses de los demás.” 
Si me sirvo a mí mismo y a mis intereses el resultado será frustración.

Sirvo a la iglesia y a su programa. 
La cultura posmoderna ha idealizado el dinamismo corporal, la vitalidad física, la rapidez mental y la excitación emocional: la publicidad incentiva esta hiperquinesia general. En nuestro afán por estar en todos lados, probar todas las cosas, intentarlo todo para sobresalir, hemos llegado a confundir actividad con activismo, o lo que es peor, acción con distracción. Nos parecemos cada vez más a los hamsters que se mueven frenéticamente corriendo por el interior de una rueda, pero que no van a ninguna parte. En ninguna otra parte esta manía frenética de mantenernos activos se ve con más claridad que en el servicio a la iglesia y a su programa. Nuestras iglesias están cargadas de programas de actividades que no sirven para nada en términos del reino. Invertimos energía, dinero, tiempo, ansiedad y talento para nada.

Si sirvo a la iglesia y a su programa el resultado será futilidad
No es el activismo del servicio a la iglesia y a su programa lo que define la manifestación poderosa del reino, sino el servicio al Señor de la iglesia y su programa de redención cósmica. En lugar de estar corriendo como locos a todas partes y en múltiples direcciones, deberíamos aprender de Pablo, que decía: “Una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y esforzándome por alcanzar lo que está delante, sigo avanzando hacia la meta para ganar el premio que Dios ofrece mediante su llamamiento celestial en Cristo Jesús” (Filipenses 3:13b–14).

Sirvo a Cristo y a su reino. 
Esto es locura para el mundo de hoy; pero es sabiduría de Dios para los redimidos. Pablo les decía a los colosenses: “Ustedes sirven a Cristo el Señor” (Colosenses 3:24b). 
Esta es la clave para un servicio cristiano auténtico y lo que pone en evidencia nuestro compromiso fiel con el reino del Señor. El ministerio cristiano por excelencia es “servir al Dios vivo y verdadero” (1 Tesalonicenses 1:9b). En definitiva, es a él a quien pertenecemos y, en consecuencia, a quien estamos ligados en servicio (Hechos 27:23). Este es nuestro deber por ser siervos y ciudadanos de su reino. Como lo expresa el autor de la carta a los Hebreos: “Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia; porque nuestro Dios es fuego consumidor” (Hebreos 12:28, 29, RVR).

Este servicio a Cristo y a su reino debe prestarse con toda humildad y disposición al sacrificio (Hechos 20:19). Además, debe ser un servicio constante, como merece el Señor (Hechos 26:7b, RVR). Y, por último, no debe ser hecho confiando en los esfuerzos humanos sino en espíritu descansando en el poder del Señor (Filipenses 3:3, RVR).

“El ministerio [de liderazgo] en una iglesia que sea lo suficientemente efectiva para el siglo veintiuno será un ministerio adueñado, operado y habitado por el Cristo viviente. Será un ministerio que exista en el poder sobrenatural y que demuestre el poder del evangelio para cambiar vidas. Será un ministerio que se construye desde la eternidad para abajo. Cada forma de ministerio asumirá esa realidad poderosa donde quiera que vaya. … Surgirán ministerios acerca de los cuales ni siquiera hemos soñado todavía y serán utilizados para cambiar vidas. Todo esto es posible porque el Cristo viviente está en su iglesia listo para llenar de poder a su pueblo para tocar a su mundo con su presencia y poder.” David Fisher, The 21st Century Pastor, 88.

Si sirvo a Cristo y a su reino el resultado será fruto. Cuando Cristo reina soberano en medio de su pueblo, la iglesia florece. Jesús fue bien claro cuando señaló: “Yo soy la vid y ustedes son las ramas. El que permanece en mí, como yo en él, dará mucho fruto; separados de mí no pueden ustedes hacer nada” (Juan 15:5).

Hemos considerado cuatro preguntas: ¿quién soy? ¿dónde estoy? ¿qué hora es? ¿a quién sirvo? Estos cuatro interrogantes y sus respuestas definen a los pastores del fin de los tiempos. Según las respuestas que desde nuestro ministerio pastoral demos a estas preguntas será el carácter y el resultado de nuestra labor como pastores.
Y esto es así porque al responder a estos interrogantes estamos respondiendo a nuestra identidad como líderes, a nuestra ubicación contextual, a nuestro momento temporal y a nuestro compromiso ministerial.

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