Administración Eclesiástica
Buena parte de las desavenencias y conflictos que muchas veces pensamos se deben a diferencias personales, en última instancia surgen, o si no al menos se nutren, de errores o falta de claridad en los procesos administrativos.
Aunque la iglesia no pertenece al mundo de los negocios, opera dentro de ese mundo. La iglesia sufre los embates de los cambios y los conflictos económicos. Ella afecta y es afectada por su ambiente social y cultural. Y aunque muchos lo quieran negar, vive dentro de un ambiente de eterna competencia que la amenaza desde adentro y desde afuera. No hablamos solamente de competencia tradicional, sino que vamos más lejos al hablar de competencia entre congregaciones aun dentro de una misma denominación. Existe también competencia con los ministerios independientes; entre la instituciones paraeclesiasticas, seminarios, radios y televisión. Todas esas instituciones compiten a fin de ganar miembros y acaparar miembros para su sostenimiento. ¿Cuáles podrán sobrevivir? Solamente las más capacitadas.
Contrario a lo que muchas personas cristianas piensan, las congregaciones y ministerios pueden desaparecer si no se los administra bien. La competencia es el orden del día y todo el mundo está envuelto en un continuado proceso de escrutinio para determinar si o no da el grado. Las organizaciones son tan buenas o malas como los miembros que la componen y sus líderes los directamente responsables de sus ejecutorías.
Esa misma falta de claridad en los manejos de fondos desafortunadamente le ha puesto fin a los que de otra vez pudieron ser ministerios fructíferos tanto por parte de pastores, como de tesoreros y otras personas responsables en la administración de la iglesia.
En el caso opuesto, cuando hay líderes eclesiásticos que sí le prestan mucha atención a la administración, frecuentemente esto se hace sin una perspectiva bíblica y teológica, de tal modo que se importan a la iglesia valores y perspectivas que, en última instancia, son contrarios a los valores y perspectivas del evangelio, midiendo su éxito en base a los estados de cuenta.
Cuando no les prestamos suficiente atención a las cuestiones administrativas, los recursos con que contamos no se usan debidamente y ese mal uso puede en resultar en impedimento mas bien que en ayuda. Cuando se usan los recursos con técnicas de administración que no se juzgan y colocan a la luz del evangelio, corremos el riesgo de tener muchos recursos para la misión, pero de perder de vista lo que es la verdadera misión de la iglesia.
Hoy existen palabras muy llamativas en la administración: Caos, Reingeniería, Globalización, Calida, Cambio, Competencia, Internet, Estrategia, Reinvención y Conflicto. Todas ellas buscan la excelencia en la administración.
Es por esa razón (la competencia) que la excelencia no es una opción o algo deseable en nuestros días, sino una necesidad imperiosa. La excelencia no es un don, sino algo por lo que hay que trabajar día a día. Descubrir sus factores es un verdadero arte. Para llegar a ser una persona virtuosa hay que invertir mucho tiempo y esfuerzo. Así, es necesario dirigir con excelencia la iglesia y los ministerios del Señor es necesario ampliar las destrezas y conocimientos sobre el difícil arte de administrar.
La administración tiene tanto de arte como de ciencia. Es un arte en el sentido de que en muchas ocasiones el tomador de decisiones requiere del uso de su fe, su intuición, su sentido común y su creatividad; especialmente, cuando se enfrente a decisiones muy complicadas para las cuales no existen alternativas humanas racionales. Es una ciencia en el sentido de que esa actividad también es regida por unos principios y reglas que producen unos resultados, que con muy pocas excepciones, son repetitivos.
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