De las sombras a la luz

“Oyó Jesús que le habían expulsado; y hallándole, le dijo: ¿Crees tú en el Hijo de Dios? Respondió él y dijo: ¿Quién es, Señor, para que crea en él? Le dijo Jesús: Pues le has visto, y el que habla contigo, él es. Y él dijo: Creo, Señor; y le adoró”. Juan 9:35-38.

Antes de la Adoración hay una búsqueda por una revelación de parte de Jesús (Ciertamente, ninguna buena idea justifica una mala exégesis).

Según este relato del Evangelio lo insinúa, al menos dos conceptos pueden extraerse para la comprensión bíblica de la adoración.

I. Una búsqueda y una revelación. 

Una teofanía evangélica (cristofanía), pues antes de la adoración hay una búsqueda y una revelación por parte de Jesús.

El ciego caminó confiadamente hacia el estanque de Siloé con la promesa de la vista y comenzó a ver por primera vez en su vida.

Secuencia inesperada: 
(a) Confrontación con los dirigentes religiosos, 
(b) testimonio de lo que había experimentado, 
(c) rechazo y expulsión de la asamblea de los piadosos.

II. Hay una secuencia en la dinámica de la adoración: Revelación, Conocimiento, Creencia y Adoración.

Jesús le preguntó por su creer (“¿Crees tú en el Hijo de Dios?”) y el hombre preguntó por el quién (“¿Quién es, Señor, para que crea en él?”). La reacción ante la revelación no podría haber sido mejor: “Creo, Señor; y le adoró” (Juan 9:38).

El Señor se había revelado en forma similar a la mujer samaritana, cuando le dijo: “Yo soy, el que habla contigo” (Juan 4:26). Saber quién es el Señor permite creer, y al saber y creer le sigue la adoración. Juan 9:38 dice que el hombre se postró para adorarle. “Ésta es la reacción normal del Antiguo Testamento a una teofanía […]”.

Esta “cristofanía” al ciego curado ilustra el proceso que lleva a la adoración: el Señor se revela, la revelación hace posible el conocimiento del hombre, entonces viene la fe y la adoración es el resultado final.

Adoración y predicación cristocéntrica

Todo lleva a pensar en la adoración como un encuentro con Cristo, un encuentro transformador y en una vivencia de profunda fe que lleva al crecimiento y a la práctica de una adoración vital y permanente.

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